¡Mujeres no están solas, estamos todas!

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Es en una curva del camino en lo más alto de la montaña que divide Sacapulas y Nebaj donde el paisaje cambia drásticamente. No sé cómo ni por qué, pero mientras de un lado de la montaña el clima es árido, con mucho calor e incluso con cactus en las laderas, del otro lado todo es de color verde con bosques hasta donde llega la vista y nubes que bajan y se ponen sobre el paisaje. Así es como la región Ixil recibe a los que llegan: con verde.

Y entonces no puedo evitar hacer el paralelismo y pensar en lo acertado que esto resulta ya que en esta región, además del aire puro del bosque, lo que más se respira es esperanza. Una esperanza resiliente que se rehúsa a extinguirse a pesar de la guerra, de los despojos, del extractivismo, los conflictos partidistas y la migración.

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Me encuentro parada frente a una fosa común de la cual se exhumaron decenas de osamentas. Tal fosa es solo una de varias que se han encontrado en el destacamento militar de San Juan Cotzal. Mientras veo el agujero en la tierra oigo el canto de los pájaros, alzó la vista y veo los árboles y las flores que rodean el área de exhumaciones. Es raro. Cómo un lugar tan bonito y tan tranquilo fue testigo del Horror (así, con mayúsculas).

Lo que pasó ahí sigue afectando hoy, y se prolonga en el tiempo, dando forma y moldeando las circunstancias y las vidas de las personas que habitan la región. No es lo mismo vivir en parcelas que vivir en aldeas ordenadas. Eso, indudablemente altera el sentir y por ende las relaciones comunitarias.

La fragmentación del tejido social, el divorcio generacional entre adultos y jóvenes es latente y visible. La falta de tierra y la migración forzada es también un efecto de la guerra, cuando muchas tierras fueron despojadas a manos de militares quienes se han enriquecido con ellas, dejando a la población con pocas opciones. Acul y Tzalbal son ejemplo claro de esto.

Es compleja la situación en los tres municipios ixiles y yo apenas sé algunas de las cosas que ahí suceden. Sé que muchos romantizan acerca del área de la “naturaleza” de los ixiles y pienso que se equivocan al hacerlo, porque esa falta de criticidad denota un cierto dejo racista-folclorista. Sin embargo, tampoco dejo de admirar muchas de las luchas y los esfuerzos que he visto en la región. Son ejemplos que me hacen pensar en la esperanza.

Por un lado, la presencia de las mujeres en los actos públicos y políticos. No soy ingenua y sé que en la región, al igual que en el resto del país, el machismo es grande y diverso. Sin embarg; hay luces, no todo es oscuro. He visto y conversado con mujeres líderes en sus comunidades, jóvenes y adultas, que guían a sus colectivos y que educan a sus hijos en una forma diferente que les permita irse despojando del machismo imperante. Mujeres valientes que incluso se han atrevido a contar sus relatos de dolor y sufrimiento en búsqueda de la justicia. Mujeres conscientes del largo camino que tienen aún por recorrer pero que no parece que desfallecerán en la lucha jamás.

Por otro lado, un ejemplo diferente de educación que reta al paradigma tradicional: la Universidad Ixil. Empezó a funcionar en 2011 y funciona bajo la autoridad indígena de Nebaj, Chajul y Cotzal. El objetivo principal es formar, gratuitamente, a líderes jóvenes que puedan apoyar trabajos y gestiones en favor de sus propias comunidades. La universidad no tiene un edificio propio, es más bien sin paredes. Se prioriza la investigación. Los estudiantes leen libros, realizan entrevistas a miembros de la comunidad y sistematizan la información de tal forma que sea pertinente y útil para su sociedad y que permitan el desarrollo de su comunidad. La universidad no cuenta con el respaldo del Gobierno de Guatemala ni la certificación del Ministerio de Educación, pero eso no les importa porque lo que interesa es que los egresados se conviertan en gestores y transformadores que atiendan las necesidades de su pueblo.
Esta idea representa un serio disenso a la educación formal y una alternativa al actual sistema individualista y competitivo imperante. Es una resistencia admirable. Una esperanza que surge y que se desarrolla en medio de las montañas ixiles.

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Escribir este tipo de textos, refiriéndome a las dinámicas locales de comunidades o poblaciones en las que no vivo, que solo he conocido a través de visitas cortas, se me dificulta. ¿Cómo hacerlo sin que parezca que hablo por ellos? No pretendo que “el subalterno hable” sino algo menos ambicioso, hablar sobre mi experiencia y mis sensaciones. Parece que eso es lo que realmente puedo hablar. Todo lo demás serían interpretaciones, mi voz por encima de la voz de las comunidades, una voz que la guerra no pudo apagar.

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About Author

Andrea Tock

Curiosa, preguntona, torpe y ridícula. Estudié Ciencias Políticas y trabajo en investigación social. Disfruto comer, ver fútbol, escuchar música y hacer el amor, entre otras cosas. Me gusta el azul. Escribo para dejar registro.

1 comentario

  1. Si contara todas la historias de San Juan Cotzal, le cuento tuve la oportunidad de trabajar con el resarcimiento de las victimas del conflicto armado precisamente ahí ()… conozco los testimonios a viva voz, y otras situaciones… pero para no pasar desapercibido, con este tema de las mujeres indígenas principalmente, mire la ironía que encontré:
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    El machismo (no solo en Cotzal pasa), este a regresado con mas fuerza ahora con el indigenismo, en un vivo ejemplo: -Obliga moralmente- a la mujer a utilizar el traje típico (como los musulmanes con la burka), “porque es parte de su identidad” y culturalmente correcto (me entiende la ironía, el linchamiento moral, -se quito el corte que horror-)… pero ojo los hombres no es el mismo caso, nadie acusa a un hombre de quitarse el traje típico y andar de sombrero y botas (o a la moda),… y todo este sistema promovido desde las mas altas esferas de luchas sociales…(el sometimiento cultural de la mujer)…
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    Saludos Colocha, bonito articulo.

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