No todo huele a mierda

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Camino por los pasillos vacíos del Congreso, acabo de salir de una reunión con organizaciones de la sociedad civil. Todo huele a mierda, todo.

Antes de llegar a la reunión estuve buscando con los vendedores de prensa un ejemplar de El Periódico en donde fue publicado el artículo de José Rubén Zamora denominado “Radiografía no autorizada de la Vice”  en el cual, con pelos y señales, se detallan los desmanes, los negocios sucios, los nombres de los ladrones, los lugares de los desfalcos y depósitos del lavado de lo robado, los camiones del ejército utilizados para transportarlo, la venta de niños y otros negocios auspiciados por la pareja presidencial, según el relato. El vendedor me dice:

 -“No hay joven, los vinieron a comprar temprano todos, los del Congreso vinieron”.

-“Sí pues”, le contesto. “No quieren que nos enteremos de la mafia que nos gobierna.”

En fin, el breve diálogo me sirve de catarsis matutina.

Como funcionario que fui por varios años, además de creer en la función fundamental del Estado, estoy convencido que cualquier país necesita a sus mejores profesionales en las diferentes ramas para que trabajen por el bien común y el interés de la colectividad. Se requiere una burocracia honrada, ética y consciente de su rol para sacar adelante las tareas que las instituciones tienen por ley. Eso es imposible lograrlo si cada cuatro años se ve al Estado y sus instituciones como un botín al que hay saquear y los cargos públicos como una oportunidad para enriquecerse, cumplirle a los que financiaron las campañas y hacer negocios a expensas de los cargos o el poder que se ostenta.

La degradación del servicio público en estos últimos años ha sido acelerada. El saqueo de Portillo, los negocios del sector privado en tiempos de Berger, el descarado pago de facturas a los financistas en tiempos de Colom fueron la antesala perfecta para llegar a lo que hoy por hoy va pasar a la historia como el gobierno que instituyó la corrupción como moneda diaria. El gobierno de la dupla Pérez – Baldetti es el fondo al que muchos temíamos llegar y sin darnos cuenta llegamos.

Escucho historias de amigos que me han contado las “extorsiones” de las que son objeto desde que aceptaron cargos por necesidad de tener un trabajo y en los que reciben la mitad de sus salario porque la otra mitad se la tienen que pasar mes a mes, sin falta, al cobrador designado en cada institución.

El no denunciar esto, el quedarse con la boca cerrada, el aceptar esas condiciones es parte de lo que hoy nos tiene al borde del abismo. Además de la cantidad de personas que hoy sobreviven gracias a un sistema ideado para que la corrupción florezca.

Mientras subsista en este país tal sistema que gira alrededor del poder monopólico de la élite económica como financista de los mal llamados partidos políticos – a la que lo único que le interesa es mantener privilegios, no pagar impuestos y explotar la naturaleza y a las personas sin límites, y que para eso necesiten diputados, presidentes, ministros y jueces  mediocres, corruptos y sinvergüenzas-, todo seguirá para peor.

La continuidad de la CICIG solo es una ayuda. Recordemos que tiene a todo el sistema de justicia en su contra. Ya le botaron el caso Rosemberg y el caso Portillo, sigue el caso Lima y el caso SAT. Los magistrados de la Suprema no dan indicios de autoridad ni independencia. La CICIG sola no puede ni podrá.

A nosotros, la ciudadanía consciente del problema, nos toca trabajar por cambiar el sistema y para eso no nos podemos quedar de  brazos cruzados, debemos asumir el rol que nos toca. Cada uno, cada una.

Empezar por salir a las calles y gritar es un paso imprescindible, pero no es suficiente. Rechazar a los corruptos en las urnas y dejar de votar por “el menos peor” será otro, pero tampoco es suficiente. Es un camino largo, que requiere valor, consecuencia y coraje. Hoy, mañana y después de mañana.

 

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About Author

Juan Carlos Carrera

Abogado especialista en materia ambiental y administración pública. Escribo en El Salmón desde octubre de 2013. Creo en la palabra como uno de los mejores medios para construir puentes entre las personas, exponer nuestras ideas y abrirnos a los demás: Fragoso es un intento de ello.

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