La morenita

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La bicicleta sin roditos, el escondite con los primos, las barbis en la casa de playa, rodar desde lo alto del Cerrito del Carmen, un-dos-tres-chibiricuarta, un barrilete (pero de papel de china), tenta electric… tomo aire: el gran libro de los superhéroes que jugábamos con Omar, la sopita de conchas, las polipoquets, arrancacebolla, el bancopoly y las tarjetas con departamentos de Guatemala. Los libros heredados de los hermanos, las muñecas que esperaba de cada viaje de mi papá, el juego de cartas que nos mantenía horas despiertos en vacaciones, la guitarra para mí y el micrófono para Ana Cristina: a quién no se le dibuja una sonrisa al recordar aquello que era la vida a los ocho años. De niños todo se colecciona, sean las piñas de los pinos o las tarjetas de teléfono. No hay  nada que no sea víctima de una metamorfosis, como la goma blanca que se convertía en gotas de colores o el plástico que forraba los libros en pelotas fuertes y grandes. El tiempo ni se siente con una caja de crayones. Las niñas jugábamos la liga y teníamos una elasticidad que jamás recuperé, se fue con los años. La habilidad de nuestras manos para jugar don camarón tintero y “dada-dede sinfónica”, y que hoy ya no recuerdan cómo moverse. El primer diario -una libreta de oso que me regaló una tía para Navidad-, el único que tomé realmente en serio.

De niña siempre pensé en el futuro. Tal vez me dije que tenía que enseñarle a alguien cómo se jugaba a mi edad. He guardado por años en cajitas de todos tamaños pruebas de las épocas que viví, nada que sirva realmente. Cajas repletas de bienes emocionales, eso es lo que son. Ni el peluche que nunca supe qué era, ni la primera rosa que me dieron (realmente se la dieron a uno de mis hermanos para mí, corajudo el joven), serán inmunes al tiempo. ¿Qué se puede hacer con la bandita que me pusieron en el hospital cuando nací y en donde escribieron por primera vez mi nombre? Nada, tampoco con los botecitos de perfume que me regaló Jaime para hacer mis pociones de bruja principiante. Pero en algún momento decidí que era importante guardar un registro de mi tiempo, del personal e irrepetible. Lo que existe al levantar la tapa de esas cajas, se trata de quién fui.

No tengo salvación, me he preguntado si “guardar” es genético. Mi abuela materna guardaba hilos de colores en botes de semillas, y al morir ella, descubrimos muchos tickets de camioneta entre sus cosas. Mi papá, lo he notado cuidadosamente, guarda fichas en recipientes que luego utiliza como mecanismo básico para que los libros no caigan de lado, las de quetzal con las de quetzal, y las de choca con las chocas. Mi mamá tiene un afán con las estampitas religiosas, con el cual ha decidido luchar, pero en mi casa se siguen encontrando por todos lados. Afortunadamente, porque de ella recibí algo que guardó hace mucho y que no tengo conciencia de cuándo me lo dio. La morenita preciosa –“morenita”, le decía Ana María–, una muñeca de plástico a la que le pintaron de un blanco, ya desgastado, el calzón y sus zapatos. Tiene el pelo corto, y la cubre un chalequito que por fortuna no se ha deshilachado completamente. No mueve sus manos, ni sus piernas, pero es, de todo lo que guardo, mi tesoro más querido. Nunca le pusieron nombre, pero seguro que le dieron todo el amor que la única muñeca de una niña puede recibir.

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

1 comentario

  1. Cristián Guerra on

    Yo guardo porque mi abuelo dijo que guardara. Monedas raras, sellos y libros heredé y yo ya sin mi abuelo atesoro libros, soldaditos de plástico, LEGO que año con año me regalaban, siempre fue caro. Guardo tanques hechos de papel y corcho, toda una maqueta de algo que tenga que ver con las Guerras Mundiales. A los ocho no jugaba fut sino soñaba con ser caballero de armadura y yelmo y quería ser pirata, soldado de Napoleón o del Zar y jugaba con mis primos y esa felicidad tan grande en la casa grande de mis abuelos en la Petapa. Gracias por recordar y contarnos y ahora yo conté.

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