Nosotros también somos Ayotzinapa

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En México han muerto miles de personas víctimas de la violencia generada por el narcotráfico y el crimen organizado. Lo de los 43 normalistas secuestrados y brutalmente asesinados es solo la gota que rebalsó el recipiente de la muerte.

Cadáveres colgados de los puentes, matanzas en casinos y discotecas, ejecución de indocumentados, guerra entre sicarios, zetas, entre otros, son los signos de una guerra en la que mueren muchos inocentes y en la que las autoridades prefieren no involucrarse, porque sería luchar contra uno de sus mayores financistas.

Estados Unidos cierra convenientemente sus fronteras, dejando del lado de América latina los muertos. Por ejemplo, se dice que El Paso, Texas, es una de las ciudades más seguras del vecino país del norte. Mientras que Ciudad Juárez, México, es una de las más violentas del continente. En Juárez los muertos del narco son incontables y solo está situada a unos pocos kilómetros de El Paso.

La explicación de qué había pasado con los 43 de Ayotzinapa tardó en llegar, mientras se esforzaban en la búsqueda encontraron algunas fosas comunes; lo que quiere decir que ese tipo de matanzas ya estaba institucionalizada y ocurría de forma casi cotidiana.

Nos desensibilizamos ante la muerte y nos conformamos con saber que son muertos del narcotráfico y lo justificamos diciendo: “En algo andaban metidos”. Es así aquí y en cualquier otro país. El gobierno culpa a la víctima por exponerse al desenfreno de la violencia y el ciudadano decide avalar esa versión, como si al hacerlo se protegiera, porque a las buenas personas no les suceden cosas malas.

El crimen organizado y el narcotráfico golpean a todos. En ese sentido Guatemala también es Ayotzinapa. En este país mueren diariamente pilotos, brochas y pasajeros del transporte público; dependientes de tienda de barrio; taxistas; conductores de vehículos particulares; ciudadanos de a pie; en fin, todos estamos expuestos a morir incluso por una bala perdida. Vivir o morir es cuestión de suerte. Pero solo observamos como si nunca nos fuera a pasar, porque la gente que muere violentamente es porque algo debe; y ya se sabe, “el que nada debe nada teme”. No nos damos cuenta de que la violencia difícilmente pregunta si la persona tiene alguna deuda antes de hacerla víctima.

Aquí han sucedido matanzas en diversas oportunidades: personas decapitadas en Petén; policías masacrados en Huehuetenango; gente que protestaba en Alaska; y muchos otros más. Tal parece que en los días en los que hay pocos cadáveres es porque la muerte decidió descansar.

Y sigue la violencia creciendo sin que siquiera alcemos una voz de protesta, sin que lleguemos a pronunciarnos en contra, sin siquiera dejar de culpar a la víctima –ese sería un buen principio–. Y sin darnos cuenta los asesinatos son más brutales y nos mantenemos impasibles.

Aquí los muertos también son incontables. Nosotros también somos Ayotzinapa.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

1 comentario

  1. Tocas un punto clave que es la culpa que se le atribuye a la víctima cuando es sujeto de un hecho delictivo: que porque lleva celular tan caro, porque no polariza su carro, porque salió a la calle tan noche, porque se viste provocativa, etc. Es perverso y ha distorsionado la visión del tema, desvía la la mirada hacia la víctima en beneficio, no del delincuente, sino de las autoridades que tienen la obligación de brindar la seguridad. En México están utilizando el 43 como icono de protesta, nosotros podríamos utilizar el 39.9 que creo es la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes. Salir a la calle es otra opción.

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