Lucha de clases: una relectura de Rendición de cuentas

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Juan Alberto Fuentes Knight en su libro Rendición de cuentas no utiliza la expresión lucha de clases. Tampoco se le puede atribuir que sea un “historiador formado en la escuela de Marx”. Utiliza citas y planteamientos de autores diversos, entre ellos Adam Smith, John Keynes, Mario Vargas Llosa, Francis Fukuyama, etc., que no son sospechosos de comunistas. Aunque es palpable la frustración por lo que le tocó vivir como ministro de finanzas, no es un “intelectual orgánico” ni pregona el odio de clases. Su testimonio se lee más bien como el de un funcionario preocupado por el Estado al que le tocó servir.

Precisamente por eso, el relato que hace de su paso por el ministerio de finanzas en el gobierno de Álvaro Colom es tan valioso. Porque sin pretenderlo ilustra de manera clarísima la lucha de clases que se produce en el seno de la sociedad guatemalteca.

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No es casual que en Guatemala la recaudación de impuestos sea de las menores de América Latina. En otras palabras y quitándole la mayor cantidad de adornos, los empresarios no pagan lo que les toca. Se oponen a cualquier aumento, tributan menos de lo debido (por aquello de la magia de la doble contabilidad y el ocultar sus ganancias reales), etc.

Esto es lo que ve y narra el funcionario. Su texto trata del conflicto de un ministro y un equipo que impulsa una reforma tributaria (que no es radical y que no acerca, ni de lejos, la recaudación tributaria que tienen países como Estados Unidos) frente a las debilidades estatales y la oposición férrea de los empresarios agrupados en el CACIF (Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financiera) y el G-8 (el conglomerado empresarial guatemalteco).

Describe con detalles e interioridades que pudo apreciar desde su puesto, lo que fundamentalmente es el ejercicio que hacen los empresarios guatemaltecos para mantener sus privilegios. Y privilegio significa “ley privada”.

Los empresarios, entonces, actúan como un grupo con intereses articulados y claramente definidos. Sus intereses se contraponen a otros grupos y buscan imponerlos. Al final, impiden que se realice una reforma tributaria que elevaría el nivel de ingresos del Estado guatemalteco.

¿Qué hizo fallar la reforma tributaria que se propuso en el gobierno de Álvaro Colom?

Una explicación que haga justicia a lo que escribe Fuentes Knight debería considerar varios factores. En primer lugar, la “falta de alineación del poder político”. Impulsado por el MINFIN (Ministerio de Finanzas) y un núcleo de funcionarios, no recibe el suficiente apoyo del presidente y de dirigentes clave de la UNE (Unidad Nacional de la Esperanza), incluyendo a Sandra Torres. Denuncia la tibieza del gobernante y del gabinete. Incluso muestra que, aunque había buenos cuadros en su ministerio y otras instituciones relacionadas, eran pocos y tenían sobrecarga de trabajo para poder desplegar la actividad efectiva para la ampliación de impuestos equilibrada, que fortaleciera al Estado.

En segundo lugar, existió una explícita y sistemática intervención del CACIF y el G-8 para evitar una reforma tributaria que aumentase la recaudación del Estado y que les hiciera pagar lo que les corresponde en impuestos. Salen a relucir figuras como las de Juan Luis Bosch del conglomerado agroalimentario-financiero Gutiérrez, Juan Miguel Torrebiarte de Banco Industrial, Mario Montano o Thomas Dougherty de Cementos Progreso, Rodrigo Tejeda de Cervecería Castillo, José Luis Valdés del Banco Agromercantil, Fraterno Vila de ingenios azucareros, etc. (aunque algunos tomaron posturas menos cerradas, prevaleció la más conservadora).

El CACIF y el G-8 utilizaron varios mecanismos para asegurar su posición: líneas de comunicación directa con la presidencia y personas cercanas, la capacidad para imponer agenda en medios y orientar políticas, etc.

Un tercer factor son las crisis que se acumulan en el gobierno y que dan la excusa para evitar el aumento de impuestos: aumento de la gasolina y del precio de productos, la crisis mundial, el caso Rosenberg, la tormenta Agatha. Estas crisis, además, revelan la poca capacidad de maniobra de un Estado débil. La lección elemental: nunca es el momento de una reforma tributaria.

Finalmente, porque también lo destaca el autor, el Congreso imposibilita la reforma: siendo lugar de negocios y en el que se expresa la fuerza de los intereses privados, empresariales y mafiosos. Por ejemplo, la interpretación que ofrece Fuentes Knight de las interpelaciones a las que asiste es que “lo que se buscaba era bloquear la posibilidad de que se pudiera aprobar una reforma tributaria, que estaba en la agenda pero que no lograba ser discutida y aprobada por la mayoría”.

También es un lugar de profunda corrupción. Al contar la preparación de una política fiscal contracíclica para enfrentar la crisis mundial, da cuenta de la distribución de ingresos que favorece los intereses de diputados: “la prioridad de la inversión reflejaba que para muchos diputados el interés privado pesaba más que el interés público y que la ética no tenía nada que ver con la política; la corrupción en el ámbito legislativo era innegable”.

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Hay un esfuerzo consistente e importante de los empresarios por presentar su lado amable, por adquirir legitimidad y mantener por bajo el descontento. Desde la llamada Responsabilidad Social Empresarial y diversas campañas, hasta la producción teórico-ideológica en diversos espacios como universidades (Francisco Marroquín, Galileo), “tanques de pensamiento”, medios de comunicación, etc., se presentan (o autopresentan) como una versión “proactiva” de Madre Teresa.

¿Exagero? No. Los exagerados son ellos.

Un par de ejemplos para ilustrar el punto. Durante el conflicto por el paso del cilindro de Montana para la extracción de minería, sucedido en Sololá en 2005, Alfred Kaltschmitt escribe:

“¡Oh Señor, traed pan al pobre para saciar su hambre generando empleos! –sería el eco escuchado, resonando en las bóvedas de las catedrales, si estuviésemos a tono con la escritura que dice que busquemos la paz con todos en la tierra de los hombres de buena voluntad”.

Manuel Ayau no quiere perder el tono lírico de su colega al escribir:

“Ya tuve ocasión de visitar la mina de la compañía Montana. Lejos de causarle daño a alguien –cosa que creo nadie ha comprobado– están derramando solamente parabienes a quienes han logrado buenos empleos…”

Lo importante de estas citas es que aunque no lo digan con todas sus letras, presentan (se autopresentan) a los empresarios como buenos, generosos y magnánimos que crean empleos e, incluso, ¡dan el pan a los pobres hambrientos! Esta es una reacción consistente y sistemática, como también lo son sus posturas frente a temas importantes como salarios o, como se advierte en el libro de Fuentes Knight, reforma tributaria.

Allá uno si cree en esta imagen.

Lo cierto es que el nihilismo posmoderno un tanto juvenil y romántico, palidece frente al nihilismo consumado de un empresario que participa de la competencia feroz del mercado. Es cierto que Marshall Berman utiliza la palabra un tanto más técnica (y anticuada) de burguesía, pero lo que es cierto para el burgués es cierto para el empresario guatemalteco. Aunque la cita es larga, merece compartirse:

“Si miramos detrás de los sobrios escenarios creados por los miembros de nuestra burguesía y vemos la forma en que realmente operan y actúan, vemos que estos sólidos ciudadanos destrozarían el mundo si ello fuese rentable […] Su secreto –un secreto que han conseguido ocultar incluso a sí mismos– es que, detrás de sus fachadas, son la clase dominante más violentamente destructiva de la historia. Todos los impulsos anárquicos, desmedidos, explosivos […] son localizados por Marx en el funcionamiento cotidiano, aparentemente banal, de la economía de mercado. Pinta como nihilistas consumados a los burgueses modernos a una escala mucho más amplia de la imaginada por los intelectuales modernos”.

Una faceta de ese nihilismo y profundo egoísmo es la que pinta el texto de Fuentes Knight.

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No sé, quizás es porque soy partícipe de cierta sensibilidad propia de la cultura en que me toca vivir, pero al escuchar la expresión lucha de clases, lo primero que se me viene a la mente es la guerra de guerrillas o las barricadas. Deformación aparte, estos ejemplos no son, ni con mucho, las expresiones más importantes de la lucha de clases.

Esta lucha aparece en el corazón de la historia y se expresa de mil formas. Urbanísticamente da cuenta del sentido de espacios como Cayalá y otros sectores “exclusivos”.

Pero aparece en actos tan cotidianos como ir a trabajar.

Una situación posible: una muchacha se levanta temprano para ir a trabajar. Se arregla y se sube a un bus del transporte urbano que le brinda mal servicio. Llega a su trabajo unos minutos tarde y recibe una severa amonestación, le descuentan el día, etc. Como despidieron a varios compañeros le toca cargar con más trabajo y termina el día molida. Lo que le pagan no le alcanza para otra cosa más que para irla pasando. Las noches y los fines de semana, en algún momento, siente que las cosas no van bien y le angustia tener que ir a trabajar al día siguiente.

Por su parte, el dueño de la empresa en la que trabaja esa muchacha, sale de su exclusiva colonia residencial a dirigir su empresa en un carro último modelo. Lee las noticias en la mañana y maldice al gobierno porque hay un anuncio de elevar impuestos. La competencia interna y externa por el mercado es despiadada. Se queja de que tiene que pagar prestaciones y lamenta que los trabajadores (quizás la muchacha descrita arriba) sean tan “huevones” y siempre quieran más.

Evidentemente se pueden hacer muchas teorizaciones al respecto. Pero en ese relato que es el relato de todos (incluso los excluidos, valga la paradoja semántica), se encuentra ya el tema de las relaciones capital-trabajo y de la lucha de clases. Al respecto, Martín-Baró escribe:

“Hay una lucha permanente de clases sociales, cualesquiera sean esas clases en cada sociedad concreta, y la forma unitaria del sistema refleja los intereses de la clase dominante, es decir, de la clase o clases sociales que controlan el poder en cada momento de la confrontación histórica”.

Quienes dicen que hablar de lucha de clases es “crear” división de clases están hablando babosadas. Para advertir la lucha de clases solo hay que abrir los ojos y ver la realidad.

Lo realmente interesante es el esfuerzo que se realiza para que no veamos esta realidad.

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Rendición de cuentas es también un ajuste de cuentas con diversos actores. Diputados, empresarios e intelectuales orgánicos-columnistas del sector empresarial como José Raúl González Merlo (que no fue gratuitamente que habló de la “novela” de Fuentes Knight) o Ramón Parellada, por el placer de mencionar a un par.

Saca a luz la falta de preparación, oportunismo, malas intenciones de varios personajes incluyendo a empresarios como Juan Luis Bosch o los en ese momentos diputados Roxanna Baldetti, Alejandro Sinibaldi (de él dice: “No entendía que aunque el IVA no se aplicara a los importadores, que era lo que proponía, de todos modos se le aplicaría a los consumidores”) o Fredy Viana. Incluso la mezquindad de diputados que se “invitan” a comer, como el “amigable” y “amenazante” Manuel Baldizón.

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El gobierno intenta aumentar los impuestos. Los empresarios, actuando en función de sus intereses, impiden dicho aumento. Al impedirlo, buscan defender su posición. Pero no pueden defender esta posición sin identificarla como lo mejor para el país, para la nación, para la guatemaltequidad.

De ahí una paradoja que tiene sus raíces en un pasado distante, pero que se revela actual. Las élites han formado un estado excluyente pero para legitimarlo “inventan” una nación en la que, como diría B. Anderson, cabemos “imaginariamente”. Actúan por su interés, pero buscan crear un sentimiento de “Guatemala somos todos”. Así surgen campañas como Guatemorfosis y otras. Lo interesante de estas campañas es que proviniendo de un sector particular, por intereses particulares (legitimación de un Estado fundamentalmente orientado al servicio de pocos), hacen un llamado general.

Para ello se apoyan en los medios de comunicación que nos mandan mensajes “positivos”, de país, etc. Defienden sus intereses, los imponen y los presentan como interés del país.

¿Existió algo que llamaban “aparatos ideológicos del Estado”? Parece que aquí serviría para pensar lo que sucede en el país.

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Edelberto Torres-Rivas en el prólogo que hace al texto, afirma lo siguiente del CACIF:

“Esta es una “corporación de corporaciones”, sin paralelo en América Latina por el grado de estructuración orgánica que ha logrado, por su coherencia política en la cerrada defensa de intereses privados y por la extrema combatividad pública, que lo convierten en el mejor sucedáneo de un partido político”.

Después de dos intentos de transformación (1944-1954 y el impulsado por el movimiento revolucionario guatemalteco), el balance que se debe hacer es que los intereses nacional-populares en donde pueden converger diversos grupos, no ha podido enfrentarse adecuadamente a los intereses de la patronal.

En la medida que no exista un movimiento consciente, organizado, decidido y amplio frente a los sectores poderosos (empresarios y políticos que se tienden a mezclar de distintas formas), seguirán los privilegios, corrupción e impunidad como aspectos continuos de la reproducción del Estado.

Los derechos humanos y los derechos de los trabajadores no han sido resultado de concesiones graciosas, sino resultado de luchas sociales organizadas. Transformar el Estado será igual.

El problema es que la propia constitución estatal está hecha de forma tal que las posibilidades de lograr dicho movimiento son pocas. Requiere organización, liderazgo y un proyecto coherente. Aunque resultaba de un interés restringido, Fuentes Knight muestra un ejemplo al recordar que el gobierno de Colom se apoya en municipalidades y maestros para impulsar el ISO (impuesto de solidaridad).

Evidentemente el ejemplo es problemático. Una política de alianzas debe tejerse desde abajo, aunque lo social fragmentado no ayuda a un empeño colectivo significativo.

En el corto plazo no es posible esperar que el Estado, a través de los políticos y los empresarios, adopte un proyecto nacional, popular, incluyente. Este objetivo quiere disputa y lucha. Y no se logra de la noche a la mañana.

Además, Rendición de cuentas de Juan Alberto Fuentes Knight es el relato que nos muestra cómo se articulan recientemente los intereses económicos y políticos para fomentar una verdadera lucha de clases desde arriba.

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Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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