La Puya o el momento de verdad de la religión

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Hace poco en una presentación sobre la situación de La Puya, mujeres y hombres dirigentes de la comunidad en resistencia decían claramente y sin ambages que en los momentos más difíciles, como cuando los policías llegaron a desalojarlos con lujo de fuerza o en una madrugada en que permitieron (ilegalmente además) el paso de camiones de la empresa, se encomendaban a Dios.

Pedían que les diera fuerzas y que no les pasara nada, que no los mataran puesto que tenían que volver a ver a sus seres queridos (uno de los miedos era, en efecto, no volver a ver al hijo que se había quedado en casa). Y no solo en las situaciones más difíciles, sino continuamente piden y confían que Él sabrá hacer justicia.

Cuando uno escucha la propuesta del diputado Marvin Osorio respecto a la enseñanza de la Biblia en las escuelas públicas (aunque la constitución consagra la educación laica) o el abucheo que se le hizo a Carlos Mendoza representante de la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares cuando fue a defender en el congreso esa laicidad, es fácil advertir que la religión y las creencias pueden ser manipuladas fácilmente y dar paso a todo tipo de fanatismo y oscurantismo.

Históricamente ahí están las cruzadas, la inquisición, tantas guerras de religión, así como el fanatismo extremista de fundamentalistas de todo tipo (desde los fundamentalistas cristianos de Montana hasta los extremistas islámicos de oriente). Millones de muertos y sufrimiento provocado por las religiones que no encuentra respuesta.

Y sin embargo… la creencia que muestran los comunitarios en resistencia de la Puya evidencia otras posibilidades de la fe y la religión. Otras potencialidades que no se encuentran o se encuentran muy difícilmente en otras experiencias humanas.

Max Horkheimer uno de los miembros de la Escuela de Frankfurt escribió al respecto:

“¿Qué es religión?: El inextinguible impulso, mantenido contra la realidad, de que esta debe cambiar, que se rompa la maldición y se abra paso a la justicia”…o “La expresión de un anhelo, del anhelo de que la injusticia que distingue a este mundo no sea lo último…, que el verdugo no triunfe sobre la víctima inocente”.

Es decir, si bien este no es un llamado al regreso de la religión, habría que considerar que la religión tiene un momento de verdad que se expresa, por ejemplo, en la resistencia de La Puya. Como esperanza, como fe que la injusticia no tenga la última palabra. He ahí su verdad y su papel en este mundo agónico.

Los conservadores y los tradicionalistas saben que la religión es poder y control porque reconocen la fuerza que le es consustancial dado que tocan hondos aspectos de la realidad humana. Lo interesante no es solo liberarse de ese poder y ese control a través de la secularización, sino encontrar las fuerzas liberadoras inscritas en ese anhelo de justicia.

O como lo escribe Reyes Mate:

“La tarea de la espiritualidad es recuperar la inspiración que en el pasado ha guiado a las religiones, a saber, hacer justicia en un mundo de miseria y necesidades”.

En ese sentido, puede tener un papel político fundamental en la tarea de liberación. Walter Benjamin en la tesis I de sus Tesis sobre el concepto de la historia hace uso de una imagen sorprendente: la partida de ajedrez de un muñeco vestido a la turca y un enano jorobado que no se debe dejar ver y que siempre debe ganar, representando la necesaria unión entre lo que llama el materialismo dialéctico y el mesianismo como aliados en la política contra el fascismo y otros males (incluyendo la fe en el progreso), lo que en América Latina tuvo su expresión en la teología de la liberación.

Por ello es que no debe desecharse tan fácilmente ese núcleo precioso de la religión.

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Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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