Marsella

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Año 2012. Llegué a Marsella el jueves primero de noviembre aprovechando el asueto de la  fiesta de todos los Santos (Toussaint) en un tren procedente de Lyon. En esa época del año ya hacía frío en el norte pero en el sur aún el sol brillaba fuerte y el frío se desvanecía en el día dando paso a un clima templado y acogedor. Me habían hablado y había leído un poco sobre esta ciudad conquistada por los romanos y era un destino al que quería llegar antes de regresar a Guatemala pesar de ser considerada por muchos franceses la más peligrosa de las grandes ciudades galas.

Desde que empecé a bajar por la avenida principal que me conduciría de la estación central al Viejo Puerto sentí la diferencia con las urbes que había conocido antes. Mucha más gente en sus calles, una impresión de desorden y más suciedad también, callejuelas un tanto tenebrosas y sobretodo el paisaje humano: una ciudad mestiza, sin los aires de aristocracia de los bulevares parisinos o  la burguesía del viejo Lyon ni la candidez medieval del centro de Estrasburgo, pero con un movimiento comercial en sus calles cercanas al Viejo Puerto, similar al de muchas ciudades latinoamericanas, me recordaron la dieciocho calle de la zona uno de la capital guatemalteca o la sexta avenida cuando estaba llena de vendedores.

Cuatro días tuve para llevarme una impresión de la vida marsellesa, desde una visita a las islas de Frioul, patrimonio natural en el mediterráneo, pasando por un viejo cine y una cena de sánguches en una cafetería popular frecuentada por jóvenes, en su mayoría descendientes de africanos subsaharianos y argelinos. Por supuesto visité el santuario de Nuestra Señora de la Guardia, conocido como el de la Buena Madre, desde donde aprecié una vista única de buena parte de la ciudad.

Un sábado temprano, tomé el té en un café árabe atendido únicamente por hombres, como es la tradición en Argelia, y ahí disfruté el no entender nada porque todos hablaban árabe, o casi todos y, por supuesto, yo pasé desapercibido, como un coterráneo más aunque cuando me hablaban en árabe respondía confundido en francés.

Aquel corto viaje ha vuelto a mí porque reparo en que hoy, dos años después, estoy aquí en Ciudad Guatemala, y en que esta fiesta de Todos los Santos y los difuntos ha sido particularmente intensa al haber despedido en las dos últimas semanas a mi tío César y a un primo entrañable de mi abuela, Roni, que a sus 74 años seguía coleccionando tapitas de gaseosas y cervezas y se emocionaba con guardarlas en cajas de cereales o de botellas de güisqui.

Tal vez la partida de mis dos tíos me condujo a esos días pasados que no vuelven y recordar Marsella fue un antídoto natural para convertir los recuerdos del abrazo cariñoso del hermano mayor de mi padre y la sonrisa de mi tío niño en el lado del corazón que guarda todo, incluso aquello que a la memoria no le alcanza.

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About Author

Juan Carlos Carrera

Abogado especialista en materia ambiental y administración pública. Escribo en El Salmón desde octubre de 2013. Creo en la palabra como uno de los mejores medios para construir puentes entre las personas, exponer nuestras ideas y abrirnos a los demás: Fragoso es un intento de ello.

1 comentario

  1. Gabriela Carrera
    Gabriela Carrera on

    Yiansh,
    Esta ha sido una columna súper bella y sentida. Tal vez todos tenemos esa ciudad que nos recuerda que la vida va y siempre va, que si algunos se adelantan, no es más que para vivir de otra manera. El recuerdo también se convierte en ciudad y en hogar, y para mí eso será lo que significarán los libros que nos dejó el Tío César y la tapita que no pude dejar de tomar el día que me despedí de Roni.

    Te quiero, mano.

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