La Técnica

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FullSizeRenderPor Fernando Espina*

El viaje a la Luz de las Almas

Aprovechando la semana santa e impulsados por las historias de mi hermana Gloria y mi padre sobre sus amigos de “La Técnica”, decidimos hacer el recorrido de 148 kilómetros, casi cuatro horas, desde Flores (Petén) hasta la famosa comunidad asentada a las orillas de río Usumacinta.

En la comunidad nos esperaban Julio y Rodolfo –el Profesor–, quien sería nuestro guía. Para aprovechar el tiempo almorzamos en la lancha que nos llevaba a Yaxchilán y fue ahí cuando inició el viaje.
“Los primeros pobladores vinieron de San Marcos, en 1971”, nos dice el Profesor. “Eran diez personas de la etnia Mam, siete hombres y tres mujeres. Venían huyendo de la pobreza, la guerra y la falta de oportunidades”.

En esa época el gobierno de Carlos Manuel Arana Osorio estaba promoviendo la transformación agrícola: lo verde se consideraba retraso y por eso estaban poblando Petén con agricultores aventureros.
“El viaje fue largo”, dice. “No recuerdo cuantos días tardaron en llegar a Sayaxché, que para ese entonces era un pueblito asentado a las orillas del río La Pasión”.

En aquella época Sayaxché tendría veinte casas. A pesar de que hoy es una cabecera municipal grande y con mucha actividad comercial, aún sigue siendo un sitio “mágico”: ver cruzar los vehículos en un “ferry” que usa el impulso de los carros para despegarse de las orillas del río, es uno de los pocos lugares en los que se encuentra el pejelagarto, una especie que se considera un fósil viviente, o una pigua, considerada langosta de río.

“Tardaron 3 días navegando en una lanchita con un motor de cuatro caballos. En la noche del tercer día naufragaron. Chocaron contra una isla que se encontraba en medio del Usumacinta”.

Era de esperarse, indígenas del altiplano aventurando en un río caudaloso de una tierra para entonces mítica. En aquella época no había teléfonos, menos internet o google maps para saber a dónde iban. Apenas había carros. Aún recuerdo que en 1995, cuando ingresé a la Landívar, mis compañeros me preguntaban si en el Petén vivíamos en los árboles, si yo tenía cola, o dónde había dejado mi lorito, que debería cargar en el hombro.

“Después del naufragio se juntaron los 10 en un lugar seguro de la isla. Ninguno sabía nadar”, dice el profesor con una sonrisa. “Todos voltearon a ver al capitán, quien era el líder de la expedición. ‘Acá nos vamos a quedar’”, dijo muy seguro.

Igual, no había de otra: la lancha estaba destrozada y todas sus cositas se las había llevado el río.
“¿Qué nombre pondremos al lugar? preguntó uno de los mojados viajantes. ‘La luz de las almas’”, respondió el capitán, poéticamente. Imagino que interpretó aquel accidente como una señal divina de la tierra prometida.

La tierra prometida

Centro de visitantes“Ya en tierra firme, apoyados por una comunidad vecina llamada Bethel, se dieron a la tarea de averiguar cómo legalizar su permanencia y conseguir la ansiada tierra para cultivar. Se enteraron de que para eso necesitaban ser una cooperativa de al menos veinticinco personas y hacer unos trámites en la capital. Un cura les contó que por Melchor había otro grupo de campesinos en la misma búsqueda y sugirió que a lo mejor juntos llenaban todos los requisitos”.

En la actualidad llegar desde la comunidad “La Técnica” hasta el municipio de Melchor, por tierra, toma al menos siete horas. En aquella época solo salir a Sayaxché por el Usumacinta tomaba tres días y luego un par más para llegar hasta allá.

“Encontraron a los demás campesinos, y luego de ir a conocer el lugar, llegaron al acuerdo de unirse; ya eran cuarenta y tres familias para formar así la cooperativa “La Luz de las Almas”. Como pudieron juntaron los papeles de todos, un poco de dinero y enviaron una expedición a la capital para legalizarse. El viaje tardó al menos ocho días”, asegura el profesor.

“Al llegar a Guate les dijeron que el trámite de legalización de la cooperativa tardaba ocho meses y que tenían que ir por lo menos dos veces más para llenar todos los requisitos formales. El capitán explicó a la burócrata que ellos venían desde muy lejos, que eran campesinos pobres y que no podían estar haciendo esos viajes. La burócrata les dijo: ‘…miren, acá están ya listos los papeles de una cooperativa que en el último momento dejaron abandonada, si están de acuerdo en aceptarla se pueden ir hoy mismo con todo listo…’. Los papeles decían: ‘Cooperativa Técnica Agropecuaria’. Los tres que andaban se preguntaron ¿qué hacemos, muchá?… Pues la agarramos porque no hay pisto para tanta vuelta.

Recibimos una extensión de tierra que se dividió entre casco urbano, trabajaderos y bosque para conservar y aprovechar en forma sostenible”.

Vuelve y va de nuevo. Del sueño a la pesadilla

Usumacinta 2Luego de unos años de trabajo comunitario, organizativo, construcción de la escuela y relativa paz, los alcanzó la guerra interna. Como todas las comunidades, pueblos y familias de aquella Guatemala, los habitantes de La Técnica se partieron en dos, los que apoyaban a la guerrilla y los que apoyaban al ejército. Inicio de la división. Inicio de otra guerra.

“Una noche vino un mi tío que estaba en la guerrilla a decirnos que el ejército iba caminando por la montaña con rumbo a La Técnica y que sus intenciones no eran buenas”, nos dijo Julio.
“Mi papá –que estaba con la guerrilla– dijo que no podíamos quedarnos, que nos iban a matar a todos. Yo tenía un año de edad”, dice.

Avisaron a toda la comunidad las noticias. La mayoría huyó a la montaña para salvar la vida, algunos cruzaron el Usumacinta, pues justo a la otra orilla ya estaba México. Abandonaron casas, chuchos, vacas, gallinas y todo lo que pesara o los atrasara en el imprevisto viaje.

“Fueron tres meses huyendo en la montaña”, dice Julio que le contó su papá.
Finalmente cruzaron el Usumacinta, la frontera natural entre Guatemala y México. “México, con el apoyo de las Naciones Unidas, nos recibió en unos centros de refugiados. En realidad eran salones con chamarras y poca comida en la que amontonaban a las personas”.

Tanto a Julio como al profesor les cambia la mirada cuando hablan de la guerra, entornan los ojos, pierden brillo, transmiten tristeza y heridas que aún están abiertas. Las lágrimas no salen físicamente de sus ojos, pero brotan en todo su semblante y las refleja su alma.

Dice el profesor que él le dijo a uno de sus amigos que había que huir, que ya venía el ejército y los iban a matar. Su amigo le respondió: “Yo no debo nada, yo no he hecho nada, yo vine a esta tierra a trabajar y eso es lo que hago. El que nada debe nada teme”. Fue la última vez que lo vio vivo.

Según Julio, de todos los que se quedaron hubo solo un sobreviviente. Un señor a quién un soldado degolló con la bayoneta de su fusil y lo dejó por muerto, pero al día siguiente despertó cubierto de cadáveres y les contó, unos años después, que aún escuchaba algunos gemidos al levantarse del suelo, pero que él apenas tenía fuerza para caminar en busca de ayuda para que le cosieran el cuello. “Hace poco murió”, dice Julio. “El hombre vivía triste. Se lo llevo un cáncer”. Hay quien dice que el cáncer es una enfermedad que tiene su origen en el alma, en la tristeza.

Cuando escucho estas historias se me pone la piel de gallina, se me llenan los ojos de agua y se me hace chiquito el corazón, como que quisiera reventar para adentro. Creo que lo que me duele es pensar en aquellos aventureros que venían en busca de una mejor vida, llenos de esperanzas e ilusiones y que lo que encontraron fue una peor muerte. También me jode la impotencia de pensar que quienes debían proteger a esos campesinos fueron quienes los masacraron o los obligaron a huir, dejando todo atrás, incluso sus sueños.

El refugio fue duro, cuentan. Según cada caso fueron entre quince y veinte años en México, errantes por Chiapas, Campeche y otros estados mexicanos. Todos tienen buenos recuerdos del respaldo de sus hermanos mexicanos, casi siempre hubo apoyo. Muchos crecieron allá, otros nacieron allá y algunos murieron allá.

“En 1996”, cuenta Julio, “nos llegaron noticias de que la guerra estaba terminando en Guatemala. Se iba a firmar la paz y se iba a recibir de vuelta a todos los refugiados. Yo no quería saber nada de Guate”, dice. “Esa tierra que me expulsó y me obligó a ser un inmigrante, aceptado, pero inmigrante. Aquí había perdido a muchos familiares y solo historias tristes escuchaba. Desde el exilio mi papá siguió apoyando al movimiento clandestino, así que nunca dejamos de tener noticias ni contacto”.

“Un día nos juntamos todos”, dice, “teníamos que decidir qué hacer, si volver a Guate a ver si aún quedaba algo de aquello que un día nos había pertenecido o si dejábamos todo tirado. Ni mi papá, ni yo, ni mis hermanos mayores quisimos volver”.

Raúl, el menor, que había nacido en México y para entonces tenía quince años, dijo: “Yo voy. Yo si tengo duda de qué hay en Guate”. Y con la impunidad que le da a uno la adolescencia, cuenta que agarró su maleta, unos papeles que tenían guardados y desembarcó en La Técnica el veinticuatro de diciembre de 1996. Cinco días antes de que se firmara la supuesta paz.

Raúl buscó a los líderes de la comunidad y les mostró los papeles. Le dijeron que sí, que estaba bueno, que ahí estaban las tierras pero que como era menor de edad tenía que llegar su papá o uno de sus hermanos mayores.

Un año después se animó Julio a volver. Después su mamá y hermanos fueron repatriados y ubicados en una finca que se llama Nuevo Horizonte, en la que lo único que se podía cosechar era pobreza y desesperanza (una de esas tantas estafas hechas al Estado vendiéndole fincas caras para ubicar a los repatriados con tierras que no servían para nada). Después de un tiempo, su mamá y sus hermanos abandonaron Nuevo Horizonte y se reunieron con Julio y Raúl en La Técnica. Unos años después volvió don Gumercindo, el paterfamilias.

Cuenta el profesor que cuando regresaron todos a La Técnica se preguntaron: “¿Ppor dónde empezamos?” En México habían continuado con su organización comunitaria y trabajo solidario, así que no se les hacía difícil tomar decisiones en común.

“Yo fui uno de los primeros maestros”, dice Rodolfo –el profesor–, “en una asamblea comunitaria nos preguntaron quiénes habíamos ido a la escuela y habíamos trabajado en formación de cuadros en México y yo levanté la mano. Luego nos apoyó una organización de profesores a distancia y viajábamos todos los fines de semana a San Miguel”, una aldea a la orilla del Lago Petén Itzá.

Rodolfo es uno de esos personajes que pierde su nombre detrás de un oficio o de un rol. En La Técnica es “el profesor”. Cuando paseábamos por las calles todos lo saludaban: “¡Adiós, profesor!, ¡Hola, profesor!” Hasta los bolos de la cantina se quitaban la gorra cuando pasábamos frente a ellos.

Cuenta Rodolfo que en la escuela se enseña la historia de la comunidad. “Hablamos desde el desembarco, pasamos por la guerra, el exilio y lo que hoy en día somos. ¿De qué le sirve a los patojos saber la historia romana si no conocen la suya? Doy clases a quinto y a sexto primaria. A veces los patojos me dicen que no hicieron la tarea porque no les dio tiempo… yo solo los miro… les digo: yo soy profesor de dos grados, alcalde auxiliar, guía de turismo, padre de familia y abuelo, presidente de la asociación de lancheros. ¿Cómo me dicen que no tienen tiempo?” Pude ver en su rostro cómo su alma sonríe al contar estas cosas, un alma que se siente congruente con aquel sueño de una mejor vida que trajo a 10 mames en una barca en 1971 hasta las orillas del Usumacinta.

Mónica y el Profesor en YaxchilánEn 1990 el Gobierno creó la Reserva de Biosfera Maya y La Técnica quedó ubicada en la zona de amortiguamiento, por lo que el Estado, a través de CONAP, les dio una unidad de manejo forestal para trabajar de manera sostenible la extracción de la madera, hasta que un mal intencionado les incendió el bosque y les prohibieron continuar con la extracción, que se había convertido en su principal ingreso, por lo que muchos migraron a los Estados Unidos. Sin embargo, unos años después venían de vuelta igual de pobres que como se fueron.

En La Técnica no se pierde la esperanza; resiliencia le llaman algunos. En la actualidad viven principalmente de lo que les deja el paso de inmigrantes centroamericanos, comida, hospedaje y transporte, y de algunas actividades de turismo comunitario que están iniciando a desarrollar con el apoyo de una organización llamada ACOFOP (Asociación de Comunidades Forestales de Petén).
Ven con envidia como ahí nomás, justo del otro lado del Usumacinta, México tiene una carretera asfaltada hasta la orilla del río, cómo todos los días llegan cientos y en épocas miles de turistas a conocer los sitios arqueológicos de Yaxchilán y Piedras Negras, o a hacer un paseo por el Usumacinta y ver cocodrilos y otros animalitos que habitan esa zona, mientras en Guatemala hay que recorrer ochenta kilómetros en terracería que se convierten en tres horas de tortura para los riñones y la columna.
Fui a La Técnica creyendo que iba a apoyar ese esfuerzo con unos cuantos quetzales que gasté. Volví con un nudo en la garganta, con los ojos llenos de agua y una lección sobre cómo afrontar la vida y el momento histórico que me ha tocado vivir.

Los habitantes de la Técnica me enseñaron que no se necesita ser alcalde, diputado, gobernador o presidente para mejorar las condiciones de vida de los demás. Se necesita conocimiento de la historia, compromiso con los iguales, coherencia, solidaridad, agallas y conciencia para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Al continuar nuestro viaje por tierras mexicanas, iba yo pensando en los relatos que había escuchado y en uno de los tantos registros que la policía municipal mexicana hace a las combis para cobrar el peaje a los mojados que cruzan su territorio, leí en una de las paredes de la comisaría la trillada frase de Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. En ese momento pensé que Julio, el profesor, Raúl, Don Chindo y Mila son esos seres imprescindibles. Que no es necesario ser parte de una guerra para luchar por aquello en lo que se cree, así como que tampoco es necesario ser un mártir para ser imprescindible.

Muchas gracias, Julio, Rodolfo –el profesor–, Raúl, Don Chindo y Mila, por compartir sus historias conmigo y sacudirme las tripas para asumir el papel que me toca jugar en este país tan doloroso. Al pensar en ellos pongo rostro a las palabras de Bertolt Brecht.

Si alguien se anima a una sacudida de conciencia, puede buscar más información acá:
https://es-la.facebook.com/cooperativa.tecnicaagropecuaria

 

*Fernando Espina Bances. A mis 37 años estoy seguro de haber aprendido más de la gente del campo y de la naturaleza que de los profesores y de la educación formal. 

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1 comentario

  1. Jeanneth Ramirez on

    Hola…. El señor a kien señor Julio.. Ac mencion.. A kien lo dejogorraron y q lo habian dejado x muerto y q sobrevivio… Ese señor era mi padre….. Y el nunka se mantenia triste xq.. El siempre decia “de q m sirve star triste hoy … Si mañana kiza ya no este para ser feliz” esas eran sus palabras de Mi padre y entre otras….. Y si ella todo lo q. Paso el siempre tubo fuerzas para sacar adelante a sus hijos..

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