Malas palabras

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yoPor Wiliam Ajanel

Hugo era un niño bastante inquieto, tanto que la maestra de cuarto grado de primaria ideo la manera de que su escritorio estuviera a la par del de ella, junto al pizarrón, frente a todos. “Huguito, no moleste a sus compañeros, por favor”; “Huguito, si le vuelve a levantar la falda a sus compañeras lo llevo a la dirección”; “Huguito, no tome cosas que no le pertenecen”; “Huguito, si vuelve a decir malas palabras mando a llamar a sus papás”. Huguito era, digamos, una especie de “joyita” de la primaria del colegio. Mala fortuna para él que estudiáramos en un colegio católico.

Las malcriadeces de Hugo eran de continuo, que cada vez que hacía algo malo, no era más que una mera anécdota, incluso el día en que le reventó la nariz al pequeño Javier mientras jugaban fútbol en el patio del colegio. Él siempre sostuvo que fue sin intención y que Javier era muy delicado, y siempre le creí. Javier era como esos niños de porcelana que te da pena tocar, delicados y blancos como la leche, más bien, tirando a pálido.

Pero no fue sino hasta las fiestas patrias (¡ah!, las fiestas patrias, ese menjurje de consignas nacionalistas, militaristas y folclóricas), que, digamos, Huguito tocó fondo. En un acto de esos solemnes que se hacían todos los lunes (yo es que ignoro si aún lo hacen). Huguito tenía asignado recitar la Jura a la Bandera, que en su momento pasó de ser un “privilegio” a un castigo para los niños difíciles del colegio. Recuerdo con claridad nuestros uniformes color café con amarillo (los niños de los otros colegios y escuelas nos decían chocobananos), la mayoría, impecables y brillantes bajo la luz del sol de una mañana de Septiembre. Huguito se paró frente a todos y comenzó a rezar:

“Bandera nuestra,
a ti juramos
devoción perdurable,
lealtad perenne
y honor y sacrificio y esperanza
hasta la hora de nuestra muerte.
En nombre de la sangre y de la tierra
juramos mantener tu… tu… tu…”

Y comenzamos a vernos unos a otros, el nerviosismo de Huguito fue evidente y con micrófono en mano y la mirada de todo el colegio encima, Hugo no supo continuar la jura y en su muy particular manera de hablar, mientras devolvía el micrófono se escuchó por el parlante: “Puta, se me olvidó…”. El festival de risas patrocinado por Huguito fue la cosa más jocosa que se vivió en ese cuasi recinto militar de paredes viejas e imágenes de la virgen y el Papa por todas partes. Lo cierto es que no vimos a Hugo sino un hasta un par de semanas luego del incidente. Hugo no fue el mismo después de esa vez y casi no se le reconocía como el pillo que solía ser. Algunos dicen que recibió una tremenda paliza en su casa, otros que estaba condicionado y si volvía a cometer otra fechoría lo iban a meter a estudiar a una escuela militar. La verdad no se supo, solo fuimos testigos de que Hugo le bajó a las revoluciones de su carácter y pasó a ser un niño más. Como cualquiera de nosotros.

Últimamente me doy cuenta a través de las conversaciones triviales o en las mentadas redes sociales, el furor que provocan ciertas palabras en nuestro vocabulario. Me causa una fuerte impresión cuando escucho a niños y personas adultas hablar tan campantemente de sicariato, de violaciones, mutilaciones y actos de corrupción deleznables. De la forma más natural, sin inmutarse casi y como dando por sentado que son cosas que pasan y es lo normal. Pero luego viene algún “Huguito” y les menciona “salarios justos”, “vivienda digna”, “salud pública y gratuita”, “derechos humanos”, “feminismo”, “institucionalidad”, etcétera y muchos más etcéteras. Y es de esperar la reacción de la maestra de cuarto grado. Miradas penetrantes y frías, gestos de desaprobación y una que otra risa reprimida (como la mía cuando Hugo dijo la “mala palabra” y me causó gracia pero no quería que nadie se diera cuenta). Porque estamos asediados por las “buenas costumbres”, por la manera tradicional y clásica de hacer las cosas, porque pensar incluso con el más elemental sentido común es atentar a las buenas prácticas y la idiosincrasia nacional. Menudos sacrílegos aquellos que se atrevan a faltarle el respeto a nuestros símbolos patrios. Y desde luego que no me refiero a la bandera, al escudo o el himno.

La picardía de Hugo le costó quizá un par de bofetadas, quizá en el fondo creyó que tampoco era para tanto, que solo era un verso, algo que se le fue de las manos. O quizá le caló el castigo y la desaprobación, dejó de ser un niño molesto, alguien de quién preocuparse, un ciudadano promedio que ni se atreve a cuestionar o hacer algo que incomode, porque qué bonito el mundo como está, porque qué peligro salirse del guacal y ser molesto, con tu manera de ser, no digamos con las cosas que pensás o decís.

Y sin embargo, aunque Huguito se calló, quizá por un tiempo, las molestias dejaron de existir, pero no las malas palabras.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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