Para Kim, un eterno girasol plantado en mi memoria

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Deseo escribir algunas palabras hermosas para alguien que no conocí, a quien me presentaron en un “demasiado tarde” injusto, para una mujer que tal vez crucé alguna vez. Espero que sean hermosas –ansío lo logre- porque me han hablado de ella, me han dicho cómo era, me contaron de su sentido del humor, de su pasión por el presente, de la moto que manejaba hacía poco, de cuando nadaba en pleno mar abierto, de sus palabras directas, de su talento para convertir la creatividad en su propia manera de ser. Me cuentan de sus 22 años y de sus acuarelas, de lo intimidante que podía llegar a ser Kim.

Ojalá pudiera decir que su historia es excepcional en este país, pero no puedo porque no es verdad. Su historia es una entre una infinita suma de crueldades silenciadas por los medios de comunicación porque no son noticia que vale la pena rastrear o porque hay tantas, obviadas por los analistas políticos en la cotidianeidad arrasadora de la “coyuntura nacional”, es la narrativa que se repite incómodamente una y otra y otra vez sin responsables, y a la que cuesta darle la cara, verla de frente porque duele y avergüenza, porque no se comprende la razón de la muerte. Ni de la tortura, ni la de las manos atadas y la boca tapada. No hay manera de aprehender la absurdidad del mal, es una lucha perdida.

Lucía, estudiante de arquitectura de la San Carlos como Kimberly, me comparte la nota de prensa. El jueves por la tarde, mientras Kim no llegaba a la asesoría de proyecto, yo estaba trabajando y preparando un encuentro entre jóvenes universitarios. Esa noche que no llegó a dormir, yo discutía con amigos cómo nuestro sueño de un mejor país puede ser posible. Me levanté el viernes, me bañé, me peiné mientras me veía al espejo, decidí qué vestir ese día, lo mismo que Kim podría estar haciendo, pero no estaba en su casa. La encontraron horas más tarde en el carro que conducía, en la zona 5. Yo crecí en la zona 5 y me ubico en la dirección. Mi vida seguía igual durante el día, y mientras hablo con LuzMa que sale de las aulas que compartió con Kim, yo también me pregunto el porqué de su sufrimiento, de su forcejeo sin resultados y también del porqué de la diferencia de los rumbos de nuestras vida.

No puedo dejar de reconocerme en su historia -¿porque soy mujer?, ¿porque cuando LuzMa me habla su amistad, pienso en las propias?, ¿porque tampoco encuentro respuesta a cómo alguien se siente con el derecho absoluto de arrebatarnos todo en un momento?, ¿porque reconozco en su dolor y en su pérdida la posibilidad real de la que puede ser mi propia pérdida?, ¿porque tal vez con Kim todas perdemos a alguien, o recordamos a alguien?-, no puedo dejar de admitir que me enoja, me da una rabia profunda la injusticia perpetrada de tantas formas en este país con la muerte, el silencio, la indiferencia y el olvido de tantas mujeres que ya no están. Me exaspera la impotencia de no poder hacer nada más que leer cada cierto tiempo que han desaparecido mujeres, que aparecen violentadas, de saber que los casos no avanzan. Me enfurezco, sí. “Pienso en su miedo”, me dice LuzMa. Se queda callada, y luego me dice que si la tuviera enfrente la abrazaría y vería la manera de no soltarla y de no dejarla ir. Somos dos extrañas llorando por teléfono.

Alguien me habla de girasoles, me dice que sabremos dónde está la luz cuando surjan de la tierra. Pienso en Kim y en LuzMa, pienso en el cariño que no deja olvidar, pienso que este país tiene mucho que preguntarse, que se lo debemos a muchas personas que han sido luz en nuestras vidas, y en las vidas de quienes encontramos en el camino y que hoy nos acompañan desde el recuerdo. La luz no solo viene del sol, estoy convencida que también la trae el corazón, como ese impresionante corazón que dice LuzMa que tenías. Para Kim, un eterno girasol plantado en mi memoria.

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

1 comentario

  1. No pude evitar llorar cuando leí el penúltimo párrafo de tu columna, en estos últimos días he pensado tanto en esto, en cómo hemos decidido dejar pasar tantas cosas, en cómo el simple hecho de haber nacido como mujeres ya significa que llevamos las de perder, pienso en mi madre, mis hermanas, mis amigas, mis conocidas, en aquellas que no conozco, en las desaparecidas, en las violentadas, quisiera poder decirles algo, quisiera poder pensar que todo va a estar bien, que tenemos dignidad, que tenemos derechos, que no somos un objeto, que merecemos respeto, quisiera decir tanto.

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