Los futbolistas también tienen derechos

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En todas las actividades que realiza el ser humano es común que un grupo pequeño tenga el poder y que la mayoría deba atenerse a las reglas que estos imponen. Es curioso cómo una minoría organizada puede aprovecharse de la mayoría que no atina a agruparse para defender sus derechos de clase. Pero tampoco es casualidad que la organización de los grandes grupos de personas sea difícil, y a veces imposible, pues suele pasar que quienes tienen el poder han sido capaces de destruir cualquier intento incluso a base de provocar la muerte de los dirigentes, tal como sucedió en Guatemala con gran cantidad de líderes sindicales, estudiantiles, campesinos y de otros colectivos de corte popular.

A pesar de generar millones en ganancias, en muchos países el deporte profesional no goza de la protección legal que sí tienen, en teoría, otros gremios de trabajadores. Porque a pesar de todo el show mediático en el que están involucrados, al final de cuentas, el deporte es solo otra expresión más del trabajo asalariado.
Hay excepciones, como el deporte profesional de Estados Unidos, en donde los deportistas incluso han ido a la huelga para pelear por sus derechos, llegando al grado de cancelar temporadas completas o finales de campeonato.

Uno de los deportes que se distingue por evitar a toda costa que quienes lo practican a nivel profesional no se agremien es el fútbol. Es sabido que la FIFA, el ente rector a nivel mundial, es un universo aparte que funciona con sus propias leyes y reglamentos, diseñados para favorecer a la misma FIFA y a sus aliados, en este caso los clubes, que son los que contratan y pagan a los jugadores.

En el fútbol, como en la vida, hay personas que obtienen más ingresos que otros y hay unos que son más vulnerables. Las estrellas de los equipos de la élite mundial obtienen millones de dólares por temporada y eso les resta la necesidad de agruparse para defender los derechos de los que perciben menos.
Un hecho significativo sucedió en 1994, cuando antes y durante el mundial realizado en Estados Unidos Maradona alzó la voz en contra de la FIFA y protestó porque el calendario de juegos los obligaba a jugar en horarios de medio día en el caluroso verano en el que las temperaturas alcanzaban incluso los 40 grados centígrados. El resultado fue que la FIFA desacreditó al astro argentino al determinar, en tiempo récord, que su prueba de doping era positiva y lo expulsó del mundial. Un año después, en 1995, Maradona intentó crear el sindicato mundial de futbolistas, para luchar contra el poder de la FIFA y los dueños de equipos, pero aunque obtuvo el apoyo de otros jugadores de renombre la iniciativa no llegó muy lejos y todo se quedó en intención.

En la actualidad no existe una entidad que defienda los intereses de los futbolistas y la FIFA sigue programando los partidos a la hora que más convenga a los intereses comerciales, incluyendo actos como el de asignar a Qatar la sede de la copa del mundo del 2022, a pesar de que las temperaturas rebasan fácilmente los 40 grados centígrados.

El tema de los derechos de los futbolistas se hace más apremiante en las ligas de los países pequeños, en donde prácticamente ninguna legislación local es aplicable a los conflictos que puedan derivarse de la práctica del fútbol. Además hay que tomar en cuenta que si alguien se atreve a utilizar el ordenamiento jurídico local para dirimir alguna diferencia, la FIFA de inmediato interviene y suspende al país de toda competencia internacional; es decir, el máximo ente rector es el único juez al que se puede acudir y eso generalmente favorece a los equipos.

En Guatemala actualmente está en formación la Asociación de futbolistas, liderada por Carlos “el pescado” Ruiz. El movimiento, como era de esperarse, ha encontrado oposición de la federación y los dueños de equipos. Los problemas de los futbolistas no son pocos y la organización de la Asociación es algo que merece el apoyo de la afición y cualquier otro sector de la población, tal como lo menciona Juan Carlos Lemus en su columna del 27-09-14 en Prensa Libre.

En el fútbol nacional no son pocos los casos en los que los equipos dejan de pagar a los jugadores, o bien les pagan montos distintos a los previamente acordados. Como se menciono antes, el cumplimiento de los contratos es algo que queda a discreción de los dueños o directivos de los clubes, pues según las reglas de la FIFA las demandas legales no proceden en estos casos.

En las radios de deportes es común que los conductores de programas mencionen que han escuchado decir a los jugadores que cuando los contratan les ofrecen una suma atractiva, pero que al llegar el día de liquidar cuentas es raro que les paguen cabal, pero que ellos no protestan porque prefieren estar en equipos que al menos les pagan una parte y no en otros en los que pagan cada tres o cuatro meses.

Es cierto que algunos futbolistas obtienen sueldos desproporcionados en función de la calidad del espectáculo que brindan, pero son la minoría. En general los patrocinios y los mejores ingresos los obtienen dos o tres equipos llamados “grandes” y son ellos los que pueden pagar cantidades mayores, pero en los equipos “chicos” las circunstancias son completamente distintas.

A nivel mundial los futbolistas son negociados como que fueran objetos y los clubes se hacen con los derechos de explotar el físico y la imagen de los jugadores, al grado de que no son libres de elegir el equipo en el que van a jugar, o trabajar.

Por eso, como en cualquier gremio, es necesario que los futbolistas consigan que la asociación nacional sea reconocida y ojalá que las presiones que están ejerciendo, de no jugar partidos amistosos con la selección nacional, sean efectivas y que al concretarse la formación de la asociación sepan aprovechar la oportunidad para defender sus intereses.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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