Persiana Americana, una generación hecha canción

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Una guitarra

Persiana Americana, de Soda Stereo, es la concentración de la experiencia de vértigo ante el vacío. Todavía no se percibe si el próximo paso será el de la unión o la separación, del vuelo o la caída, de la profundidad o el abismo: algo se ha encontrado. La guitarra eléctrica abre el frenesí de la entrega mutua de los amantes, una donde el tiempo se diluye y el ardor del momento desdibuja el mañana. «Tus ropas caen lentamente, soy un espía, un espectador». Estamos en la década de los ochentas y la historia parece haber llegado al paroxismo, al no retorno. Por eso la música se hace composición de las sensaciones, caída del sentido, burla de los heroísmos y captación de la soledad. Mientras más se avanza en la desnudez más se retrocede en el tacto histórico: las mónadas pueden una vez más realizarse alejándose. «Yo te prefiero fuera de foco, inalcanzable». El vuelo solo es bello si se tiene en la lejanía y, como intensidad de la experiencia, en la proximidad del acontecer.

 

Vitrina

Buenos Aires, Argentina, 1987: el austral en devaluación, la preparación para la fiesta menemista de los noventas. Viña del Mar, Chile, 12 de febrero 1987:  Cerati tocando la guitarra con su peinado como The Cure, público con gafas en la noche. Exaltado, Cerati interpreta Persiana Americana. La ofensiva del capital bajo su forma mercantilista quebrará las antiguas protecciones estatales y corporales: el consumo como éxtasis, el presente eterno, la realización en la compra y la afirmación de la estima en la venta. En medio de esto Soda Stereo es la voz que, detestando el papel de las profecías, se hace atento observador del sentido del momento: el fetichismo de la mercancía y la derrota del ideal. Contra esto, su no-ideal por momentos se hace utopía del momento vivido, siempre entre el peligro de la caída mercantil, mítica, y la tenaz crítica contra la falsedad del mundo. No hay momento sintético, una juventud ahogada busca respirar desde la barbarie.

 

El instante

La concentración del vértigo excita, más no promete. Su cumplimiento es su abandono. En América Latina la ola de la desintegración abría los senderos hacia la posibilidad de algo nuevo. Claro, disfrutar en estas condiciones solo se puede hacer desde el olvido. La juventud de los ochentas se hizo presente como hastío de una historia tremendamente pesada: la lucha vanguardista, la moral del sacrificio y el deber, la espera del orgasmo en el futuro, la normalidad burguesa. Si bien la Argentina de 1987 tiene parecido con la Francia de 1968, afuera, como imágenes escondidas tras las persianas importadas, se encuentra la derrota de los montoneros por la dictadura militar. La revolución como discurso heroico y legitimidad de la verticalidad, de la espera, era igualmente criticada por los jóvenes de los barrios y los hijos de los burócratas. Hartos del llanto el segundo de liberación se anhelaba en la conquista inmediata, en el solo de guitarra y en la compra de discos. En Soda Stereo la culminación musical es la guitarra como erotismo total y jaqueca de la terrible soledad resentida. Resaca del ayer, el olvido es su fruto y la memoria su dolor: he ahí su tensión dialéctica.

 

Corazón sin patria

La batería simula el ritmo acelerado del corazón. La guitarra se entremezcla como preparación al encuentro. La observación desde el deseo se conmueve en la desnudez, se hace viento eléctrico que roza la piel femenina: «Tus ropas caen, lentamente, soy un espía, un espectador y el ventilador desgarrándote, sé que te excita pensar hasta dónde llegaré». La imaginación del acto se revela como propulsora de los movimientos corporales. La alusión al aire eléctrico y la expectativa silenciosa no describen un momento de charla entre los amantes. Las impresiones se vuelcan como hormonas en el ambiente y se retrotraen de las palabras y el discurso, al acto y al instante. De cierta manera la música de Soda Stereo es un escape del lenguaje a través de imágenes lingüísticas sumamente sensuales. Todo aquello que busque escaparse como promesa es visto con recelo: el ahora es el instante de la realización, he ahí su momento liberador y al mismo tiempo su desesperación por lo que no viene. Persiana Americana emancipa la sensación sacrificando la promesa, por eso mismo su mejor perspectiva es aérea, incluso voladora, no sujeta a los tiempos del suelo. No hay un después en el encuentro y, por un instante lunar, semejante al “detente un momento, eres tan bella” en Ernst Bloch, la canción se halla a sí misma: «Estamos al borde de la cornisa, casi a punto de caer, no sientes miedo, sigues sonriendo». Parados al borde del abismo, durante los ochentas todavía se avizoró la posibilidad. Tras la persiana, mientras tanto, se disolvían las condiciones para tomar con las manos el deseo: la imposible humanidad dentro de esa sociedad.

 

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About Author

Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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