Preguntas pertinentes en tiempo de crisis

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El país atraviesa uno de esos momentos en los que la incertidumbre impera al máximo, es la sensación de frustración la que se respira; es la constatación de que el vacío en el poder del Estado es lo que gobierna junto al aprovechamiento extremo. Es exactamente el mismo estremecimiento que experimenta la persona que descubre a la pareja con el amante y ambos burlándose de la primera. Es la sorpresa de regresar a casa y observar las puertas abiertas y rotas, lo cual solo anuncia el robo y el saqueo; es la angustia delirante que produce la noticia de la traición del amigo en quien se había depositado confianza.

La reparación individual de esos hechos impone ante todo la recuperación de la dignidad, en este caso de la dignidad colectiva. Cualquier relación es de dos partes y ambos son corresponsables de los encuentros y desencuentros. Si el engaño ha sido sostenido por mucho tiempo, seguramente el ciudadano percibía con antelación la mentira, y no haber roto esa relación violenta e insalubre seguramente demuestra codependencia; pero cuando la mentira es completamente revelada, la obligación es la reacción inmediata para recuperar la historia. A continuación se exponen siete cuestionantes que deberían movilizar a un pueblo burlado por su gobierno en complicidad con terceros en condición de testaferros y landronzuelos, de cuartos implicados por el beneficio obtenido, y de quintos que por omisión conocían seguramente el saqueo.

¿Debe renunciar el Presidente o la Vice Presidente? En cualquier país moderno en el cual el gobierno respete a su pueblo, el gesto de renunciar ante un cuestionamiento infalible de un fallo fundamental en la responsabilidad de cuidar el bien público sobre todas las cosas, sería automático y natural. En el antiguo Japón, la práctica del seppuku por los samuráis, era la acción de salvaguardar el honor antes de ver su vida deshonrada. Este acto se cometía como sentencia o por acto voluntario como producto de faltas graves como robo, asesinato o corrupción. En Guatemala, la institucionalidad del Estado tiene tal grado de des-legitimidad y la vida tiene tal devaluación, que la desfachatez se impone ante el honor y la dignidad. No es suficiente la destitución del funcionario contratado, se requiere el acto de renuncia por voluntad propia del funcionario electo que ha defraudado la legitimidad depositada por el voto, en el acto democrático.

¿Debe continuar la CICIG? Sí y con más fuerza hasta limpiar varios de los más importantes cuerpos ilegales y aparatos clandestinos CIACS. Lamentablemente los funcionarios que hoy están cuestionados y despojados de legitimidad, aun esgrimen argumentos corroídos que aluden a la soberanía como justificación santurrona y débil, en un país en el cual la historia da cuenta de que sus propios gobernantes han entregado a pedazos la llamada soberanía a través de contratos espurios. La justicia es la última frontera para que la institucionalidad democrática se sostenga, ese dique fundamental es el que está sosteniendo la CICIG.

¿Quién es el corrupto? Como dije al principio, el acto corruptor implica al tercero testaferro que presta el nombre, al funcionario que operativiza la acción de robo, blanqueo o defraudación aduanera. Pero también está el cuarto que acepta al soborno aduanal para dejar de tributar. Seguramente hay un listado de empresarios que en calidad de terceros han empezado la angustia. Y finalmente el cuarto que sabiendo el hecho corruptor como dicen de forma popular “se hace el loco”. Los cuartos del directorio de la SAT seguramente deben ser cuestionados por la reciente investigación exitosa de defraudación aduanal. Finalmente no se puede olvidar al primero y el segundo que establecen la relación corruptora a través del plan maestro; estos son los imprescindibles en la cadena de robo. Sin embargo a veces determinadas tácticas imponen negociar con el primero para que caiga al menos la segunda y todo lo demás. Pero hay más, corruptos son todos los que se han servido del Estado en detrimento del bien público, es el empresario que paga salarios injustos y explotadores, es el que se roba una manzana y el que copia en el examen, es la que promete pócimas mágicas para limpiar lagos, es el comisionado postulador que vota parcializado por un candidatos determinado. Casi todos son corruptos.

¿Qué cambia? Todo cambia, nada permanece inerte. Seguramente el anuncio de la defraudación de funcionarios del Gobierno sobre su propio pueblo a través del sistema tributario, tendrá un impacto en las próximas elecciones. Habrá una recomposición de los actores que compiten por el poder; muchos querrán aprovechar de manera oportunista, plegarse al discurso por la transparencia y la anticorrupción; habrá una reestructuración de la institucionalidad tributaria; los acusados aún cuentan con la oportunidad que serán juzgados por cortes cooptadas; otras CIACS estarán en alerta y sofisticarán sus métodos; el partido oficial verá su disolución en pedazos y su extinción política habrá empezado; los candidatos de la campaña electoral explotarán con fuerza mercadológica el simbolismo de un discurso anti corrupción.

¿Qué hacer como ciudadanos? Radicalizarse. Eso impone ir a las raíces de los problemas, pero no alcanza con demandas radicales sino acciones extremas en el sentido de la coherencia individual y colectiva. Sobre una inercia histórica que ha implicado relaciones pre-modernas de explotación y por lo tanto de subsistencia; es difícil aspirar, por ejemplo, a que los ciudadanos voten nulo como forma de rechazo; primero porque no han desarrollado la condición de ciudadanos, y segundo por el hábito clientelar que alimenta la subsistencia del pobre, que es la mayoría. Se puede reformar la Ley Electoral y se puede cambiar la Constitución, pero no se puede olvidar que tanto los objetos como los sujetos de esos cuerpos normativos, son personas que han vivido en corrupción y en incoherencia. Es necesario empezar por reconocer nuestra humanidad, por replantear las relaciones de poder en el barrio y en la familia, y luego animarse a participar en un partido político para recobrar el poder.

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About Author

Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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