Los nombres de “aquello”

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Pese a la “revolución femenina de las mujeres” (así lo dijo el caricaturista mexicano Rius), que todo se vuelve mercancía en la brutalmente atrayente cultura del capitalismo, al clima postfreudiano, etc., somos, en general, bastante recataditos a la hora de hablar de ciertas cosas. Gazmoños pues.

Esto viene a cuento porque le damos una variedad de nombres al pene, la vagina y el trasero para evitar nombrarlos con todas sus letras. Todavía en clases de sexualidad, género y otros temas relacionados, estas palabras se usan con cuidado, con cara de tema muy serio y uno se debe ajustar a cierto “orden del discurso” para que el auditorio no se escandalice. Se usan circunloquios y las bromas y carcajadas están a flor de piel.

Eso sí, en otros contextos (sobre todo con los cuates) hay una cantidad de vulgaridades para referirse a los distintos “aquellos”.

Ni qué decir que la amplia variedad de referencias, las bromas y risitas que se encuentran, expresan cierta ansiedad ante todo lo relacionado con el cuerpo sexuado.

Claro, la sexualidad representa una esfera delicada e íntima de los seres humanos. Aunque si nos ponemos psicoanalíticos, advertimos que está presente en muchos más lugares que los de la pura genitalidad… y por ello es que se puede bromear y hacer uso del doble sentido, como abundantemente lo hacemos.

Lo cierto es que hablar de la sexualidad todavía produce mucho rubor. Herencias de la cultura cristiana y otros autoritarismos para los que el placer es todo, menos permitido.

Pero también hay formas muy idiosincráticas y simpáticas de referirse a aquello. Van unos ejemplos anotados en el cuaderno de campo de observación etnográfica de un antropólogo ingenuo (yo).

Hablando de que la esposa de alguien le decía “pilin” al pene de su hijo, una amiga salida dijo, con impecable lógica eso sí, que el del marido debía ser nombrado “pilon” (propuesta que, por cierto, nunca cuajó y se siguió utilizando el nombre más modesto de “chepe”).

Al “aquello” de una niña se le ha nombrado en algún caso como “junjun”, por lo tanto y siguiendo las leyes de la sintaxis y la medicina, podría sufrir de una “junjuniasis”, aunque afortunadamente no la ha padecido.

Para referirse al trasero y no usar el brutal y vulgar culo, he escuchado expresiones bastante extrañas como “tuts”, “chuétano” y otras similares. Una amiga bilingüe de mucho tiempo atrás decía, para evitarle la cruda realidad a su hijo, el “you know”.

Sin embargo, uno de los que se lleva las palmas es el “chacatay” que utiliza un amigo y su familia. Lo más interesante del asunto es que el amigo de marras todavía no entiende por qué causa gracia la palabra y en el fondo considera que es la forma más natural de nombrar la parte en la que la espalda se transforma en otra cosa.

Una madre muy recatada, me recordaba que hay quienes usan expresiones de animalitos para referirse al aquello y la aquella. Por ejemplo, el “monito” y otros especímenes. Lo cierto es que de cualquier forma que se le nombre, despertará curiosidad en los niños y las niñas. Si no, obsérvese las carcajadas catárticas de los niños cuando pronuncian la palabra prohibida o el sustituto de aquello.

Finalmente, una observación de antropología comparada: al aquello masculino en Nicaragua se le dice “turca” y si uno se las lleva de machito puede recibir una “turqueada” en una riña. En Costa Rica se le dice “picha” y si uno le dice a otra persona que tiene cara de ídem, puede recibir un “pichazo”.

Y no: no voy a decir cómo se le dice en Guatemala. Es tan solo el “aquello” que uno, por rubor, no puede escribir con todas las letras.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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