Pitbulls y mala prensa

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El profundo temor que sentía por los perros pastor alemán es de las cosas que más recuerdo de ni niñez. Miedo infundado, puesto que nunca tuve alguna experiencia negativa con ese tipo de perros. Una vez me atacó un perro, no supe de qué raza, el recuerdo lo mantengo, pero no desarrollé un temor generalizado, solo hacia el pastor alemán. No fue sino hasta entrada mi adolescencia que comprobé que tal miedo era infundado e irracional, pues en mi familia adquirimos uno que criamos con mucho cariño y llegué a hacerlo parte de mi vida, lo vi crecer y convertirse en un animal noble y cariñoso, lamentablemente se perdió y no volvimos a saber de él.

¿Pero qué era lo que me hacía temer al pastor alemán en mi niñez? ¿De dónde saqué las conjeturas para determinar que eran animales peligrosos y violentos? Luego de intentar hacer memoria, aterricé en que me dejé llevar por la mala fama de los animales. En donde vivía hubo una persona que también tuvo uno de esos perros, lamentablemente, por el tipo de crianza que recibió el can, se convirtió en un animal violento y peligroso, tanto para las personas como para el resto de los perros del vecindario.

En los noventa no teníamos internet, pero teníamos a los dueños de las tiendas de barrio y personas amantes de la vida ajena que se encargaban de diseminar toda clase de información de dudosa credibilidad. Fue así que finalmente se popularizó la idea de que los pastores alemanes, en definitiva, eran una de las razas más peligrosas y, que por lo tanto, era imprescindible deshacerse de ellos. Creo que finalmente entendí lo que le ocurrió a mi perro, el que se “perdió”.

El tema fue el mismo más adelante con los dóberman, los rottweiler, y últimamente los pitbull. Y aquí quería detenerme un poco, porque de nuevo fui víctima del miedo que existe con esta raza en particular. No recuerdo con exactitud en qué época se hicieron más famosos estos perros en nuestro entorno –como tampoco entiendo esa obsesión ridícula de tener cierta raza de perros, que surge a cada cuanto –, pero atreviéndome a decir que fue durante la década pasada, la referencia inmediata que tenía de estos animales era que resultaban violentos, ideales para la pelea y sumamente peligrosos para los niños y las personas en general. Esta vez no ha sido necesario que me compre un pitbull para entender que, de nuevo, estaba equivocado.

Hace un par de semanas me encontraba caminando con mi familia y de pronto vi a un par de estos perros andar sin correa y detrás de ellos dos niños de aproximadamente cinco o seis años. El asombro fue obvio, porque también solía pensar que eran perros muy hiperactivos y difíciles de controlar, así que de nuevo vi burlados mis prejuicios hacia los animales. Luego encontré otro par que se posaban sobre una acera, descansando, también sin correa y me acerqué con cierto temor y pregunté a su dueño “si mordían”, a lo que el hombre respondió sonriente: “No muerden, puede saludarlos”. Acariciar a esas –según yo – bestias poderosas fue un acto hermoso, ver cómo se morían mis prejuicios con cada caricia me hizo pensar en lo equivocado y tonto que había sido.

Reflexioné en la “mala prensa” de la que han recibido estos perros, en la forma tan despiadada en que muchos han fueron sacrificados por haber sido objeto de humanos desconsiderados, mercenarios sin alma que no fueron capaces de criarlos con respeto. Desde luego, es más sencillo derramar el estigma de la violencia sobre un animal inocente y no sobre los humanos inconscientes que los crían para mal y les dan una vida horrenda, indigna de cualquier ser vivo. No hace falta decir lo despreciable que resulta comprender el abuso al que son sometidos desde cachorros y cómo son utilizados para la crianza indiscriminada. Un tema al que realmente valdría la pena ponerle  suficiente interés.

Y finalmente, pensé en el otro resto de prejuicios que tengo, no solo hacia los animales, sino hacia las personas, hacia ciertas prácticas, incluso ideas, que desde la comodidad de mis prejuicios es más fácil señalar y apartar, porque el sistema me puso en su contra, de manera automática y sin preguntar mucho. La incomodidad crece, cuando soy capaz de entender que he dejado de aprender y de tratar a seres humanos, basado en el estricto orgullo y arrogancia que empujan mis estigmas. Me gustaría entender de dónde vienen esos temores infundados, esos miedos absurdos hacia formas de pensar y hacer las cosas, esas manifestaciones intelectuales que se escapan de mi zona de confort y he convertido en mi pastor alemán particular.

Resulta imperativo realizar el ejercicio de preguntarnos sobre nuestros temores: ¿por qué y de dónde vienen?, ¿es realmente nuestro desprecio una causa infundada o el producto de una “mala prensa”?, ¿cuáles son nuestros pitbulls?

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

3 comentarios

  1. Ruben Fuentes

    Maestrazo, me gustó mucho tu columna y entiendo a la perfección tu miedo infundado a los pitbull.

    Hace cuatro años y meses que tengo a Bart, mi pitbull. La resistencia que me hicieron en casa para que tuviera cualquier otra raza de perro, menos pitbull, fue tremenda. Claro, todo fundado en la experiencia de vecinos y vecinas irresponsables que usaban a sus pitbulls para pelear; allá por 1997 y 1998. De hecho, una pitbull, jugando, le cortó la nariz a mi viejo.

    La razón fundamental para llevar a Bart a casa era demostrar lo que Cesar Millán ha dicho una y otra vez en sus programas: UN PERRO ES TAN AGRESIVO COMO IRRESPONSABLE SEA EL DUEÑO. En lo personal, he dedicado mucho tiempo a entrenar junto al perro. Nos educamos los dos. Él entiende ciertas formas de comportamiento humano y las respeta. Por mi parte, he aprendido parte del lenguaje gestual canino y sus diferentes estados de ánimo.

    Salgo a correr casi todos los días con Bart. Y si, me he topado con niños y adultos que, como vos, han descubierto que el miedo a los pitbulls es infundado, pues se acercan al ‘orejon’ (no le corté las orejas al chucho porque creo que es un acto de mutilación innecesario), lo saludan y juegan con él sin que éste, a la fecha, haya dado señal de agresividad alguna.

    Saludos.

    • Wiliam

      Gracias por la lectura y por el comentario Rubén. Debo aceptar la parte de culpa que me corresponde al estigmatizar a los perros por su apariencia o mala fama. En realidad es el ejemplo más cercano que encontré para tratar de entender nuestro rechazo infundado a distintas maneras de pensar y de ser, desde luego, los animales también merecen todo mi respeto y consideración, es como funciona, o al menos debería funcionar una sociedad basada en el respeto.

      Un abrazo.

  2. René Villatoro on

    William, me gustó tu artículo, pues siempre me he sentido muy cercano a las razas de perros grandes (poderosas las llaman algunos). Y si bien es cierto lo que dices en cuanto a que el perro no es más que un reflejo de cómo lo han criado, no es menos cierto que un pequinés no puede hacer tanto daño como un pitbull, un pastor, o cualquier otra raza grande. La mayoría de ataques de perros se dan por simple desconocimiento de cómo actuan y de porqué actuan los perros, siempre olvidamos que los perros no son más que lobos que por alguna razón genética, nunca desarrollan totalmente el instinto asesino de aquellas fieras, eso no quiere decir que algo de ese instinto perdure. Así que si tienes un niño pequeño y te encuentras con un perro grande en la calle, lo más prudente es alejarse de él, pues no sabemos que crianza a tenido. Con esa acción tan simple, se evitarían no menos del 90% de ataques de perros a humanos. Saludos y reitero, buen blog.
    Por cierto, mis putbull particulares, los he ido logrando vencer uno a uno.

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