Los zombis siguen aquí

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La realidad de Guatemala está infestada de zombis que superan la ficción. Nuestros zombis no habitan en una película, son comportamientos y pensamientos que se encarnaron en la cotidianidad. Ejercen autoritarismo, disfrutan el servilismo, fomentan el clientelismo, repudian la violencia pero la ejercen en casa, no les interesa lo que no afecta directamente sus límites corporales y de los suyos, votan por los mismos porque solo los mismos tienen oportunidades de ganar, se molestan por el descaro de los corruptos y no por la estructura que permite el enriquecimiento en detrimento del progreso de las mayorías, y no se hartan del subdesarrollo ni del desfalco descontrolado del Estado y solo cuando es señalado irrefutablemente por organismos internacionales. Los zombis guatemaltecos viven conservando todo aquello que no da frutos democráticos ni de calidad de vida. Ser zombi es un estado de ser, comportarse y permanecer. Un estado de constante succión que aleja a los guatemaltecos de los espacios que dan zapatos para caminar, cambiar y mejorar.

Los zombis son muertos en vida. Ni muertos dejan de caminar, lastimar y dominar. Roban aire, sueños y vida. Así es la cultura política de la inmensa mayoría de los guatemaltecos, de sus políticos cleptómanos y de su gente que reduce la responsabilidad política al voto consciente que casi nunca es consciente. Una cultura política que arrastra años de atraso y de conductas que han evolucionado y potencializado la miseria política del país. Cuya serie de características construyen discursos trillados fáciles de digerir que se mantienen en el imaginario colectivo y que en su acción política y administrativa han fabricado instituciones excluyentes e ineficientes. Ser zombi es un estado de debacle, de arrastre hacia el vacío, hacia lo que no tiene fondo. Un estado que inventa maneras de cómo estar peor.

La cultura política de los guatemaltecos es un conjunto de características obsoletas para vivir mejor, han trascendido los tiempos y siguen vigentes retrasando los vientos democráticos que volvieron después del conflicto armado interno. Las inesperadas pero necesarias expresiones de hartazgo que dejó el 2015 no han sido suficientes para combatir la necedad de aferrarse a lo que no avanza. Pero si han sido importantes para seguir evidenciando aquello que nos retiene, para que los jóvenes y los viejos jóvenes crean que aún es posible evitar que nuestro desarrollo se vaya por la borda. Ser anti-zombi implica, necesariamente, ser diferente. Una lucha continua que se enfrente a lo que nos imponen como establecido y a los problemas culturales de nuestras familias. La familia como base de la sociedad debe organizarse alrededor de una cultura política democrática inspirada en el mutuo aprendizaje, capaz de planificar y construir un futuro en consenso y respetando los disensos.

Los zombis antes de constituirse como personas, son comportamientos y no se trata de aniquilarlos sino de enterrarlos, porque han sido superados por las épocas y la historia. Es todo lo viejo que ya no sirve o que nunca sirvió. Su entierro se realiza con saltos cualitativos, no con indignaciones periódicas que solo ensayan cambios pero que no los presentan. Para cavar su tumba se debe hacer uso de las herramientas democratizadoras: lo alternativo, la paz, el diálogo, la transparencia, la crítica, la rendición de cuentas y con todo lo que vaya contra la corriente zombi. Porque mientras los zombis sigan avanzando al compás del antidesarrollo, una mejor vida no será posible. Porque contrario a lo que se cree, los zombis no son nuestros esclavos, nosotros somos esclavos de los zombis.

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About Author

Luis Guillermo Velásquez

Latinoamericano y estudiante de Ciencia Política. Concibo en la política desde su enfoque científico y filosófico, los pilares del estudio de la problemática nacional desde una perspectiva histórica y coyuntural.

1 comentario

  1. César Antonio Estrada on

    Muy cierto, Luis, y, lamentablemente, estos zombis infestan todo el país, se les encuentra en todas partes, en las calles, en las aceras, en las dependencias públicas, en los comercios, en las instituciones. Simplemente, no han podido superar las limitaciones materiales y la historia violenta de este país y sucumbieron ante la inhumanidad y el egoísmo imperantes. Tienen mentalidad militaresca, practican una religiosidad insana, no leen, se creen oligarcas o dueños de la finca y para ellos los demás simplemente es como si no existieran. Cuando salen de la iglesia atropellan al que se les cruce en su camino y no les interesa educarse o aprender, solamente acumular diplomas y aparentar.
    ¡Ah, qué bueno sería meter a todos estos zombis en una nave espacial -aunque Guatemala se quedara casi vacía- y mandarlos a otra galaxia a muchos años luz de distancia!

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