Oro rojo

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Son las cinco de la mañana, es el mes de octubre, el cielo está rojo inflamado justo al amanecer, la temperatura baja ya predice el fin de las lluvias. Camino sobre la primera avenida en dirección sur a paso ligero pue me dijeron que ya a esa hora la cola estaría formada. En el rápido trayecto me topo con dos cuerpos en estado etílico que claman desde el nivel del suelo lo que sea, son casi zombis que se preparan a recuperar el aliento para volver a morir por la noche. Algunas tiendas del barrio se apresuran a abrir sus puertas para recibir a los cientos de transeúntes que circularán solo un par de horas más tarde.

Se divisan abarroterías, panaderías, depósitos de agua, pero también pequeñas cafeterías, ventas de jugos, fruterías, tortillerías; y también laboratorios que ofrecen todo tipo de análisis, se asoman por supuesto los consultorios de doctores con mil especialidades para cualquier parte dañada del cuerpo. Unas pequeñas placas de metal anuncian en la entrada de sus clínicas que son expertos en enfermedades del hígado, ginecólogos, especialistas en el corazón, en traumatología, etc. Finalmente aparece una funeraria y una venta de cajas mortuorias, está previsto todo el ciclo hasta la inminente conclusión de la vida. Este es el distrito improvisado que se desarrolla alrededor del hospital San Juan de Dios.

Llego diez minutos más tarde, y me convierto automáticamente en el último de una línea de humanos que alcanza a esa hora de la mañana aproximadamente cincuenta; ahí empezaría apenas la experiencia abrupta con la precariedad del sistema de salud pública, la cual se extendería las siguientes cinco horas. Rápidamente dejé de ser el último, detrás de mí ya hay otros diez. Me consuelo porque el enrejado que hace la suerte de muro perimetral del hospital, deja entrever una fila quizá el doble de la mía con gente que espera ingresar a ver a sus enfermos.

Cada cinco minutos aparece un vendedor de lo que se ocurra alrededor de la fila. En medio de aquella experiencia que está por empezar, las elecciones y la crisis política del país no están presentes, solo la angustia de la incertidumbre. La instrucción fue llegar en ayunas pero de cualquier forma es imposible sentir hambre ante aquel panorama que huele a precariedad con sobrevivencia y humo de carbón de una parrilla que empieza a ser armada para vender churrasquitos.

Son las siete y se nota como la fila de empieza a erguir uno a uno, ya han abierto la puerta para ingresar; en la misma una médica acompañada de un guardia pide uno a uno los DPI´s de cada persona, las cuales apila en una cajita de cartón, ese será el orden de los turnos. Todos pasamos a una sala con paredes de un verde turquesa hospital con asientos que son insuficientes; pronto aparece una doctora que explica de manera general y golpeada lo que está a punto de suceder, “…¿alguna pregunta?” concluye y solo yo alzo la mano “cuanto será el volumen que extraerán?: casi medio litro responde.

Somos llamados uno a uno para ser pesados y luego ser entrevistados. Un segundo médico más amable nos extrae cinco centímetros cúbicos para comprobar las respuestas previamente aportadas en la entrevista.

–Ha bebido en las últimas veinticuatro horas?

–Bueno, anoche me tomé una onza de whisky

Sus ojos directo a los míos me espetan la re pregunta:

–Por qué bebe? Lo hace todos los días?

El procedimiento descarta a los mayores de 45 años, pero mi condición saludable parece ser excepcional para continuar con los siguientes pasos; el que no supere el mínimo de 130 lbs., también es descartado; por supuesto si alguno tuvo hepatitis, está tatuado o ha tenido sexo de manera promiscua sería eliminado de inmediato.  Después de esta fase, una voz gritona nos instruye de ir a desayunar de manera esplendida, pues esto nos preparará para el final. No coman huevos o grasas, mejor opten por una galleta y una gaseosa, así recomienda la doctora. Es aquí cuando las ventas de la primera avenida se preparan para atender con viandas a los comensales madrugadores.

El paso final sucede en una sala más adentro del hospital. No hay vidrios en las ventajas y la luz es lúgubre, hay varias lámparas neón que están quemadas. Siempre en fila, nos reparten una bolsa estéril con nuestro nombre y suscribimos un papel con nuestro consentimiento sobre el procedimiento que está a punto de consumarse. Un médico joven nos atiende a grupos de seis y nos distribuye en camillas. Respire profundo nos dice a cada uno y durante quince minutos contraiga el puño y no se mueva. Al llenarse las bolsas varias personas sufren desvanecimientos y más de alguno siente desmayo y mareo. Otro médico apila las bolsas que ahora son color marrón en una canasta plástica, la carga sobre el hombro y sale de la habitación con una satisfacción sobre el rostro como quien acaba de reunir un botín.

Son las once de la mañana, salgo del decrépito hospital San Juan de Dios que forma parte del sistema hospitalario público, que padece de un serio desabastecimiento de medicina y suplementos para atender a la gente que muere lentamente en sus salas. Imagino la peor maldición dirigida a Baldetti y Pérez y luego llamo a Carlos y le informo que el proceso ha concluido, su madre ya puede contar con una cuota de mi sangre para la transfusión en la operación que debe enfrentar y salvar su vida.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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