Miedo

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En los últimos años he pensado mucho en el miedo, en sus variantes como el temor y el terror. Lo he sentido también de una manera que se aleja mucho de esa sensación que se vive cuando se va al cine o cuando estás en una de esas ruedas de Chicago en la feria del Cerrito del Carmen. El miedo al que me refiero es ese que te da cuando te parás en un semáforo y ves que un motorista se acerca, o cuando vas de noche por alguna cuadra del centro y ves de frente una silueta. Me refiero al miedo que nace de esta ciudad, una de las ciudades más peligrosas del mundo, la segunda con más homicidios a nivel mundial para el 2012, según la oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNDOC).

El miedo es una emoción que nace de sentirse amenazado. Las sociedades desde siempre crearon ficciones –o no tan ficciones– que hacían levantar el vello corporal. En algún momento se tenía miedo a los eclipses o a la furia de los dioses, hasta llevarlo a creencias y a religión. Se inventaron con el tiempo leyendas, Guatemala tiene las propias, como su Sombrerón, su Siguanaba, o esa mujer que espera a conductores debajo de Las Cañas. Hay otros miedos en nuestras ciudades que vienen de la historia de las ciudades, como el 4 de febrero y el Terremoto y esas divagaciones que cada 25 años la tierra tiembla ferozmente. Esos eran los miedos con los que yo recuerdo haber crecido, que se construyen en el contexto histórico, social y cultural del lugar en donde nací.

Un estudioso del miedo en las ciudades (sí señora, se estudia), dice que está el miedo que es prácticamente inherente al hombre y la mujer, pero “por su lado, los miedos dirigidos son aquellos que en buena medida son promovidos por la “cultura dominante”(1). El miedo dirigido es otra cosa, el miedo dirigido es político e ideológico, y sin “temor” a equivocarme lo es también económico. Pienso en cómo hemos dejado de lado las leyendas, las noches de contar historias en la cama antes de dormir, por levantarse y leer el periódico. Hoy la ciudad se ha convertido en un espacio de miedo, en nuestra cultura actual. Es esta cultura del miedo que ha comenzado a determinar nuestras relaciones humanas. Del miedo al pánico y al trauma casi no hay distancia. El mismo autor Marino Pérez Álvarez habla de los teólogos del miedo y entre ellos el central, a mi manera de ver, son los medios de comunicación que se empeñan en mostrar la nota roja de manera explícita para remover el miedo, que olvidan a la persona pero no la imagen de la muerte. En los medios no hay lugar para el dolor cada vez más grande de esta sociedad, hay una intención de asustar que ayuda mucho a que la participación de los citadinos mengüe y nos centremos en la política y el poder del miedo y la muerte.

Entre otras cosas, el miedo paraliza. Lo sé por experiencia. Mientras no pensemos en ver críticamente uno de los mecanismos –que de paso también fue utilizado durante la guerra–, no lograremos trascender hacia una realidad diferente. En el país en el que estamos es imperativo preguntarse cómo estos miedos dirigidos son conformados ideológicamente y reproducidos a través de imaginarios sociales. Mientras el miedo exista y sea una forma común de relacionarnos entre nosotros, no podremos pensar en una ciudad más vivible. Seguiremos segregando al que creemos delincuente –o más bien, al que nos dicen que es delincuente–, seguiremos creando condominios con ilusiones de seguridad, seguiremos viviendo entre cámaras y agentes de seguridad privados, y seguiremos siendo una variable más para un negocio muy rentable.

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

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