La perseguidora

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No es normal vivir desconfiando de todas las personas, aunque en ciertos lugares se haya normalizado. Como aquí, en Guatemala, una de las ciudades más violentas de uno de los países más violentos y que, por tanto, ha de ser una de las ciudades en que las personas vivimos con más aprehensión la relación con el prójimo y lo percibimos, en cambio, como potencial enemigo.

Esto se evidencia en la “pragmática” de la corporalidad y la percepción: en la manera en que caminan las mujeres sosteniendo su bolsa y viendo con recelo a todo aquél que vaya detrás, en la inquietud de los pasajeros cuando se sube un joven vestido de cierto modo o cuando un motorista pasa a la par de un automóvil en un semáforo.

Incluso se muestra urbanísticamente en el triunfo de la talanquera y las colonias cerradas, en las casas “adornadas” de razor ribbon o en la inexistencia de tiendas sin barrotes.

Esto significa que la desconfianza, el recelo, el temor a que el otro sea siempre un potencial enemigo es parte normal de las relaciones en el espacio público. Esto es grave porque sin una básica y elemental confianza en los demás es difícil lograr emprendimientos colectivos.

Sin que necesariamente sea algo intencional (aunque seguramente hay aspectos que son funcionales al sistema), la violencia y la industria de “seguridad” que se alimenta de ella, tiene como uno de sus efectos perversos la desmovilización política que, necesariamente, pasa por la relación y organización con los otros.

Claro que no es solo la violencia la que produce esta desconfianza (o al menos la indiferencia). Se alimenta también de la vastedad urbana o del consumo desenfrenado. Siendo producto de varios factores, esta desconfianza se exacerba con el “clima violento” que, tal y como si fuera una especie de ambiente Windows, permea nuestras relaciones.

Sin embargo, no siempre ha sido así. No siempre es así. Todavía no es tan difícil salir de la capital y llegar a otros lugares en que la gente no necesariamente ve al otro como potencial enemigo y las personas, al cruzarse, se saludan y se reconocen de otra forma. Es decir, no es normal vivir como vivimos.

Sobre todo en estas fechas, en que supuestamente deberíamos vernos con menos desconfianza, vivir con la paranoia que cargamos debería ser un indicador del deterioro de nuestra vida y, por tanto, un aliciente para organizarnos y cambiar las cosas.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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