Nadie está a favor del aborto

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Sería absurdo decir que se favorece el  aborto como si fuera la solución ideal. Es una experiencia traumática a nivel físico y emocional.  Lo ideal es prevenir de todas las maneras posibles un embarazo no deseado, y para esto lo efectivo es Educación Sexual Integral como política pública.

Pero nuestra realidad es otra y nos golpea a la cara. Miles de niñas y adolescentes son víctimas de violencia sexual y se enfrentan a un embarazo no deseado y una maternidad impuesta.  Mientras usted lee esto, hay una niña siendo violada y quizá embarazada. Más de 10,000 en 2015, contando sólo a las menores de 14 años.

Del aborto no se habla, se condena, pero se practica todos los días, en condiciones de gran riesgo para quien no puede tenerlos en una clínica privada con todo lo necesario.

Como Marleny, originaria del Oriente del país, fue violada por su propio padre desde los 8 años de edad. Aunque se lo dijo a la madre, esta le pegó en lugar de creerle. A los 13 años estaba embarazada de su propio hermano. Con la ayuda de una tía, acudieron a la comadrona de su aldea, quien le dio una hierbas para abortar. Tuvo complicaciones y estuvo varios días  en el hospital, de donde salió para venir a la ciudad a trabajar como empleada doméstica. Han pasado 20 años y aún tiene pesadillas.

Marcela, una chica perteneciente a una acaudalada y conservadora familia, tuvo un accidente con el condón en una noche de licor y sexo. Cuando supo que estaba embarazada, se lo contó a su madre, quien de inmediato y sin que el padre lo supiera, pretextó un viaje de ambas al interior, cuando en verdad fueron a una conocida clínica en la zona 15 donde se solucionan “inconvenientes” de este tipo. Ocurrió hace 10 años, Marcela se casó hace dos, el esposo no sabe nada al respecto, incluso se le dio una bizarra explicación de una caída en caballo para “justificar” el no ser virgen y ahora esperan su primer hijo.

Mabel fue violada por su jefe un día que se quedaron tarde a trabajar. Llena de vergüenza no lo comentó con nadie e intentó practicarse un aborto con una cercha. Comenzó a desangrarse y apenas sobrevivió. Su familia y conocidos no quieren saber nada de ella.

Marta le fue infiel a su marido por varios años y siempre tomaba precauciones, pero un día estas fallaron. El esposo se había practicado la vasectomía, así que no podía pasar por hijo de ambos. No quiso abortar por sus convicciones religiosas, decidió confesarlo todo. Tanto el amante como el marido la vituperaron y abandonaron. Hoy vive con un hijo de 5 años al que odia.

Mónica y su esposo tienen cuatro hijos y una situación económica complicada. Ambos están pluriempleados y apenas logran una precaria sobrevivencia. Nunca se han protegido contra embarazos porque el pastor dice que “eso no es de Dios”. Se siente desesperada al saberse de nuevo embarazada, pero no quedará otra que resignarse y apretarse aún más.

Conozco personalmente a estas cinco mujeres, de quienes sólo he cambiado el nombre. Cada una tiene su drama particular y pareciera que, fuera de un embarazo no deseado, poco tienen en común. Pero al reflexionar vemos que hay un denominador conjunto:

  1. Entornos familiares represivos.
  2. Poca o nula educación sexual científica y laica.
  3. Patriarcalismos.
  4. Desempoderamiento.

Es fácil juzgar y condenar a quienes se practican un aborto.

Más difícil es ver más allá del síntoma y hacer algo por cambiar las causas.

Un Estado que niega el acceso a los avances científicos está atentando contra los Derechos Humanos de las mujeres, que además somos la mayoría de la población; un Estado que mantiene en el oscurantismo a las grandes mayorías, porque le conviene como herramienta electoral; un Estado que no facilita al acceso a medios de anticoncepción y después no brinda los recursos básicos para esos niños, no puede ser otra cosa que un fallo.

Una sociedad de moralina que se santigua ante la palabra aborto pero que decide ignorar todas las aristas de este tema es la menos capacitada para opinar.

Una iglesia de cualquier denominación que condene la toma de decisiones y hable de amor al prójimo mientras estigmatiza y condena, no debe intervenir.

Y una persona pensante, aspirante a ser humano, debe entender que la maternidad jamás debe ser impuesta, menos a una niña que no está física ni emocionalmente preparada para afrontarla y que tendría que convivir con el hijo de su agresor.

Pensar en consecuencias legales para los agresores sexuales es bueno, –no la castración química tan alabada pero que no resuelve–; pero lo más importante es pensar en el bienestar de esas niñas que después de sufrir violencia sexual se enfrentan a la revictimización de una maternidad forzada.

Mientras solucionamos las causas de ser uno de los países con más violencia de género, hagamos algo con las consecuencias que ya tenemos enfrente, aunque las queramos negar. Niñas siendo madres constituye la peor de las aberraciones.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

1 comentario

  1. Ninguna persona puede decidir sobre tu cuerpo, cuando una mujer ya es violentada el gobierno debería de garantizar y apoyar reformas que mejores su salud sexual y respeten su derechos a decidir sobre una maternidad voluntaria.

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