Polarizados

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karlaschlesingerPor Karla Schlesinger

Guatemala no está unida, nunca lo ha estado. El 2015 nos hizo creer que sí era posible, pero fue solo un espejismo. El temor siempre es capaz de galvanizar a una sociedad y esa falsa unión solo es una oposición pasajera a una figura o una idea.

Una vez el chivo expiatorio ha sido eliminado o castigado, todo vuelve a la normalidad y cada quien vuelve al nicho social de donde había salido a seguir con su vida.

Pero, realmente, ¿qué sociedad está unida? Cada país tiene problemas que resolver, hasta el más estable.

Es más, me atrevería a decir que estos países más estables lo son porque han aprendido a resolver sus problemas de una manera más justa y más pronta. El progreso real solo ocurre si hay disenso y diálogo. Y para eso es la política.

No existe el consenso absoluto y permanente y tampoco es deseable, pues por fuerza obedece a una imposición desde una figura autoritaria. La paz que esto produce no es tal cosa. Solo es una ausencia de confrontación.

Por eso mismo, yo veo la polarización como algo no solo deseable sino necesario en Guatemala. Como una relación de pareja, los problemas no resueltos no se resolverán ignorándolos, sino ventilándolos.

Dolerá, sí. Y será muy difícil. Pero tenemos asuntos inconclusos que no nos dejan avanzar como sociedad. Paradójicamente son esas voces que nos instan a “ver hacia el futuro” las que nos mantienen atrapados en un estado de descontento crónico y resentimiento mutuo.

Debemos armarnos de valor y tener esas conversaciones tan difíciles que llevamos décadas evitando.

Nuestro primer intento fue un desastre.

El juicio contra Ríos Montt puso en evidencia nuestra absoluta falta de pensamiento crítico y de empatía.

La polarización fue feroz y estéril. Acusaciones absurdas y calumnias estaban a la orden del día y las consignas furiosas ni siquiera tenían sentido: “Los guatemaltecos no somos genocidas” la más ridícula de todas. NADIE estaba diciendo que lo fuéramos. UN guatemalteco estaba siendo juzgado por genocidio. Bueno, dos.

En esta ocasión se acusa a otros altos miembros del ejército de graves violaciones a los derechos humanos. Deberán explicar por qué fueron halladas más de 500 osamentas de civiles con señales de tortura en fosas comunes dentro de un destacamento militar, así como dar cuentas del paradero del niño Marco Antonio Molina Theissen.

¿Por qué hay tantísima gente tratando de desviar la conversación hacia los crímenes cometidos por la guerrilla?

Se debe hablar de esto también, pero no vinculado a este caso.

Me pregunto qué pasaría si estas fosas comunes estuvieran en un antiguo reducto guerrillero. Conozco la respuesta, pero me interesa dejar la pregunta abierta para ofrecer un poco de perspectiva.

En todo caso, ni un glorioso ejército ni la guerrilla más idealista podría en ningún momento justificar la tortura y asesinato de una población civil desarmada ni la desaparición forzada. (¿Se acuerdan del debido proceso?)

Esta es la pregunta central de este caso y en la que nos tenemos que enfocar. Las víctimas y sus familias merecen justicia.

Puedo imaginar y hasta comprender que los familiares de estos militares los defiendan hasta las últimas consecuencias.

Puedo comprender también que otros militares y sus familias sientan que tienen que defender a toda la institución armada de acusaciones implícitas de culpa. Lo que no puedo entender es que el resto de la sociedad se rehúse a debatir civilizadamente sino que otra vez prefiera aprestarse a tirarse a la molotera.

¿Por qué no mejor intentamos dialogar esta vez?

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