Los tamales de noche buena

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De pequeño mi vida fue como en “Nosotros los pobres”, aquella película de Pedro Infante, pero no crean que fue infeliz, pasa que no se tiene la suficiente conciencia y andar suelto jugando en la calle, con casi nulo control de parte de los padres, compensa de alguna manera las carencias materiales. Por supuesto que también tiene que ver la vida posterior, que en mi caso no ha estado exenta de drama, pero he elegido que las anécdotas y recuerdos de la infancia-adolescencia, a veces trágicos, sean de grata evocación, como sucedía con la cena de Noche Buena que nunca hubo en la casa.

En este país la víspera de Navidad es, quizá, la noche más familiar del año. Es común que hijos, nietos, sobrinos, padres, tíos, abuelos y gente con parentesco cercano se reúna en la casa maternal-paternal, o la que esté más cerca de los demás, para esperar las 12 de la noche, darse el abrazo y abrir los regalos.

Mi mamá nunca preparó cena especial para Navidad, no había plata, pero casi siempre hacía tamales para vender y de ahí comíamos el 24. En la noche ella se iba a la iglesia y mi papá se emborrachaba; mientras mis hermanos y yo fregábamos la pita en la calle, bueno, cuando lográbamos escapar de ir a la iglesia. El caso es que no había cena en familia y cada quien comía cuando tenía hambre.

Los tamales eran principalmente para vender, pero siempre nos tocaba, por lo menos, una mitad a cada uno; aunque mis hermanos a veces se pelaban, como aquella noche buena en la que uno de los mayores invitó a varios de sus cuates a comer a la casa; mi mamá estaba en el culto y mi hermano repartió como diez tamales que después hicieron falta para completar el pisto que se había presupuestado. La regañada fue épica, pero el disgusto fue mayor, porque no había forma de reponer el dinero, ni darle en la espalda con la paleta de mover la masa ayudaría a recuperarlo.

A lo lejos recuerdo que alguna vez hubo pollo horneado, pero no lo tengo claro, quizá es un invento de mi subconsciente. Lo que sí recuerdo con todos los detalles fue la vez que fui a pasar el 24 de diciembre a casa de mi abuela que vivía en San Marcos, en casa de bambú de una finca cafetalera, y aunque la pobreza era enorme los tamales abundaban. Resulta que el 25 de diciembre la abuela preparó varios paquetes y junto a un primo nos mandó a repartirlos a los vecinos. Sucedió que en cada casa que entrábamos nos recibían con mucha amabilidad y nos decían: patojos, vengan a comer un tamalito; así sin paja, fueron como diez casas las que visitábamos y en cada una casi nos obligaban a entrarle a los tamales; no aguanté más de dos, eso sí, la anécdota me sigue pareciendo divertida.

No sé cómo será su víspera de Navidad, pero deseo que cada uno obtenga lo que desea y que se la pase bien, sea en familia, en solitario o con quien quieran. Salud.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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