“Mi compañero y yo no venimos a robarte”

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Esto es un jueves o viernes cualquiera, en el tráfico que ingresa a la ciudad desde el pacífico. Hordas de vehículos repletos de gente mal dormida y desesperada por llegar, con ese encanto característico del impaciente habitante de ciudad dormitorio, una especie de olla de presión a punto de reventar. También ese manojo de nervios, del visitante esporádico, aquel que ciertamente no vendría a esta jungla, de no ser por una enorme y sentida necesidad. Y por casualidad, un eventual transeúnte resignado, de esos que aprendieron a matar la desesperación.

Hora pico por la mañana, cuesta de Villalobos a 5km/hora, autobús extraurbano a medio llenar, sin espacio para llevar más gente sentada, pero con suficiente espacio para dejar correr gente en el pasillo. Algunos llamando a casa, avisando que están por llegar –pobres ilusos, no saben lo que falta en realidad–, otros intentando espabilar, luego de una profunda siesta, con la marca de la ventana en la cara y dolor en el cuello. Algún niño de brazos llorando, alguna recepcionista maquillándose, algún trabajador de call center viendo series de animé en su teléfono. La mayoría de personas vienen de algún lugar de la Costa Sur, algunos de Villanueva o Amatitlán, algún lugar en el camino donde a veces escasean las rutas cortas, por la violencia y esas cosas de las “ciudades satélite”.

A media cuesta, dos hombres con gorras de azadón –así le llamo a esas gorras planas y ridículas que usan los adolescentes de ahora– entrando abruptamente por la puerta del autobús, saludan al chofer y al ayudante, uno corre hasta el final del pasillo del autobús, mientras el otro se arremanga el suéter, para dejar ver sus tatuajes, hace un par de mates con la mano y comienza con su discurso:

“Buenas, buenas. No te me asustés, que mi compañero y yo no venimos a robarte”

Mientras, se observa como algunas personas esconden sus teléfonos, otros casi petrificados, contienen los nervios, pero la mirada los delata. Otros, un poco más cínicos, sonríen con ironía y voltean la mirada a la ventanilla.

“Nuestro propósito no es venir a quitarte lo que con tu trabajo te has ganado, va’, lo que nosotros queremos es que nos echés una mano, acabamos de salir del preventivo de la zona 18, no somos de aquí y necesitamos para nuestro pasaje, para volver a la casa, va’. Yo sé que no es tu problema, pero preferimos pedirte y no hacerte daño, va’. Ahí mi compañero te va a decir unas palabras”.

Mientras la mitad de la gente, voltea a ver al compañero, con cierta confusión, como preguntándose qué es lo que realmente está pasando. Algunos, incluso al borde del shock nervioso.

“Buenas mi hermano, qué el Señor te bendiga. Mirá, nosotros no venimos a robarte, ni a hacerte daño, nosotros venimos a tocar lo que es tu corazón, para que nos echés una mano, va’, nosotros estuvimos tres meses en el hoyo, por andarle haciendo maldad a la gente inocente, pero aprendimos nuestra lección, va’, y sabemos que te cuesta ganarte lo que es tu dinero, va’, por eso preferimos pedirte, mirá que tan fácil sería para nosotros venir a amenazarte –qué bueno que no era amenaza– para quitarte tus pertenencias, pero el Señor nos ha cambiado, la verdad que no le deseamos a nadie lo que pasa ahí adentro de la cárcel va’, espero que nos ayudés, para que no tengamos que volver a las calles a hacerle daño a la gente, una, dos o tres varas, lo que el Señor te ponga en tu corazón, con eso nadie se queda pobre, vamos a pasar por tu lugar, que Dios te cuide y te guarde, esperamos que nos podás ayudar”.

Y comienza la colecta. Comienzan a salir los billetes y las monedas. Algunas personas, sin todavía entender bien qué es lo que ocurre, miran hacia los lados, como intentando encontrar explicación. Otros, volteando el rostro, con cierto enojo y molestia, mientras los ex-convictos –que generalmente suelen ser oportunistas que no saben que es estar en una cárcel– pasan por todos los lugares, con una insistencia y actitud intimidatoria, que no se distingue mucho de la de un “asaltante normal”. Mientras todo esto ocurre, se puede observar cómo finalmente la gente va recuperando la calma, cómo al bajar el último de los extorsionistas –las cosas por su nombre–, algunos incluso suspiran, recuperando el alma, o lo que sea que pierde la gente cuando ve la vida pasar frente a sus ojos.

Luego miro y pienso, no son los tatuajes, no es la manera de vestir, ni siquiera los mates que hacen con las manos o su manera de caminar: son las palabras. Resulta práctico entender, entonces, por qué es importante abrir los ojos, los oídos y todos los sentidos, cuando se trata de interpretar un discurso. Y me sorprende lo parecidos que son estos eventos de los extorsionistas de autobús, a los discursos de campaña de los políticos, en donde “los ladrones son otros”, donde “no nos vienen a robar”, en donde “saben lo duro que es la pobreza y la miseria”, en donde se apela a la religión, para ablandar corazones, con palabrería barata, con intimidación solapada, con engaños y mentiras. Se entiende por qué es importante para el político amenazar con hambre, con muerte, con violencia, con inseguridad; él no quiere resolver el problema, quiere que tengás miedo y votés por él, para que se vaya pronto, para que deje de intimidarte.

Y así viene uno y vienen cientos, pero todos extorsionando, todos intimidando, causando temor entre los desprevenidos, generando confusión. Por supuesto que son importantes las palabras, por supuesto que es importante entender cómo y por qué se anuncian como lo hacen, por qué les interesa ridiculizarse entre sí, por qué pretenden vendernos una imagen de personas bondadosas, algunos, incluso con el plus de ese “yo estuve en la cárcel, pero me reformé” o “yo he cometido errores, pero todos somos humanos” sin apelar al verdadero sentido del problema, solo del sensacionalismo y la emocionalidad.

“No te asustés, mi compañero y yo no venimos a robarte”.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

2 comentarios

  1. Esto me ha sucedido a mi en muchas ocasiones cuando regreso de mi casa los, tipejos estos se suben en el trebol o en wallmart Roosevelt yo no les daba un centavo es mas los veia con cara de brincon, pero luego de ver lo que paso ahi mismo en una camioneta de Xela decidi cargar un quetzal por lo menos para darles… Esto se ha intensificado mucho en las ultimas semanas a las mujeres hasta las tocan y al que ven joven y un poco debil lo pasan molestando mucho y no le aceptan solo un Quetzal

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