Los nísperos de mi abuelo

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Mi abuelo y yo somos muy distintos.

No es que crea en binarismos, la vida es más compleja que eso; los distintos tonos entre el blanco y el negro existen e importan. Sé que los tonos de mi abuelo y los míos son distintos: él podía trabajar todo el día, cortando la maleza, recogiendo los nísperos de los árboles, cortando café, limpiando la casa;  siendo -en pocas palabras- útil. Yo, en cambio, soy una persona más tranquila. Puedo pasar horas acostada pensando, -o más bien soprepensando- sintiendo la ansiedad y el peso del mundo, preguntándome porque las cosas son como son.

No sé si las personalidades distintas de mi abuelo y yo son innatas o si son producto de nuestros distintos contextos.

Mi abuelo nació en 1926. Tenía 18 años cuando ocurrió la Revolución de Octubre del ‘44. Me contó sobre ella una vez, sobre los estudiantes y los maestros que veía en las calles protestando contra la dictadura de Ubico y la emoción que se sentía en las personas cuando se le derrocó. Me contó que su papá, mi bisabuelo, fue llevado a la cárcel una vez por vender chicha ya que las leyes de Ubico no permitían la fabricación del licor del pueblo, pero sí que permitían la venta de cerveza de la familia Castillo.

Mi abuelo no fue ni político ni activista. Fue una persona que hizo lo que se debía de hacer: trabajar, proveer para su esposa e hijos, construir una casa y comportarse correctamente. Creo que fue una persona satisfecha con la normalidad. No lo sé del todo, no recuerdo haber hablado de política con él. No sé qué ideología tenía, que pensaba de la historia de Guatemala, qué pensaba sobre el conflicto armado y sobre los acuerdos de paz.

Con mi abuela tuvo nueve hijos. No puedo evitar preguntarme si fue una decisión consensuada la de tener tantos hijos; si cada uno de esos hijos fue planeado o no. No sé si en los años cuarenta sabían algo acerca de la planificación familiar o si se ceñían al mandato de “tener los hijos que el Señor mande”. Detrás de una puerta de su ropero pegó una hoja –amarillenta ahora- con la lista de nacimientos de sus nueve hijos, escrita con máquina de escribir. La primera nació en 1949 y el último en 1964. Mi mamá, que fue la séptima, nació en 1961. Nueve hijos en quince años. Era lo normal.

Y es que así, era mi abuelo: normal.

De hecho, así somos todos, normales.

Cuando en 1990 la sonda espacial Voyager 1 tomo una foto del planeta Tierra a una distancia de seis mil millones de kilómetros casi al borde del sistema solar, antes de entrar en el espacio interestelar, muchos se sorprendieron: no era más que un diminuto y pálido punto azul. Carl Sagan, astrónomo estadounidense, hizo una reflexión sobre esta fotografía:

“Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente. Considera de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestra casa, eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas, y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.”[Fragmento de Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio]

En esa mota de polvo también vivió mi abuelo. Un tipo normal, insignificante para el universo, pero al mismo tiempo la persona más importante para mi familia. Un gran porcentaje de mi vida, de la vida de mis tíos y de mis primos, ha sucedido en la casa que el construyó, que fue también la casa donde lo velamos. Que bizarra parece a veces la existencia: pareciera que no importamos pero importamos para alguien, para algunos e importamos  mucho. Eso es suficiente.

Pero no era esa su única casa. Mi abuelo tenía también un pequeño terreno en San Juan del Obispo, un pueblo localizado a poco más de cinco kilómetros de la Antigua. Un pueblo de kaqchikeles, algo que no aprendí de mi abuelo sino de Luis de Lión al leer El Tiempo Principia en Xibalbá. El día de su noventa cumpleaños le pregunté si su mamá usaba traje indígena. Me dijo que no, que era de una familia mestiza. Pero su color de piel, nuestro color de piel y nuestro apellido señalan un pasado que aun nos falta conocer y re-conocer.

En San Juan sembraba café y nísperos. Recuerdo el aroma del café tostado siendo molido inundando la casa cuando era niña. También recuerdo la emoción de ver las canastas llenas de nísperos cuando las traía del terreno; algunos salían dulces y otros ácidos, dependiendo de la suerte de cada quien. En ese terreno trabajó hasta unos días antes de su muerte, cortando un palo, haciéndolo leña. Hacer tanto esfuerzo a una edad tan avanzada no le hacía bien –físicamente- pero lo hacía feliz.

Quizá sea esa su mayor enseñanza: no dejar de hacer las cosas que nos hacen felices, incluso si nos matan; al menos habremos muerto felices.

***

Llueve y se siente el olor de la tierra húmeda; el olor del campo. Me gusta ese olor, me gustan las flores y las plantas que estoy viendo. Me gusta lo verde. Quizá si me parezco en algo a mi abuelo.

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About Author

Andrea Tock

Curiosa, preguntona, torpe y ridícula. Estudié Ciencias Políticas y trabajo en investigación social. Disfruto comer, ver fútbol, escuchar música y hacer el amor, entre otras cosas. Me gusta el azul. Escribo para dejar registro.

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