Las niñas de Guatemala: femicidio estatal

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En un país que no es el nuestro, las niñas bajo protección estatal serían queridas, atendidas y cuidadas. Se velaría por su bienestar integral y se les brindaría todo tipo de oportunidades.

Encontrarían en ese sitio un verdadero refugio y en las personas a su cargo a su familia sustituta.

Lamentarían el día que tendrían que alejarse para proseguir su vida adulta.

En un país que no es el nuestro, en el momento de un siniestro, serían las primeras en ser evacuadas, todos se preocuparían porque el daño para ellas fuese mínimo. Los medios de comunicación respetarían su identidad y no mostrarían sus rostros por ser menores. Tampoco se filtrarían grotescas fotografías de quienes hubiesen sufrido daño.

En un país que no es el nuestro, los hospitales atenderían con calidez y humanidad a los familiares, les darían información continua, transmitirían prontamente la evolución y evaluaciones de cada una, para no dar lugar a malos entendidos ni crear más zozobra.

En un país que no es el nuestro, si alguna falleciese, se le comunicaría con tacto y empatía a sus familiares, en un lugar apropiado. Se les facilitarían gratuitamente todos los trámites y se les proveería transporte, alimentación y alojamiento para pasar los peores días de su vida.

Se les daría toda la información pertinente, para que no tuviesen que andar de un lado a otro, en la angustia de la incertidumbre.

En un país que no es el nuestro, la sociedad sería comprensiva y solidaria, jamás se pondría a buscar culpables en las familias o en minimizar la responsabilidad del Estado. Serían menos religiosos pero mostrarían más amor al prójimo.

En un país que no es el nuestro, el  primer mandatario se presentaría de inmediato en el lugar de la tragedia, ordenaría poner todos los recursos del estado a favor de las niñas y sus familias, destituiría de inmediato a todos los funcionarios con algún grado de responsabilidad y los pondría a disposición de la justicia y pediría perdón públicamente por los descuidos que se hubiesen cometido.

Pero en el país en el que vivo, todo es muy distinto. Los hogares seguros no son ni lo uno ni lo otro. Los nombres religiosos no impiden que sean centros de maltrato de todo tipo trata, tráfico de personas y todas las formas de violencia.

En el país que vivo, la sociedad condena a los padres, todos ellos pobres, todos ellos excluidos, sin conocer su historia, sin importarles las múltiples formas en que el Estado les abandonó.

En el país que vivo, se culpa a las niñas, sí, a ellas, por su muerte, quemadas mientras pedían salir de una habitación cerrada por la maldad pura de personas que nunca debieron estar a cargo de ellas.

En el país que vivo, esto no es tragedia, es femicidio estatal. A las cosas por su nombre.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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