La Niña Hombre Araña y la desnutrición crónica de la niñez guatemalteca

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Aron Lindblom (Small)Por Aron Lindblom*

El 29 de marzo murió Maycol en la zona 6 de la Ciudad de Guatemala. Tenía once meses y su mamá le había llevado a ver un médico después de pasar un día con diarrea y vómitos. En el centro de salud no le pudieron atender. El caso de Maycol hizo eco en mucha gente y en muchos medios tanto fuera como dentro de Guatemala, y con razón pues lo que sufrió este niño es un horroroso ejemplo de cómo el Estado viola los derechos de la niñez guatemalteca.

El bebé Maycol nunca tendrá la oportunidad de crecer, correr, jugar, aprender y desarrollarse como debería de ser. Y su mamá nunca más lo volverá a abrazar. Su muerte fue en vano y fue absurda, no se puede llamarlo de otra manera, pero los que seguimos viviendo podemos optar por no olvidar, por no dejar que se sigan repitiendo estos casos. A manera de honrar su dignidad, podemos abrir nuestros ojos hacia las niñas y los niños que nos rodean y observar ¿cómo están realmente?

Este ensayo es dedicado a la niñez ignorada. Cada caso es real:

A pesar de la incomodidad que les causa a las mujeres adultas de su familia, una niña capitalina de clase media insiste en jugar futbol, correr por las calles y ensuciarse con los niños de su colonia. Su pasión es el Hombre Araña y para carnaval no se imagina vestirse de otro personaje. Un día antes de la fiesta llaman del colegio a su casa para informar a sus papás que no se permite a las niñas vestirse de Hombre Araña. La niña tiene que ir de princesa.

Después del segundo día en un colegio privado, una maestra le informa a la madre soltera de Mixco que su hijo no es apto para esa escuela. El niño es expulsado sin mayor explicación, y a la mamá ni se le ofrece reembolsar los gastos de uniforme o matricula. La mamá no denuncia al colegio para no perjudicar a su hijo y también porque ¿de qué sirve?

En la zona 18 de la capital, una niña de siete años llora cada mañana antes de ir al colegio. No quiere ir porque los otros niños le hacen bullying por su traje maya. En su casa se arma una discusión entre su mamá su tía sobre qué hacer. ¿Hablar con la maestra para que corrija a los otros niños, o juntar el dinero para comprar el uniforme escolar?

En otra institución educativa de la capital, los niños interpretan el primer encuentro entre los pueblos originarios y los invasores de España. Al final de la obra, los niños vestidos de indígenas, con plumas en el cabello y las caras pintadas, caen muertos al piso y se cierra el telón.

En el 2013, un juzgado nacional condenó al Estado de Guatemala por violar el derecho a la alimentación de cinco niños en Camotán, Chiquimula. Fue la primera vez que se responsabilizó jurídicamente al Estado por no atender la desnutrición que afecta a casi la mitad de la niñez del país. El caso de Camotán es nada más la punta del iceberg.

En comparación, no poder vestirse de Hombre Araña o ser expulsado de un colegio privado parecen anécdotas de poca importancia. Y la actuación de la leyenda de Tecún Uman es un rito de iniciación, recordado tal vez con afecto por generaciones de vecinos clasemedieros de la Ciudad de Guatemala.

Lo que no se ha querido ver es que todos estos ejemplos reflejan una violencia estructural que se ejerce a diario contra los niños de este país. La desnutrición crónica de los niños mayoritariamente indígenas y campesinos, es una violación masiva a los derechos humanos que necesita atención especial y trabajo profesional en muchos niveles, para responsabilizar al Estado, pero es también parte de una cultura de violencia contra la niñez que infiltra la sociedad en todos sus niveles. Acabar con esta cultura de violencia requiere de un trabajo de sensibilización y educación entre las y los ciudadanos, y empieza con cada uno de nosotros.

Para empezar, hay que aceptar que los sueños de la Niña Hombre Araña son igual de importantes que los míos, y solo cuando ella se sienta libre y realizada voy a poder decir que yo también soy libre.

Y además, me toca aceptar y sentir en lo profundo de mí ser que la vida de Maycol tenía el mismo valor que mi vida y la vida de mis hijos. Y cuando él murió también murió una parte de mí.

* Nací en Suecia en 1982. Soy hijo del Estado de bienestar y de una familia cariñosa. Tengo una gran pasión por la música y la buena lectura. Vine a territorio zapatista por primera vez en el 2004. Por el momento vivo en Guatemala y trabajo en Diakonia, una agencia sueca de cooperación para el desarrollo. Aún sigo explorando quién soy y quién quiero ser.

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