Martes de carnaval

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El mejor carnaval que recuerdo sucedió en la Aurora. Tenía yo unos 13 años y me llevaron al zoológico el domingo previo al martes en el que se celebra.

Todas esas festividades que significan gastos, como disfraces y cascarones, fueron ajenas en mi infancia; mis padres proveían lo necesario, pero no alcanzaba para gastos suntuarios. Para lo más que alcanzaba era para comprar un pliego de papel de china que serviría para decorar un antifaz de cartón que yo mismo había dibujado y recortado; un disfraz todo chapuceado porque nunca he sido bueno para las manualidades.

Aquel domingo en el zoológico fue el éxtasis, el lugar estaba abarrotado y muchos iban dispuestos a divertirse sin importar si se conocía a las demás personas o no.

Alguna vez mi mamá guardó cáscaras de huevo con el fin de hacer cascarones. Recuerdo que picábamos el papel con tijera y hacíamos “añilina” para decorarlos, pero quedaban bastante descoloridos porque qué se podía hacer con un par de sobrecitos de tinte diluidos en más agua de lo recomendado, luego había que repartirlos entre todos los hermanos y a cada uno le tocaban poquitos.

La primera impresión que tuve cuando vi alguien romper un cascarón en la cabeza de otra persona fue que eran amigos o conocidos, pero al poco tiempo me di cuenta de que se estaba desatando una batalla campal de todos contra todos; la guerra de cascarones arreció y la gente corría para protegerse o para perseguir a quien fuera.

Recuerdo que una rara vez mi mamá me dio dinero para comprar cascarones y llevarlos a la escuela para la celebración, pude comprar apenas seis, pero yo iba feliz, los metí en una bolsa plástica y me los amarré al cincho, todo contento porque iba a quebrar cascarones, nunca imaginé que estaba a punto de suceder uno de los episodios más tristes de mi vida.

En el zoológico todo fue disfrute, no quebré muchos cascarones, pero los pocos que tenía los aplasté contra la cabeza de desconocidos, gente que daba y recibía coscorrones con el cascarón dispuesto de tal forma que la punta se estrellaba contra la mollera de quien se dejara. Al rato había gente toda llena de picapica, harina y hasta de claras de huevo; era una batalla violenta y grotesca, pero alegre, es el mayor derroche de euforia espontánea que recuerdo haber visto, la violencia del momento canalizada hacia la generación de endorfinas.

Ese martes de carnaval caminé hacia la escuela acompañado de mis hermanos, como todos los días, cada uno iba con la bolsita de cascarones amarrada al cincho. Iba saltando, alegre, emocionado porque a la hora del recreo habría diversión; fue entonces que sobrevino la tragedia. Había un poste del alumbrado público en una esquina, tenía por costumbre pasar en medio del espacio que quedaba entre el poste y la pared, siempre lo hacía y lo hice ese martes de carnaval, pero no recordé que llevaba la bolsita con los cascarones y al pasar los aplasté contra la pared, no quedó ni uno bueno.

Aquel domingo en la Aurora viví uno de los episodios más alegres de mi niñez y aquel martes caminando hacia la escuela uno de los más tristes, ambos relacionados con carnaval. Cosas de la vida.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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