Las lecciones de Ayotzinapa

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Ayotzinapa significa en  Nahuatl, “lugar de las tortugas”. Una figura que impregna los muros de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos, en Tixtla, Guerrero, en México. A lo largo de sus 88 años de existencia, esta unidad educacional de nivel superior en el sistema mexicano ha formado a miles de maestros rurales. Allí se forman jóvenes provenientes de núcleos familiares del segmento más pobre del país vecino, quienes autogestionan el funcionamiento del plantel.

Al igual que muchas otras, la Escuela Normal de Ayotzinapa, hace parte del programa que el Estado mexicano impulsó en la post revolución, en un esfuerzo de masificación educativa. Lucio Cabañas y Genaro Vásquez, legendarios líderes rebeldes del México insurgente, pasaron por sus aulas, mismas que también han sido semillero de movimientos sociales. Pese a varios y violentos intentos por transformar el currículo, en la Escuela Raúl Isidro Burgos el proyecto estatal regresivo ha encontrado férrea resistencia. De ahí que el sistema, por medio de la autoridad estatal de Guerrero ha impuesto sanciones que limitan el presupuesto para becarios e internos.

Por eso año con año, los estudiantes de la escuela viajan a Chilpancingo, capital del Estado, para presentar sus peticiones, entre las que se incluye la renovación de las instalaciones y la mejora en el monto asignado como dieta a los estudiantes. La fuerte raigambre de militancia en el movimiento social motiva a los estudiantes del plantel a participar en conmemoraciones como la de la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre.

Este año esa participación se truncó por las acciones represivas impulsadas por el alcalde -hoy en prisión-, quien tiene la responsabilidad por la muerte de varios estudiantes, la tortura y agresiones a otros y, sobre todo, la desaparición forzada de 43 maestros en formación.

El reclamo social por la aparición de los 43 ha hecho despertar del letargo de la violencia a un México igualmente harto de la corrupción. Junto a este movimiento, el de las protestas y movilizaciones, el de las denuncias, también ha nacido otro. El de la solidaridad productiva.

Es el caso, por ejemplo, de los estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quienes viajaron a Tixtla y se dedicaron a trabajar las tierras cuyos cultivos forman parte del esfuerzo de autosostenibilidad. “Ellos están dedicados a buscar a sus compañeros y no pueden trabajar su tierra. Si fuéramos nosotros ellos también harían esto, trabajar la tierra”, afirma uno de los voluntarios, visiblemente agotado por el trabajo agrícola en la zona.

Más allá de las fronteras, en América Latina, con distintos niveles de presión ha habido marchas, vigilias, movilizaciones en las que se reclama la aparición de los 43 estudiantes y se hace propia la demanda por su vida.

México se levanta en la voz que clama por sus futuros maestros, por esos niños y jóvenes del Guerrero rural que intentaban formarse como educadores de generaciones. Hoy sus maestros destacan que esos pupitres vacíos les recuerdan la magnitud de la tragedia. Padres de familia, maestros, estudiantes, ciudadanos y ciudadanas de a pie, marchan a un ritmo que marca el despertar por la vida.

En medio del dolor marcado por la tragedia que representa la masacre inicial y el secuestro masivo, el no ceder ante la mentira ni la provocación, el concitar la solidaridad nacional sin distingos de colores ni posiciones, el gritar a viva voz la responsabilidad del Estado y, sobre todo, el no desmayar el intento, son algunas de las lecciones que hoy también deben motivarnos. Junto a México, por México pero también por Guatemala, es imperioso levantar la voz y caminar en un solo bloque contra la impunidad, la corrupción y el autoritarismo fascista que avanza y pretende instalarse entre nosotros.

Fotografía: Tomada del Facebook de la Escuela Normal Rural, Raúl Isidro Burgos

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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