La montaña

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«Creo que voy a ir a escalar una mi montañita, no sé cual todavía» le dije a mi esposa cuando me recordó que no iba a estar el fin de semana. Es mi escape, lo que hago para recalibrar mi centro y esconderme del bullicio y la rutina: sentarme en una roca, sacar la estufa portátil de la mochila y prepararme un café viendo el paisaje. Pensando en nada.

«Going to the mountains is going home»

John Muir

La primera vez que leí esta frase fue en un lugar de los Pirineos españoles llamado Torla, un pueblo que desde la entrada me pereció como sacado de un cuento de hadas de Hans Christian Andersen; la torre de una iglesia y un bosque denso de fondo coronado por un arcoíris y una cresta de picos rocosos. John Muir –naturalista del siglo XIX pionero explorador de la Sierra Nevada, el noroeste norteamericano y Alaska– es un referente atemporal para los montañistas del mundo. Podría atribuir esta conexión mía con los bosques a que de niño mi historia favorita era Meñique de José Martí, situada entre bosques frondosos y oscuros con árboles gruesos de raíces impenetrables, riachuelos prístinos y secretos inexplorados

«Meñique saltando de acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos: que porqué las abejas metían la cabecita en las flores, que porqué‚ las golondrinas volaban tan cerca del agua, que porqué‚ no volaban derecho las mariposas»

Ese día que me perdí en los Pirineos la frase «volver a casa» tomó sentido al estar tan a gusto en ese lugar lejos del hogar: los arbustos, los pinos, el lodo, el aire templado, el olor, los tonos de verde. Pensé en el volcán Santa María en Quetzaltenango y las leyendas de Juan Noj, en la Sierra Madre y en la sierra de las Cascades en Washington –donde escalo habitualmente– porque en las montañas de ambos lugares se encuentran aquel mismo tipo de helechos serrados (colas de quetzal) y la niebla fresca que tanto me gustan. Todos son el mismo lugar como Jack Kerouac describió hace décadas en la novela Dharma Bums

«The woods do that to you, they always look familiar, long lost, like the face of a long-dead relative, like and old dream, like a piece of forgotten song drifting across the water, most of like golden eternities of past childhood or past manhood and all the living and the dying and the heartbreak that went on a million years ago and the clouds as they pass overhead seem to testify (by their own lonesome familiarity) to this feeling»

Es que todo se viene a la mente de tajo con el olor de los pinos; el volcán de Ipala y su lago, ese primer ascenso al volcán de Agua con mi papá, la luna llena en el Acatenango con los amigos de la universidad, el frío amanecer desde el glaciado cráter del Monte Rainier, aquel invierno a -20 grados centígrados en el parque Yellowstone.

Por supuesto que cada quien tiene distinto concepto de qué es «la montaña». Para unos es el ejercicio cardiovascular, lo que suben y bajan escuchando su iPod entrenando para su próxima maratón. Para otros es un reto para cargar las baterías de la autoestima. Aquellos que se quedaron allá en la ciudad dirán –con algo de razón– que es una estupidez sin sentido. Es que el montañismo es un deporte distinto

«en el montañismo no hay plusmarcas ni récords (…) es un deporte sin público, sin aplausos»

Guatemaltecos en el Aconcagua, Carlos Prahl

El que muchos consideran el mejor alpinista de todos los tiempos, el italiano Reinhold Messner, el primer humano en escalar el Everest en solitario sin oxígeno suplementario y en conquistar las 14 cumbres de ocho kilómetros de altura resume en una frase lo que significa escalar una montaña

«It was not necessary, but it was great»

Los que como yo nos quedamos con el rito del café, la naturaleza y el paisaje seguiremos sin comprender a quienes escalan el Everest con piernas de sherpa nepalí a sueldo, a lo turista, para agregarlo a su lista de conquistas o tomarse la selfie extrema.

Aparte están los pioneros que inspiran a seguir explorando y desafían los límites, hasta Messner tuvo quien lo inspirase en sus inicios: el austriaco Hermann Buhl. El primero en escalar el peligroso Nanga Parbat en 1953, un pico tan difícil que el 23% de los intentos de subirla terminan con la muerte, Buhl describió a la montaña como un maestro de vida

«The mountains are silent teachers, and they teach us noble qualities: humility in the face of nature, modesty, courage, privation, and strength of will»

Uno de los ídolos del montañismo actual es el suizo Ueli Steck, merecidamente llamado «la máquina suiza» un alpinista especialista en ascensos veloces que debe su fama por conquistar las más complicadas rutas en tiempo récord, un atleta prodigio.

A veces las lecciones son un tanto duras; Messner perdió a su hermano Günther mientras descendían del Nanga Parbat en 1970, ambos escaladores muy experimentados y sin ir tan lejos el 2014 ha sido un año nefasto para los montañistas del mundo. 16 sherpas murieron en Everest por un derrumbe de seracs (torres de hielo), más de 40 turistas han fallecido en el circuito de Annapurna en los Himalayas por tormentas y avalanchas, 6 escaladores más sepultados bajo una avalancha en el Monte Rainier en Washington, otros 15 en el Mont Blanc y un montañista en el Acatenango de Guatemala. La hermosa montaña no puede tomarse a la ligera porque no perdona, es cruel y no hay reglas que le prohíban tomar una vida con un resbalón (una compañera mía de montaña murió por un desafortunado tropiezo durante uno de nuestros entrenamientos este año), un encuentro con un animal salvaje, desorientación, deshidratación o hipotermia. La montaña exige respeto en todo momento, es un deporte divertido pero no es un juego y hay que estar conscientes de ello.

«When you go to the mountains you accept the risk»

Ueli Steck

En Guatemala un país con tantos volcanes y cordilleras tenemos nuestras propias figuras de la montaña; en los años cincuenta el migrante suizo Walter Peter fue uno de los primeros impulsores del andinismo guatemalteco y de los fundadores de la Federación con muchos otros entusiastas guatemaltecos, Carlos Prahl relata en Guatemaltecos en el Aconcagua la primera expedición nacional a esta cumbre. Hoy, es imposible no conocer las historias de Andrea Cardona y Jaime Viñals que han llevado nuestra bandera a las cumbres más altas alrededor del mundo.

«you know to me a mountain is like Buddha. Think of the patience, hundreds of thousands of years just sittin there bein perfectly perfectly silent and like praying for all living creatures in that silence and just waitin for us to stop all our frettin and foolin»

Dharma Bums, Jack Kerouac

La montaña está, espera pacientemente ser explorada y a pesar de que aparentemente el objetivo de escalar una montaña es llegar a su cima podría argüir que no es el punto; la cumbre es una recompensa marginal que depende mucho de las condiciones climáticas, los compañeros de expedición, de la suerte. Aunque se siente muy bien alcanzar una cima y saludar a los compañeros con un «feliz cumbre» o admirar el paisaje inmaculado, pasar media hora, una hora o si las condiciones lo permiten una noche en ella no es rival para la experiencia holística de pisar el lodo, observar las formas de las hojas, reconocer el árbol tal o aquella ave, inhalar el aire virgen, observar una criatura salvaje, sorprenderse con la forma caprichosa de una roca, regresar cansado para recompensarse con una cerveza.

 

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About Author

Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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