Los talleres del “bolo”

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Se cumplen dos años de la muerte de Marco Antonio Flores, uno de los mayores escritores que han nacido en Guatemala. Este texto es a su memoria.

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Fíjese que yo no puedo venir a las cinco y media, no sé si hay problema con que venga todos los días después de las seis. Fueron las primeras palabras que le dirigí a Marco Antonio Flores. Aquello fue en 1993, cuando asistí al taller de poesía que coordinaba en el paraninfo de la San Carlos. “Mirá maestro, aquí no es colegio, vos podés venir a la hora que querrás”, fue lo que me respondió, con voz firme e intimidante, marcada por un dejo de acento mejicano.

Durante la década de 1990 Marco Antonio Flores coordinó talleres de poesía y cuento.

Por los talleres deambulamos un buen grupo de aspirantes a escritores. Varios de ellos jóvenes prometedores. Yo era uno de esos que prometían, pero nunca cumplí.

Después de un par de sesiones y alentados por la mecánica del taller, que promovía total libertad para expresarse, los patojos tímidos ya nos atrevíamos a decirle maestro al “bolo” Flores. También nos atrevimos a llamarlo por su nombre. Lo de “maestro” se decía en tono de camaradería, nunca haciendo alusión al magisterio, porque entonces sí que se ponía a mentar madres.

Con el paso del tiempo hasta apodo le pusimos (juro que no fui yo). Mister Miyagi, le decíamos. A veces también “bolo san”.

Marco Antonio apenas hablaba durante el taller. Se sentaba al frente y la mayor parte del tiempo se dedicaba a repartir turnos para que los poetas —aprendices de— tomaran la palabra. Cuando hablaba decía: “No me voy a referir al trabajo del compañero, hablaré del hecho poético…” Y se descosía por unos minutos que valían por toda una cátedra.

“El bolo” era un tipo cascarrabias, pero buena onda. Era cosa de entender que así era su modo. Hubo muchos que no le toleraban un putazo y abandonaban el taller.

La vida enseña que un putazo oportuno y bien puesto es capaz de abrir la mente y afilar el criterio. A los pocos días de haberme asomado al paraninfo, una poeta —aprendiz de— leyó un poema que me recordó a Ana María Rodas, entonces creí conveniente recitarlo y hacer la comparación, a lo que “el bolo” respondió: “Ese poema que acabás de decir es una mierda”. Me chivié todo y me enojé, pero ahí seguí de necio. Con el paso de los años, y las lecturas, llegué a entender que Marco Antonio tenía razón.

De los talleres hay infinidad de anécdotas. Para varios de los que asistimos, aquella actividad de enfrentamiento al hecho literario marcó un antes y un después. Ahí ganamos amistades que todavía persisten y, de seguro, persistirán toda la vida.

Marco Antonio Flores tenía fama de polémico y algunos otros adjetivos que pretendían denigrarlo. Nunca llegué a conocer esa parte de él. Mi relación con “el bolo” fue de camaradería, muy cercana a la amistad.

Cuando le puso fin a los talleres le pregunté: ¿vos maestro, por qué ya no seguís, será que ya estás viejo? Me respondió: “Comé mierda, cerote” y agregó: “Mirá maestro, el trabajo ya está hecho, así es que ya no tiene sentido seguir”. Ese era “el bolo” Flores.

La foto se la tomé al libro: “Viaje hacia la noche”, la última novela publicada por “el bolo”.

 

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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