Patriotismo desahuciado

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Desde la escuela primaria se transmite la idea de que el 15 de septiembre es una fecha emblemática. Es, según el decir de la oficialidad, el día que marcha la independencia patria, lograda, aseguran, de forma pacífica en 1821. Es decir, en cinco años habremos de estar en la algarabía del bicentenario de una efeméride que al parecer, carece de sentido.

Por un lado está la imposición de fronteras que representa la definición de un espacio físico asignado a un “estado nación”, que en este caso se denomina Guatemala. En función de ello, se plantea que una especie de accidente geográfico de paso a la construcción de un simbolismo a partir del cual se construyen los ideales. Las guerras han tenido como pretexto en muchos casos, la defensa precisamente de esos límites fronterizos. La crisis mundial de las personas refugiadas tiene como origen también la defensa de las ficticias líneas fronterizas.

Para llegar a movilizar en defensa de esos falsos límites, se construyen imaginarios como el de la conquista pacífica de la independencia patria en Guatemala. Así suena la estrofa del himno nacional, otro elemento de la parafernelia patriotera: “…nuestros padres lucharon un día, encendidos en patrio ardimiento y lograron sin choque sangriento…”.

A partir de ahí, va caminando la máquina que luego conduce a la participación en el “desfile patrio”. Que no es más que una demostración del militarismo asimilado, un derroche que en realidad solo lastima las depauperadas bolsas familiares.

Pero lo que debiera ser la base real del sentido patrio, si es que existe, la sociedad y quienes hacemos parte de ella, no es tal. Por casi dos siglos, salvo el receso de una década en 1944, las riendas de esa “patria liberada”, han estado en manos de la descendencia de quienes firmaron el acta en 1821. Un texto que arranca con la afirmación de que, deberán declararla de mutuo propio ante el riesgo de que el pueblo la proclame en lucha real por esta.

De ahí en adelante todo ha sido impedir, a toda costa, precisamente el ejercicio del poder por un pueblo que, cuando lo hizo dotó a este país de los pocos logros sociales que aún viven. Fuera de ello, por 185 años la cosa pública se ha administrado como finca cuya propiedad se reparten unos pocos. Los ahora 16 millones de habitantes de lo que nos juran patria, malvivimos en un entorno cada vez más deteriorado social, política y ambientalmente. Mientras tanto, los dueños y sus administradores de turno (gobierno y Congreso) viven acumulando una riqueza mal habida a costa de la mayoría.

Los pueblos originarios y su descendencia no existen como sujeto social y de derechos. Las mujeres y la juventud, así con la niñez, tampoco. Mucho menos las y los adultos mayores. Si las y los jóvenes  ven su destino escurrirse entre las calles inundadas, las y los ancianos respiran un día a la vez el abandono social sin destino.

No hay patria, no hay patriotismo, no hay verdaderos símbolos patrios. Hay una historieta convertida en cuento que narra cómo unos cuantos firmaron el acta que declara la independencia. En realidad, es un acta que sienta las bases de un Estado racista, excluyente, formado para servir a los intereses de quienes desde hace dos siglos se organizaron para no pagar impuestos por la riqueza acumulada mediante el despojo. Para cuidar su patrimonio organizaron una fuerza militar que llegó a ser capaz de cometer genocidio y que se asume salvador de la patria.

A estas alturas de la vida, ese patriotismo fundado en la perversa y egoísta ambición de los evasores de impuestos, está desahuciado. Más temprano que tarde habrán de surgir el sujeto y la sujeta social realmente liberadores, capaces de cambiar el rumbo de la historia.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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