Las hernias morales del condenado

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“Hay batallas que se pierden, pero son muy útiles”

Juan Carlos Lemus

Al momento de escribir esta columna, no se sabe todavía si se le aceptará excusa médica a Efraín Ríos Montt para que se presente al juicio donde es acusado de genocidio. Aduce tener hernias en la espalda y no poderse presentar. Cuánto más terribles serán las hernias morales. Qué difícil vivir consigo mismo. De su conciencia no puede escapar. El karma no conoce de amnistías ni acepta excusas médicas.

Lo que muchos quisiéramos es que las víctimas no hubiesen tenido que esperar tanto tiempo para que sólo dos de los implicados sean procesados; nos hubiese gustado que al firmar la supuesta paz ésta garantizara que los culpables de ambos bandos fueran juzgados por las atrocidades que cometieron y que pasaran muchos años en prisión, siempre insuficientes para compensar el daño que hicieron.

Otros quisieran que al condenado lo torturasen como los ejecutores materiales del genocidio hicieron con sus víctimas. Desear eso nos convertiría en lacras humanas en nada diferentes a los acusados. La justicia no es venganza. La vida no le alcanzaría a Efraín para experimentar en carne propia lo que miles de personas inocentes tuvieron que sufrir porque él no quiso parar el horror.

Los escenarios ideales no existen, hay que ser prácticos. No habrá una solución al gusto de todos. Dado el perverso sistema judicial que tenemos, lo más probable es que las tácticas dilatorias de la defensa serán efectivas y el juicio se suspenderá o retrasará tanto como dure la vida del condenado.

Pero hay una victoria moral incuestionable, una que nada podrá borrar. El 10 de mayo de 2013, Efraín Ríos Montt se convirtió en el primer genocida condenado en su propio país.  De aquí a la eternidad cualquiera que busque su nombre en un buscador se encontrará con ese dato. Allí están las crónicas del juicio que hablan de las patochadas de su equipo de abogados, en un contraste violento con la dignidad de los acusadores. El bofetón final,  el que las víctimas no pidieran una reparación económica sino moral, estará grabado para siempre en los corazones de muchos que presenciamos esa lección de dignidad frente a la cobardía.

Después la sentencia fue anulada por intereses mezquinos, los que siempre han manejado a este intento de país. Pero eso no la disminuye, no resta en nada su importancia. La pieza magistral que resultó ser la lectura de la sentencia es una síntesis de lo que hemos sido y de lo que debemos evitar que vuelva a ocurrir. Debiese ser leída y estudiada.

El condenado sólo fue el primer sentado en ese banquillo, que espera a muchos más. Ese juicio fue la puerta a la esperanza de una nación que no tema verse a la cara y que cuando esté dispuesta a solucionar su pasado para enfrentar su futuro, podrá comenzar a florecer.

No se termina esta historia con el juicio, ni es el primer condenado el único que lo será. Esperemos lo que ocurre, con la firme convicción de un Nunca Más pero también de una justicia que ha tardado demasiado, que le apuesta a la muerte de víctimas y victimarios. No nos podemos dar ese permiso.  Ya otros países nos han mostrado el camino de la memoria histórica. La necesitamos para sanar.

Mientras tanto, Tito aguarda su turno.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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