Los niños de la dignidad

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Ignoro las costumbres de los establecimientos educativos de esta época, pero al recordar los inicios de los noventas y finales de los ochentas, viene a mi mente la cantidad de ritos pseudo patrióticos y la rigidez ultra religiosa de los establecimientos en donde estudié. Recuerdo ese temor sentido por mis compañeros al ver un soldado o una sotana, cualquier símbolo de la época que representara una señal de autoridad. Ni hablar de los desfiles militaristas de las fiestas septembrinas, donde al sonido de bandas marciales se enfilaban miles de niños en pequeños pelotones, con uniformes impecables, zapatos lustrados y un capitán gritando cómo marcar el paso, haciendo el saludo respectivo (casi fascista) a los presidentes que llegaban a observar los desfiles. Una escena macabra, viéndolo detenidamente.

Escenas impensables en una sociedad moderna o mínimamente civilizada, pero era la dinámica de una sociedad que basaba sus valores en la obediencia, la disciplina y el silencio. Recuerdo una directora a la que era prohibido ver a los ojos, ya que se consideraba una falta de respeto y motivo de amonestaciones. Recuerdo los coros absurdos y serviles cuando un director del colegio o maestro ingresaba al aula y todos tenían que rendir pleitesía:

“Buenos días, señor director, pase adelante, esta es su clase…”

Todos de pie, todos al unísono, todos viendo sin ver, escuchando sin escuchar. Todos “obedientes”, todos disciplinados.

Una tercera parte de la vida la vivimos en establecimientos de ese tipo, jurando lealtades a símbolos patrios, agachando la mirada frente a cualquier persona uniformada, juntando los pies, cuadrándonos frente a cualquier suerte de autoridad, “diosguardeando” cualquier intento de pregunta impertinente o cuestionamiento hacia los mayores, siendo obedientes, muy obedientes, muy silenciosos, muy “respetuosos”, muy educados.

Y pienso en los años que nos llevó tener el valor de cuestionar esos valores, de cuestionar esa autoridad, de cuestionar el origen del poder que nosotros mismos damos a todos aquellos que creen tener una calidad moral superior por estar en una posición privilegiada de autoridad. Pienso en las veces que nos preguntamos a nosotros mismos si valía la pena pronunciarse, si en verdad nuestras ideas serían escuchadas. Pienso en la cantidad de veces que escuchamos la palabra “subversivo” con una connotación negativa, pienso en la cantidad de veces que nos llamaron bochincheros, por intentar pronunciarnos frente a cualquier injusticia.

Pienso en todas esas cosas, pero también pienso en el hoy; sonrío y me conmueve el alma, ver que fuimos niños sacrificados de la agonía de una bestia que poco a poco se extingue. Veo a los niños de hoy, veo a nuestros hijos, veo esa cantidad de ojos y bocas recuperando su dignidad. Veo un futuro, uno que promete y alegra el alma. Veo un mar de sonrisas que alumbran una esperanza de verdadera libertad. Veo a esa madre soltera, corriendo con su pequeño de seis años en una calle de la zona 1, con cartel en mano y diciendo “¡Vamos hijo, vamos a manifestar!”. Veo a esos padres sosteniendo en sus hombros a pequeños que afinan el oído con el sonido del clamor de un pueblo, alzándolos sobre las multitudes, como diciendo “¡Miren, aquí hay un futuro! ¡Carajo que lo hay!”.

Veo a esos miles de niños aprendiendo a hablar, aprendiendo a manifestar, aprendiendo a exigir justicia. Sonrío al pensar que a lo mejor alguno de esos miles, dio sus primeros pasos en La Plaza, o a lo mejor alguno dijo sus primeras palabras en alguna de las manifestaciones.

Veo el futuro y sonrío al pensar en esas voces que nunca más se apagarán, que serán las voces que se alzarán ante cualquier injusticia, veo esos rostros brillar, esos ojos reflejar la esperanza de un país que lucha por no morir de rodillas, imagino a esos miles de niños de la dignidad, siendo jóvenes que saben diferenciar entre los justo y lo injusto, veo a esos adultos que sabrán la diferencia entre ser respetuoso y ser servil. Veo miles de mentes cuestionando, preguntando, manifestando. Y esto es algo que aprendimos y que jamás nos podrán quitar, porque entendimos que la dignidad es dejar el miedo, porque aprendimos que la paz no tiene que ver con indiferencia.

El futuro promete, pero mientras eso llega, soy feliz viendo a los padres alzar a sus hijos en brazos, en medio de las plazas, en medio de las calles, tomándolos de las manos, enseñándoles a ser ciudadanos, guiando sus pasos lejos de la indiferencia, el temor o el qué dirán. Gracias a todos esos padres, madres, abuelos, tíos, primos, que llevan a sus niños a las plazas, han pintado –a lo mejor sin saber o sin querer– las líneas que guiarán a esta sociedad a un futuro con más consciencia, gracias por hacer de estos miles de niños: niños de la dignidad.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

6 comentarios

  1. Claudia Núñez on

    Muy lindo artículo y muy orgullosa de ser guatemalteca y haber podido vivir las 2 épocas. La de los dormidos y la de los despiertos. Es especialmente inspirador pensar en los niños que están creciendo en una nueva Guatemala, una que va a dejar de pensar en que aquí no pasa nada. Que da igual si alguien roba total nunca le hacen nada. Que nos convirtamos en una sociedad más correcta, una sociedad que denuncie y sepa que se le va a denunciar y que se le va a hacer presión al corrupto para.que enderece su camino e idealmente devuelva lo que se robó pero que mejor si se abstiene de robar desde un principio, sabiendo que los demás no nos vamos a quedar callados

  2. SR. William Ajanel lo felicito por su articulo, presisamente en varias ocaciones he pensado igualmente en la forma en que crie, en los 50s, y 60s, y es exactamente como usted lo describe. Yo estudie la primaria y secundaria, en uno de esos estalecimientos en donde la disciplina se IMPONIA, contagiando esa epoca con un Militarismo, lo cual al crecer y darme cuenta el error en que nos involucraban, a la fuerza, DESPERTE !! justo a tiempo, razon por la cual a mis dos hijos los inscribi en un Colegio principalmente lejos de tanta reverencia al Militarismo, y logre como resultado, que mi dos hijos sean mas apegados lo que es el ser un verdadero ser humano, con verdaderos valores morales mucho mas altos, y respeto a los demas, que de esa manera se les inyecto una nobleza, y honrades en sus vidas . Sus cocluciones me recuerda lo que Pepe Mujica ex-preiidente de Uruguay nos repite, de que al mundo venimos para ser felices !!!, yo admiro mucho a Pepe Mujica y su filosofia de vida.

    • Wiliam

      Me conmueven sus palabras, estimado Adalberto, no cabe duda que hay ciclos de la historia que se repiten y estoy muy contento que sea este despertar el que nos haya tocado vivir. Saludos y gracias por su lectura y comentario.

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