Los seres urbanos: hijos de los corazones duros

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La necesidad tiene cara de chucho decían las abuelas. Y la mendicidad es una práctica antigua de la que se tiene registros bíblicos. No es reciente ni va a desaparecer porque Arzú así lo quiera esconder o porque sea, en realidad, algo indigno que revela nuestra desquiciada forma de organizarnos socialmente.

No es de extrañar de que con una amplia población de seres empobrecidos que provienen del campo o que se perpetúan en sectores urbanos marginales y no tienen, literalmente, ni bolsas donde poner las manos, haya quienes se vean impelidos a perder la vergüenza y vivir de la caridad (o mala conciencia, que le dicen los criticones).

Sin embargo, es notorio que los mendigos “clásicos”, aquellos que solían pedir en las aceras del centro o en los atrios de las iglesias, sean cada vez menos y constituyan una especie en peligro de extinción. Es decir, siempre hay personas que lo hacen, pero dado el “dinamismo” y la “competitividad” del sector, aparecen otras formas de mendicidad y de una pariente cercana: la informalidad más precaria.

Solo hay que ver lo que sucede con la amplia fauna que coincide en los semáforos… iniciando por los estresados, maleducados e irritables conductores de vehículos, así como los temidos y temerarios motociclistas de casco y chaleco que abundan en esta selva de asfalto, conocida otrora como “tacita de plata”. Puesto que estos seres encapsulados en sus preocupaciones son parte central de la “cadena de producción” de la nueva mendicidad.

Es evidente que los mendigos que “sólo” piden dinero se encuentran con una competencia que los elimina de ese último eslabón del mercado (pero que resulta atrozmente feroz como todo mercado que se precie). Ya no basta con mostrar la desventajosa condición de miseria o una tara física.

Como si fuera poco, se necesita hacerla de malabarista, de payaso o de limpiaparabrisas para extender la mano. Precisamente la casi siempre inútil limpieza de los parabrisas revela que no es sino una forma “competitiva” de pedir dinero.

En realidad, si llamamos las cosas por su nombre, lo que encontramos es que estas nuevas “actividades” mendicantes se deben a la dureza de la primera fauna señalada: es decir, de nosotros, los habitantes urbanos que tenemos la dicha de comer los tres tiempos.

Roñosos y tacaños, debemos ser apelados de otras formas para soltar la moneda.

Y se puede hablar mucho a favor o en contra de la mendicidad, pero este no es el espacio para moralizar sobre el tema, sino para señalar las transformaciones que se observan en los espacios urbanos y que revelan parte del cómo convivimos. El hecho crudo es que en tanto no exista otra forma de organización social, habrá personas que deban recurrir a la mendicidad.

Siempre habrá gente caritativa, como los neoliberales o Susanita (la de Mafalda), que dirán que mendigos hay porque quieren ser pobres o porque existe gente que les da dinero.

Hoy en día, gracias a los seres urbanos de corazón duro (esos que van en los carros y prefieren/ preferimos ver para otro lado), están desapareciendo los “clásicos” mendigos y aparecen en su lugar, niños, mujeres, adultos y ancianos que, además de pedir, deben competir con distintas habilidades y destrezas, por una choca o una paloma y así poder malvivir el día a día.

Estas nuevas formas de mendicidad son, en efecto, hijas de los corazones duros.

 

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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