La política debe apelar al mono

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Dicen que las fechas más significativas de abril del año pasado las habremos de recordar con la misma vehemencia como hoy se inmortalizan algunas tales como el 20 de octubre para algunos o el 30 de junio para otros. Seguramente solo el tiempo permitirá valorar los cambios que se desataron, para dar paso a una nueva  configuración del Estado que permita realizar su naturaleza o su objetivo primario que es el bien común de las personas. Es probable que el entramado de legislación e institucionalidad pública acoja finalmente su razón esencial que va dirigida a las mayorías, pero ese no es el tema de estas líneas.

En mi opinión, el año pasado se cayó al suelo un manto negro que cubría de oscuridad la emocionalidad y el sentimiento más originario de las masas. Estas líneas tratan de llamar la atención y de advertir que el año pasado se abrió una ventana de oportunidad, para aquellas iniciativas o proyectos políticos tales como Semilla, Somos, Justicia Ya, e incluso para organizaciones político partidarias ya establecidas, que estarían buscando o promoviendo una nueva política, tratando de tomar distancia y aprovechando el fracaso de la clase política que termina hoy en la cárcel.

Vayamos directo al punto, la lucha por la hegemonía política no puede tener éxito si no apela directamente a la emocionalidad de las personas, a través de retóricas de identidad o que aluden a lo que llama el amigo Andrés Quezada: “Las necesidades sentidas”. En este sentido, es utilísima la comprensión que dedica Carlos Fernández en la argumentación que hiciera al presentar su más reciente obra, al respecto de la condición humana de nacer sin lenguaje, sin palabras, pues su desarrollo le permite incorporarse a ese carro a través del cuidado del padre y de la madre, pero al subirse, su estabilidad es muy precaria porque inicia un proceso de asegurar lógicas de pertenencia que le permitirán la estabilidad emocional con el tiempo. Es el lenguaje en última instancia nuestra diferencia con el mono, y es a partir de ese momento en el que iniciamos la noción cultural.

Entonces, la disputa por el poder pasa por la disputa de las palabras y eso a su vez pasa por recuperar y proponer una gramática de la dignidad que resuene en la conciencia de los ciudadanos para que se sientan en primer lugar, reconocidos, y en segundo lugar incorporados a algo que se llama Estado público. Sobre esta línea de argumentación, los ciudadanos pueden ser subidos al carro de política solo si el líder carismático asume la condición del ciudadano como primera instancia para aspirar al poder.

Finalmente una digresión de orden ideológico. Una clase política nueva que aspire a distanciarse de la especie anterior que hoy está en franca extinción, debe poder comprender muy bien que la Ley o el entramado de instituciones que cristalizan en el Estado de Derecho, es un mecanismo para las mayorías pues las minorías oligarcas no necesitan de dicho Estado, pasan de él porque su poder y su ambición les hace construir sus propios formas de poder (que por su puesto hay que abolir). Esa lógica que parece simple, fue objeto de muchos prejuicios a manos de la izquierda y es objeto de doble moral a manos de la derecha.

El reto de una nueva clase dirigente es la comprensión de que el ser humano evolucionó del mono a través de cosas como el lenguaje; le toca al dirigente hablarle en el mismo lenguaje al ciudadano.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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