País de chiste

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La gente suele impresionarse cuando cuento que de niño mi sueño inmediato no era ser astronauta, policía o bombero; yo quería ser chofer de pullman. Y es que desde que tengo memoria me parecía apasionante la idea de conducirme en esos tremendos vehículos, con el imponente sonido del motor y la exquisita suavidad con la que parecía que volaban sobre la carretera al Pacífico. Qué puedo decir, yo era bastante impresionable y los choferes de pullman parecían entenderlo todo sobre la vida, con esa pinta de hombres recios, barbudos y panzones, de tanta bebida gaseosa y sabe el cielo qué cosas más.

Pero la ilusión se me estropeó a finales de los noventas, cuando de camino hacia Escuintla, un par de kilómetros antes de llegar a Cocales, fui testigo de una tragedia vial importante, una de tantas que ocurren en ese tramo infernal –infernal por el calor, como por la imprudencia–; el típico frenazo inadvertido, la gente parándose de sus asientos, asomando el cuello cuales suricatos nerviosos y el murmullo tenso que se produce de forma espontánea. Apenas unos metros adelante de nosotros, una pullman volcada en una plantación de caña de azúcar, del otro lado, un camión cañero con la carrocería volteada y atravesado en toda la vía. No hace falta explicar que el amontonamiento fue casi inmediato y las horas que nos tocó pasar en el lugar eternas.

El ambiente era terrible y se asomaba la noche; desafortunadamente algunas personas fallecieron y muchas resultaron heridas. Quienes nos encontrábamos en espera de que habilitaran el paso solo podíamos observar el trabajo de los cuerpos de socorro y muchos voluntarios que ayudaron a trasladar a la gente a un lugar seguro. Y ahí estaba el chofer de la pullman accidentada, envuelto en desesperación y preocupación inexplicable, como preguntándose si pudo haber hecho algo distinto, si quizá pudo haber evitado toda esta tragedia, nunca supe la versión oficial del accidente, pero tal parecía que ambos vehículos tuvieron parte en el desafortunado suceso.

También observé cómo se iban formando de a poco grupos espontáneos de gente en torno al accidente. Los vendedores ocasionales, la prensa, autoridades del lugar, seguramente, y uno que otro familiar de las víctimas. Pero llamó mi atención un grupo de gente próxima al chofer de la pullman accidentada, al parecer, conocidos del hombre. Me inquietó ver que luego de un par de horas se congregaron alrededor de un árbol a compartir cerveza y contar chistes. El grupo se multiplicó y de pronto lo que era una escena de tragedia pasó a ser poco menos que una feria de pueblo.

Sin duda no había razón en lamentarse o llorar víctimas ajenas, después de todo, no teníamos idea de quiénes eran las otras personas, no había empatía que alcanzara para que la gente no perdiera la paciencia frente a las largas horas de espera, en lo que habilitaban el tráfico. Luego me pareció natural, en este país en donde estamos acostumbrados a hacer chistes en los velorios, en los hospitales, en los juicios y en donde sea que podamos manifestar nuestro sentido del humor.

Desde luego, esto no es un alegato moralista, mucho menos de buenos modales. Pero puedo llegar a entender que quizá hay un punto en donde la mofa, la burla, la ironía y el sarcasmo se nos ha ido de las manos. No hablo de hacer chistes en un velorio o en un accidente vial. Hablo de las injusticias y abusos que directamente nos competen y frente a las cuales se nos hace más sencillo trivializar y banalizar; hablo de esa capacidad de reponernos frente a la desgracia y la tragedia, cosa que no me parece mala, ni mucho menos. Pero hay que ver quiénes se benefician de esa capacidad de sobreponernos a un mal momento, a una tragedia, a esta tragedia que nos ocurre a diario, que se llama Guatemala. “Los guatemaltecos aguantan”, “es que esos no le amagan”, “aquí la gente le hace ganas”, realidades que seducen al corrupto, al violador, al homicida, al político.

No hablo de amargarse frente a las dificultades de la vida, después de todo ¿qué es la vida sin el sentido del humor? ¿Cómo superar las dificultades sin un buen ánimo? Hundidos en la desesperanza y la depresión nos encontraríamos de no ser por nuestra habilidad de encontrarle “el lado bueno” a las cosas. Pero no nos dejemos engañar, habrá a quién le parezca eso una ventaja, un rédito maravilloso para seguir haciendo de las suyas, después de todo, aquí a todo le sacamos chiste, todo nos produce gracia.

Nos encontramos a las puertas de un proceso electoral, es probable que muchos recurran al ridículo o el humor involuntario para vendernos una idea equivocada de sus intenciones más mezquinas. Solo pienso que quizá está bien encontrarle el chiste a todo, pero no sé si está bien convertirnos en una sociedad de chiste, en un país de chiste. Entender si, en efecto, aquellos se ríen con nosotros, o de nosotros.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

2 comentarios

  1. Siempre he considerado que es el humor, el humor negro y la indiferencia los amortiguadores que evitan que el sistema colapse. El humor es para quienes saben lo que la indiferencia es para quienes desconocen. Es por ello que la indignación nos dura poco y no nos provoca actuar, la perdemos entre risas. Estas variables son parte propia de nuestra cultura, del ambiente en el que nacemos y crecemos, parte del circulo vicioso. Son estos detalles que determinan nuestra sociedad, tan pequeños que a veces pasan desapercibidos hasta por nosotros mismos. Para logar un cambio real no solo se necesitan leyes y políticas económicas sino cambiar esos detalles que como sociedad nos vulnera.

    Buen articulo.

    • Wiliam

      Es correcto Gabriela. Son conductas que desvirtúan la importancia de los asuntos, se ningunea la crisis y se nos olvida todo.

      Gracias por leer y comentar.

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