Los premios no hacen el buen cine, ni el malo

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Ni todo el cine que viene de fuera de Estados Unidos es bueno, ni todo el cine que viene de Hollywood es malo. Ni todo el cine que recibe premios es bueno, ni todo el cine que no los recibe es malo. De ese par de postulados se puede partir para empezar a dejar de lado los prejuicios que llegan a limitar el criterio para escoger las películas que se ven y que no permiten disfrutar del buen cine.

Un prejuicio casi generalizado en los círculos “intelectuales” es el que desprecia las películas que compiten en los premios que otorgan los gremios estadounidenses. Es cierto que los Golden Globes, SAG y Oscar, por mencionar los más importantes, están decisivamente influidos por la ideología de los votantes, lo que determina el tipo de cinta que se nomina y premia, pero así y todo son los escaparates más importantes que tienen los directores para mostrar su trabajo y conseguir mejores presupuestos.

Es un hecho que la mejor forma de acceder a productoras y distribuidoras de material fílmico es mostrando el trabajo en festivales. Hasta los filmes más pequeños aspiran a sobresalir en alguno, aunque sea de cuarta categoría, siempre y cuando tenga resonancia en los medios de comunicación (como sucede con el cine guatemalteco). Las nominaciones y premios, o el solo hecho de ser aceptado en las competiciones, pueden ser suficientes para aumentar la taquilla o, en el caso de las pequeñas producciones lograr que alguna cadena de cines las exhiba.

En la historia del cine son pocos los directores que han desdeñado los premios. A Woody Allen, por ejemplo, nunca le han importado, incluso los ha calificado de ridículos. Otros de los grandes directores de toda la historia, como Federico Fellini o Ingmar Bergman, ganaron varias veces el Oscar y siempre lo aceptaron. El premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas es considerado de forma casi unánime como el máximo galardón que existe en la industria del cine; aunque obtenerlo no significa que las películas que lo ganan reciben un certificado de calidad. El Oscar ni siquiera garantiza mejor taquilla. Existen películas y actores que lo han ganado y luego caen en el olvido.

La etiqueta de bueno, regular o mal cine depende de criterios que toman en cuenta principalmente la dirección, el guión, las actuaciones, por mencionar las partes más importantes de la película. El gusto personal nada tiene qué ver con la calidad. Es común que los filmes reconocidos como los mejores de la historia, los que alcanzan categoría de arte, no tuvieron éxito en taquilla y los más taquilleros son de mediana calidad para abajo. Por supuesto que no es la regla.

Para producir cine, de cualquier calidad, es necesario disponer de altos presupuestos –hasta la cinta más pequeña requiere de importantes cantidades de dinero– y la única forma de recuperar la inversión es exhibiendo en las cadenas de salas comerciales, aquellas que su negocio es vender refrescos y golosinas. Quiere decir que el principal filtro para determinar si el buen cine llega o no exhibirse de forma masiva es si hay alguien dispuesto a invertir dinero en distribuirlo y luego si es aceptado en las salas. Ahí lo importante es si se estima que va a generar dinero, la calidad es lo de menos.

Los premios y nominaciones proveen parámetros y pueden servir como indicador de qué se puede, o no, ver. Si se tiene mucho tiempo libre y se quiere dedicar a ver cine, los filtros no importan. Pero si se dispone de poco tiempo es necesario ser selectivo y ahí es donde tales criterios son de ayuda.

El gusto personal es posible afilarlo, si es que se tiene interés, de lo contrario tomar el cine como mero entretenimiento también es válido. Lo importante es no formar prejuicios o deshacerse de los ya adquiridos.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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