Morir volando

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Quién no recuerda la escena de la película “El paciente inglés”, del piloto en su aeroplano amarillo biplaza de doble ala que, llevando de copiloto a su esposa, decide estrellarse contra el otrora amigo entrañable suyo, pero en ese instante sublime, su mayor enemigo al ser descubierto el amante de su esposa, en un acto final de suicidio despechado. La trama anterior a ese hecho construye un andamiaje que sugiere al espectador un sentido victimizador y acusador sobre el piloto suicida, y, por el contrario, una noción de héroe en la amante que se salva.

Una nota del periódico digital El País reporta la semana pasada que al menos ocho aparentes accidentes de aviones no comerciales mostraban evidencia de suicidio a manos de sus pilotos; y en uno de esos casos el agravante era también homicidio, porque la persona que volaba y estrellaba el aeroplano llevaba un niño. En el estudio se reporta que todos los aviadores eran hombres entre 21 y 68 años.

El caso del copiloto Lubitz de la aerolínea de bajo costo Germanwings que se estrelló en los Alpes franceses el pasado 24 de marzo está confirmado, fue suicidio y a la vez homicidio. Las dos cajas negras han arrojado toda la evidencia necesaria para que Lubitz sea tácitamente el villano “desquiciado” de la opinión pública mundial. Él quedará estigmatizado para toda su muerte, y en vida su familia cargará con esa marca que ha construido, en mucho, el aparato mediático sensacionalista mundial. El hecho pasará a la historia y seguramente muchos protocolos y sistema de seguridad de la aviación mundial cambiarán; las cabinas de los aviones serán habitáculos híper seguros y compartimentados y los procedimientos para obtener una licencia de aviación comercial serán más rigurosos y pondrán énfasis en la estabilidad emocional del piloto. Al menor síntoma de desquicio saltará una alarma.

Pero esta nota no es sobre la incidencia de suicidios en pilotos de avión; estas líneas están dedicadas a poner atención en lo que el físico David Bohm llama la ilusión del pensamiento, al fragmentar una realidad que es una totalidad indivisible. Bajo esta premisa, el suicidio de Lubitz es lamentablemente una expresión dramática y super mediatizada de una agresión auto infringida de la humanidad. El suicidio de Lubitz no puede ser visto como un episodio aislado y personal de una mente degradada y deprimida, como resultado de alteraciones emocionales a lo largo de su vida reciente. Tampoco puede ser visto solamente, como ya adelantan las miradas clínicas, como un episodio con responsabilidad social, resultado de un mundo altamente competitivo que premia a unos y desecha a la mayoría.

Normalmente el depresivo no lo anuncia públicamente, en general es altamente eficiente en su labor profesional, pero en su interior ocurren seguramente pensamientos que son duales e incoherentes que incluyen la acción suicida. Nadie sabrá si en los últimos momentos de vida de Lubitz su pensamiento le proponía detener la acción auto destructiva, por lo tanto no se puede suponer premeditación del acto. La acción de Lubitz al encerrarse en la cabina, impedir el acceso del piloto y estrellar el avión en picada con decenas de personas a bordo, es una agresión hacia toda la humanidad en tanto es totalidad. En este sentido la responsabilidad es colectiva y todos somos Lubitz, y a la vez este copiloto es toda la humanidad en un sentido dinámico de una realidad degradante que empieza aquí y termina hasta aquí.

Sobre esta mirada con lente súper angular, el mundo tendría que entrar en el mismo drama e indignación por las agresiones a la vida que ocurren a diario y no solo por hechos enarbolados con morbo por prensa que quiere vender. La fácil es suponer que el sistema capitalista de consumismo exacerbado nos lleva por las autopistas (y por los cielos) aceleradas con el sacrosanto objetivo de alcanzar el éxito, sin importar qué se pierde en el camino o a quién te llevas por delante. Lo difícil es comprender que eso sucede en este mismo instante y que todos somos objetos y sujetos de esa dinámica perversa.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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