Messi y el “amor esquizoparanoide”

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Hasta un segundo previo a fallar el penal en el juego contra el cuadro chileno por la Copa América, Lionel Messi era el genio, el jugador que llevó a su equipo hasta la final. En el preciso momento en que lo falla se vuelve el responsable de que su equipo pierda y por segunda vez consecutiva, el equipo argentino no llegue a alzar dicho trofeo. Dejemos de lado la “lógica” en dicha reacción, al parecer compartida por un importante número de personas, y pensemos un poco en el trasfondo emocional del asunto.

A estas alturas del partido decir que el futbol despierta pasiones es un lugar común. De hecho, nadie se ruboriza cuando en la televisión o en la charla del grupo, declaran a alguien “fanático del fútbol”. Lo que en otro contexto es utilizado como señal de atentado terrorista inminente (por aquello del fanático religioso, mejor si es musulmán…aunque claro, hay fanáticos religiosos en todos lados, nomás hay que echarse la vuelta en alguna iglesita de garaje de cualquier colonia), en el contexto de la charla deportiva se vuelve una especie de rasgo positivo. Y ¿quién contra la “pasión” deportiva?

Por ejemplo, hace algún tiempo nos encontramos viendo el clásico sapotocientos en la casa de un amigo y llegó un primo suyo. En el momento en que “su” equipo metió gol, se levantó dando brincos y gritando “putos, putos, les ganamos”, dándole lo que en ese momento consideramos, la mayoría, una especie de ataque/orgasmo que combinaba elementos libidinales y destructivos por partes iguales.

No es problema decir que se “ama” al equipo y se “apoya” a “sus” jugadores. La camiseta es sagrada y cuando el equipo pierde (lo que en Guatemala es más que frecuente), hay quienes lloran y maldicen la injusticia y el dolor en el mundo. Correlativamente, la participación vicaria puede llegar a niveles como el del ataque/ orgasmo referido.

Llegado a este punto, uno se pregunta qué clase de pasión/ amor es este.

Melanie Klein, psicoanalista vienesa, teorizaba sobre lo que llamó la posición esquizoparanoide y la posición depresiva. En su perspectiva, una posición es la forma en que se coloca el yo frente a un tipo particular de angustia, unas defensas particulares y una relación de objeto correspondiente.

La posición esquizoparanoide se caracteriza por una angustia persecutoria, defensas primitivas y la relación con objetos parciales. Para el caso que nos ocupa y simplificando, el amante se relaciona con su objeto de amor “por partes”, no con el objeto de amor completo (con virtudes y defectos).

Esto significa que en un primer momento se idealiza a la persona amada: es la mejor del mundo, no hay quien sea más buena, más bondadosa, más perfecta, más inteligente. Es la octava maravilla del mundo, el amor de mi vida y un largo etcétera. Pero en el momento en que se descubre que no es así (y que tarde o temprano llega porque simple y sencillamente nadie es así), el amor sufre una conversión súbita y la persona se vuelve un hijo/hijadelagranp…, una lata, el maldito que se aprovechó de mí, etc.

El problema es que ninguna de las descripciones es totalmente cierta, sino resultado de la necesidad de un “objeto bueno” que no tenga ningún defecto. No hay capacidad “de aceptar con dolor, que los límites del cuerpo son más estrechos que los límites del deseo” y que un amor maduro se debe enfrentar al hecho de la inevitable imperfección humana.

Entre otras cosas, cuando uno se topa con fenómenos como el ocurrido con Messi uno se pregunta cuánta gente hay en el mundo que no puede aceptar la inevitable imperfección de los demás (sin morir de depresión) y necesitada de ídolos, figuras ideales, amantes perfectos, dioses todopoderosos, fetiches de cualquier tipo y que no pueden relacionarse de forma madura, serena y abierta con la alteridad imperfecta (y querible) del otro/ la otra.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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