Mi día de mala suerte y el señor de El Tumbador

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Aron Lindblom (Small)Por Aron Lindblom*

Pensé que me había tocado mi día de mala suerte cuando agarré la bici para salir al mercado y la cadena estaba trabada otra vez. Lo mismo pasó el día anterior y pagué a un señor para arreglarla. Fui caminando al mercado para comprar aguacates para un almuerzo con mis colegas de trabajo. “Están a tres por diez”, dijo la señora. No eran de los importados, sino de los aguacates criollos, grandes y con la cascara dura, como si fueran mariscos.

Un señor se nos acercó mientras arreglamos la compra y dijo algo indescifrable. Llevaba una camisa vieja, un pantalón viejo, un sombrero de paja en proceso de descomposición y unos viejos zapatos de cuero, unas dos tallas más grandes. Tenía al menos 65 años, pero tenía la piel morena tan pegada a los huesos de su cara que casi no se le miraban las arrugas. Miraba con los ojos medio claros y con cansancio y un poco de temor en su cara.

—¿Saben cómo puedo llegar a la Bolívar caminando? —preguntó.

Le explicamos que la Bolívar estaba lejos, tal vez una hora a pie y que podría ser peligroso atravesar la ciudad caminando.

—¿Por qué no vas en bus? —le dijo la señora.

—Es que no tengo dinero —contestó.

Venía de El Tumbador en San Marcos y trabajaba en una finca de plátanos “En el otro lado de Tapachula”, es decir en México. Vino a la capital el viernes, hace tres días, con un señor que le ofreció trabajo para cuidar la casa de una señora que había ido a los Estados.

—El viernes me dejó ahí fuera de la casa y solo se fue, diciendo que al rato iba a regresar. Me quedé esperando toda la noche del viernes y todo el día sábado, hasta que me hablaron los vecinos y me dieron posada hasta hoy. Ahora me dijeron que tenía que irme, pero no tengo ni un centavo. Solo sé que necesito llegar a la Bolívar y después a CENMA para tomar el bus para San Marcos que va por la Costa Sur, así me dijeron.

La señora del mercado le dio un banano para el camino y entre los dos juntamos un poquito de dinero para regalarle. Le llevé a la parada más cercana del Transmetro. Le di instrucciones hasta donde pude y le dije que mejor hablara con el piloto o la policía que estaba en la parada, para no perderse. Me agradeció y se le notaba un poco más aliviada su cara.

—Gracias, joven, ya me voy. Solo voy a ir al sanitario primero, con uno de estos quetzalitos que me regalaron.

El señor no se subió al bus. Se fue caminando en dirección contraria, de regreso hacía el mercado y los baños públicos que posiblemente se encontraban por ahí. Me quedé con sus palabras y su cara de viejo perdido y asustado. Más tarde les conté la anécdota a unos conocidos y se rieron. Intenté otra vez con un grupo de amigos y pasó lo mismo. Me hablaron de las personas que suben a las camionetas a decir que recién salieron de la cárcel, pero que ya no van a seguir robando, y solo piden una ayuda, o vender una galleta, para poder encontrar su camino. Nadie creía que el señor de verdad estaba perdido.

Resulta que pedir dinero en el mercado no es humillación suficiente para merecer un poco de ayuda. Para ganar nuestra compasión además hay que ser genuino y no andar con cuentos. ¿Pero si así de doble cara y mentirosos somos la gente que vive bien, por qué a los indigentes se les exige ser tan santos?

Foto: Lucía Reinoso

*Inmigrante sueco en Guatemala

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