La Tragedia de los Poco Comunes

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Cuenta la leyenda que antes los columnistas de Prensa Libre ganaban muy bien y en dólares. Eran los días de los oligopolios chiquitos y las dictaduras grandes, cuando pocos sabían leer y menos escribir. Cuando para ser columnista era indispensable estar bien conectado con los dueños del periódico. O por lo menos eso se creía.

Pero las cosas ya no son lo que eran. De un tiempo para acá la competencia hizo bajar el costo de las columnas, poco después llegó la Internet, y con ella el fin del oligopolio de la información. La situación de los medios tradicionales es crítica: el negocio de los anuncios sufre, pero el del silencio fallece.

Es bueno reconocer que la libertad de expresión que hoy vemos habría sido inconcebible en los 80’s cuando la versión oficial de la verdad se imprimía en las rotativas de la 13 calle. Pero no podemos cantar victoria porque todo pasa, y a veces hasta da vueltas. El acceso a la información que amenaza gravemente el negocio del silencio cómplice y la narrativa contumaz ha probado ser demasiado incómodo para el selecto número de anunciantes que junto con el oligopolio mediático prosperaron durante las dictaduras.

Pero la llegada de Jimmy es una bocanada de aire fresco para las esperanzas de los que sienten que pierden las ventajas competitivas que dan los privilegios de décadas. Se tiene la muy bien fundada percepción de que el status quo se reacomoda para forzar el regreso del país a épocas más prósperas para ellos, y que quieren servirle la mesa a su nuevo presidente con un conglomerado mediático libre de voces disonantes.

Y es que no puede ser producto de la casualidad que prácticamente todos los columnistas y periodistas de Prensa Libre despedidos son considerados “de izquierda” por la ultraderecha macartirista. No puede ser producto de la casualidad que este burdo ataque a la libertad de expresión se dé a pocas semanas de un despido similar en El Periódico y a pocos días de la toma de posesión del nuevo gobierno. No puede ser  producto de la casualidad que se haya dado en el marco de una nueva campaña de desgaste contra la CICIG.

Naturalmente la explicación oficial es que es cuestión de costos. Pero esa excusa no convence cuando se observa que para pagarles a las figuras más egregias de la ultraderecha sí hay plata, o cuando se escuchan denuncias de que periodistas profesionales no ganan ni el salario mínimo. Pero como no hay mal que por bien no venga, queda demostrado una vez más que el nombre siempre le quedó muy grande al rotativo liberacionista.

Es oficial: para ser periodista o columnista íntegro es menester hacer voto de pobreza. Porque el negocio ha estado y está en vender publicidad, no en el periodismo responsable. Las ganancias más jugosas no están en las denuncias que botan gobiernos sino en los silencios selectivos y narrativas falsas que  perpetúan  a grupúsculos  en el poder. La plata no se hace con sesudos análisis y visiones de estadista sino con la manufactura de sofismas a la medida del cliente.

Quizás algún día alguien dilucide como fue que se enredó algo tan noble como la libertad de expresión con la asquerosidad del negocio mediático. Mientras tanto sabremos que por lo menos en Guatemala,  la mayoría de columnistas no es más que una partida de relacionistas públicos haciendo infomerciales. Y muy malos por cierto.

A los ciudadanos, periodistas y columnistas íntegros no queda más que desearles ánimo en la lucha que se nos viene con el próximo gobierno militarista. Pero no desmayen que no todo está perdido, el dinosaurio dará batalla en el papel, nosotros donde no podemos ser despedidos.

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Abraham Barrios

Estudiante empedernido de la naturaleza humana y amante de las causas perdidas. Aparte de eso, muy difícil de etiquetar.

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