La valentía de librar la batalla

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Pensamientos varios desde José Emilio Pacheco

Este es un pequeño escrito de viaje y reflexión, mitad en el pasado, mitad en el presente. Mitad mitad, como decimos en Guatemala cuando, de manera popular, aludimos a dialécticas no iniciadas. Esta es una serie de reflexiones sobre el libro Las batallas en el desierto (1980), del poeta mexicano José Emilio Pacheco. ¿Cómo conocí este libro? En algún momento escuché a Sergio y Alfonso hablar de él, en Puebla, hace dos años. No recuerdo. Lo busqué en tres o cuatro librerías alrededor del zócalo poblano. Agotado. Todavía en D.F., en otro viaje, lo busqué en otras tantas cercanas a Coyoacán. Ni rastro. En una de estas, de libros usados, conseguí el poemario Los elementos de la noche (1963), título que me llamó la atención, sobre todo por lo de la noche. Anteayer, en unos correos intercambiados con Sergio, le pregunté por el nombre del libro. Incluso yo lo había olvidado. Ya no fui a las librerías sino al internet. ¡Pum!, allí estaba, en pdf en versión de Editorial Era.

 

I.

Similar al poemario, Las batallas en el desierto es de apenas treinta páginas. Me sorprendió al inicio y busqué para cerciorarme que no era una versión acortada. De varias maneras se puede describir este libro. Veamos. Es la historia de amor de un niño y el moralismo de la incipiente clase consumidora,  en la gran urbe mexicana. El capital yankee invadiendo las maneras y deseos de una sociedad aún legendaria y estamental. La destrucción de las tradicionales familias acomodadas, de derecha-cristera, obligadas a luchar para no ser parte del creciente chusmerío. La reimposición del orden del dinero y de la división del trabajo sobre un México recién surgido de décadas de Revolución, desde 1910. Y por aquí comenzamos el viaje, con un antiguo campesino sublevado, trabajador en la colonia Roma.

 

II.

Don Sindulfo trabaja de portero en el edificio de esta clase profesional mexicana. No sabemos mucho de él. En voz de Carlitos, el narrador y protagonista de la historia, don Sindulfo es un viejo excoronel zapatista, amigo de un niño estadounidense-mexicano, Jim, con la afición de contarles «historias de la revolución mexicana». La ciudad de México de 1948 ha reabsorbido el crítico año de 1914, aquel donde dos ejércitos campesinos, el de Zapata y Villa, tomaron el palacio luego de haber derrotado, en sucesivas campañas, al Ejército Federal. Esa famosa fotografía de los líderes revolucionarios campesinos –morenos, bigotones, con uniformes raídos– desayunando en Sanborns, ahora, en el 1948 del libro, se ha trastornado. El zapatista ha vuelto a trabajar de asalariado para los profesionales. Sanborns es, de nuevo, un restaurante donde Jim, Carlitos y sus familias, pueden desayunar

 

III.

Carlitos vive en colonia Roma, zona residencial que poco a poco es abandonada por la burguesía capitalina. El libro transcurre en la crisis de su familia por salirse de ahí y, a la vez, mantenerse en una posición distinguida. El mercado se está comiendo la moral y las costumbres del estamento, otrora rico en México. La fábrica de jabones de su padre está quebrando: ha entrado la línea industrial estadounidense. Su madre recuerda, añora, su tradicional Guadalajara. Ahí la moralidad era respetada y se sabía el lugar de cada quien. Antigua familia de cristeros –hacendados católicos contrarrevolucionarios, para resumirlo–, ahora el padre se preocupa por aprender frenéticamente el inglés y la madre por ir a salones de belleza en la residencial colonia Polanco.

 

IV.

Un requinto guachangoso, sincero, anuncia la inocencia de entregarse al amor. No del “primer amor” –como dicen los desencantados de la vida– sino simplemente del enamorarse.  Así empieza la canción de Café Tacuba, Las batallas[1]. ¿Cómo se llega a esto en el libro de Pacheco? Carlitos va a una escuela con el mismo proceso de licuadora de 1948: los niños ricos se harán más ricos, los becarios y devenidos a menos –para el capital– terminan vendiendo chicles en los tranvías. Carlitos empieza a visitar a sus amigos y a darse cuenta de este abismo. Le duele inicialmente, luego lo va tomando como normal y lo terminará subsidiando. En una ocasión va a casa de Rosales, su amigo pobre. Sale con asco al ver las quesadillas de sesos. Luego, va a casa de Jim, quien habla inglés perfectamente y tiene juguetes traídos de sus viajes al Norte. Come productos industriales, los cuales prefiere a la birria de Jalisco, hecha por su madre. Allí, en medio de edificio, algo más le nacerá del pecho.

 

V.

Finalmente ¡lo logra! – exclamación mercantil. En su obstinado deseo de no quedarse atrás, el padre de Carlitos aprende inglés en menos de un año. A sus 48 años, ha logrado introducirse al idioma del imperio. Este señor, nacido bajo el gobierno de Don Porfirio Díaz y de los Científicos, era un niño de diez años cuando el 20 de noviembre 1910 Madero llama a la revolución armada; es apenas un puberto cuando Huerta y el Ejército Federal matan al presidente Madero. En poco más de un año los cañonazos en la Ciudad de los Palacios, de la Decena Trágica, darán paso a los fusiles y caites del Ejército Zapatista triunfando sobre este vestigio armado del régimen porfirista. La Revolución se ha desatado y ahora hasta los Constitucionalistas norteños temen su radicalización. Una década después en la Guadalajara natal de la madre de Carlitos, los Cristeros se levantan contra el Estado laico y de posible reforma agraria. La Contrarrevolución toma uno de sus caminos. Para 1948 la producción de jabón nacional está en crisis y el padre de Carlitos pasará de incipiente industrial mexicano a gerente contratado por la consolidada industria estadounidense de posguerra. Vacacionará en el Plaza, New York.

 

VI.

Entra al apartamento de Jim. Carlitos está fascinado con los muebles, los juguetes, los american details. De pronto Jim le presenta a Mariana, su madre. – Bella imagen de nacimiento la que nos presenta Pacheco –. Carlos recuerda: «Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola». En su casa y en la escuela Carlitos no puede dejar de pensar en ella. En la manera de hablarle, en el perfume que se respira en su casa, en lo íntimo que va sintiéndose con ella: «Ella no tocó nada. Habló, me habló todo el tiempo». De pronto se da cuenta Carlitos, se ha enamorado de la madre de su amiguito Jim. Como buen amor, le desequilibra la vida, le rompe los horarios, lo inunda. Llega tarde a casa, a las 8:30, su madre se enoja. Él piensa en Mariana

 

VII.

El mundo se preocupa de lo que hizo Carlitos. El mismo mundo inverso de Hegel ahora se las cobra a Carlitos, el niño enamorado de una madre de 28 años. Los padres de Carlitos –lo mismo la escuela, los psicólogos, el sacerdote y la colonia Roma– condenan esto. Su madre, defensora de los contrarrevolucionarios y que odia a pobres y vagabundos, le dice que es un monstruo. Su padre, quien ha perdido su fábrica por los gringos y luego trabaja para ellos, le comenta a su esposa: «este niño no es normal». Su hermano, Héctor, acostumbrado a intentar violar empleadas domésticas y leer libros de Hitler, lo felicita por su hombría. Los psicólogos lo catalogan mientras hablan entre sí «como si yo fuera un mueble». Sólo alguien lo ha comprendido: Mariana, quien está a su vez en proceso de quebrar con el mundo.

 

 

VIII.

Pienso en la Colonia Roma que conocí en 2012. Carlos y su novia me invitaron a visitarlos en el D.F. Yo venía de la Puebla de la Acocota y de Angelópolis. Se pagan casi 5 mil pesos por la renta, me cuentan, pero a dos cuadras hay cines de películas alternativas, bares y además está céntrico. A diez cuadras más o menos, está el Ángel de la Independencia. Allí me había dejado el bus Estrella Roja. Esta zona la asocié al nacionalismo mexicano de fútbol, aquel que está íntimamente ligado a Televisa y los locutores que desprecian los potreros de Centroamérica –como llaman a las canchas de futbol de este terruño. Un dejo de tristeza me invade al pensar en la Ciudad de México con Carlitos en 1948 y hacia dónde se construiría en sucesivas décadas. Pienso en Carlitos: el libro se queda en sus reflexiones posteriores, no habla de los estudiantes de Tlatelolco en 1968, ni siquiera como portero zapatista en Colonia Roma. Y, no obstante, en 1992, Café Tacuba lo recuerda:

Por alto que este el cielo en el mundo,
por hondo que es el mar profundo,
no habrá una barrera en el mundo,
que mi amor profundo no rompa por ti

 

En 1994 los “trasnochados” zapatistas alzarían la bandera del inocente amor, esa enfermedad combatida y casi extirpada en Carlitos

 

IX.

Es preferible un Carlos Slim a un Carlitos, acordarían tantos diputados hoy. La rebelión termina en la muerte, donde muchas veces los rastros o migas de vida quedan como prefiguración, promesa, fe, pero no siempre realidad ya llegada. El protagonista de Las batallas del desierto, ahora devenido adulto, Carlos, sabe que su amor por Mariana es tan real como su niñez, en el lejano Carlitos. Carlos es ahora un hombre golpeado, pero que sabe reconocer. Ese día de 1948, luego de las confesiones y penitencias católicas, como de las seculares culpas del psicólogo, Carlitos viaja en bus luego de haber jugado tenis en el Júnior Club. De repente ve a Rosales, su compañerito, vendiendo chicles. Ambos se asustan, pero Carlitos lo busca con la seguridad de quien tiene gasolina en su carro. Rosales huye, mitad vergüenza por vender chicles, mitad por conocer la trágica noticia. Se encuentran y Carlitos lo invita a helado. Rosales, Rosalitos, acepta la invitación pero para una torta. No ha comido. Carlitos ha aprendido que el dinero mueve el mundo, incluso el secreto del necesitado Rosales. Esto lo descubre Televisa, años después, en el Chavo del 8

 

X.

iHace algunos días tomé la destartalada camioneta 7, rumbo al Centro en Guatemala. Di el quetzal al brocha –ayudante de chofer– y me senté. Abrí el poemario Los elementos de la noche, escrito entre 1958 y 1962. Inmediatamente pensé, de manera obtusa: “a lo mejor esta poesía de Pacheco tiene ese mismo fuego que la de Roberto Obregón para la misma época”. No. Bueno sí, pero un fuego que choca con algo grande, casi mítico. Sus poemas entre 1958 y 1961 me parecían orgánicos, como plantas creciendo –«llama detenida en sus vértices»– o como mares en movimiento donde, sin embargo, se hunde de nuevo lo que surge. ¿Será que Pacheco está describiendo qué es ser joven en el México del Estado poscardenista, donde el PRI se ha vuelto vampiro de la enorme savia y sangre de la revolución interrumpida, como la llama Gilly? Luego, en sus poemas de 1962, la sensación del poeta de haber traicionado algo puro: «Me hablan de la batalla que perdí sin librarla. Fui el centinela que no estuvo en su sitio para correr la voz de alarma cuando se sucedían los desastres y devastaciones» ¿Hay algo de Carlitos y Mariana en este poema de Pacheco? Yo creo que sí, en el mismo sentido que Roberto Obregón habla del carácter profético de la poesía. Siempre adelantada al búho de Minerva.

 

XI.

Algunos de los nombres del cantante de Café Tacuba: Juan, Cosme, Anónimo, Intransigente e Intolerante, Amparo, Tonto. Su acta de nacimiento dice Rubén Albarrán, pero él –muy en la sintonía anti-definición de las canciones de Soda Stereo y Bohemia Suburbana– ha tenido muchos nombres. En su canción dedicada a Las batallas en el desierto, Juan, Cosme, Anónimo le habla al niño enamorado de Pacheco:

Oye Carlos
¿por qué tuviste
que salirte de la escuela esta mañana?
Oye Carlos
¿por qué tuviste
que decirle que la amabas, a Mariana?

La sinceridad es una enfermedad que se contagia en este mundo inverso. O por lo menos que hace dudar, que desequilibra, como lo hace el amor. Ese día que Carlitos escapa momentáneamente de la escuela –de su madre y los Cristeros, de los jabones de su padre, de su hermano con Mein Kampf– temeroso pero en urgencia de hablar, le dice a Mariana: «ya de una vez, señora, y perdóneme –es que estoy enamorado de usted». Este niño, esta expresión, toca y despierta algo en Mariana, lo cual solo puede compartir como su inverso idéntico: «Se quedó mirándome tristísima». Es algo imposible, el niño y la joven madre de 28 años. La pregunta del cantante de Café Tacuba, sin embargo, no es acusadora como el círculo de Carlitos en 1948, sino de inspiración, ánimo y aliento. Los que vivimos hoy le preguntamos a nuestros predecesores: ¿cómo puedo serle fiel y sincero al amor que viví, que vivimos? Por ahí, en esas rendijas, revive Mariana, los campesinos zapatistas, la valentía de librar la batalla.


[1] Canción alusiva al libro Las batallas en el desierto, de José  Emilio Pacheco. Las batallas, en álbum Café Tacuba: https://www.youtube.com/watch?v=fMaxO5UCxIU

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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