“Quien se los mira”

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Para nadie que me conozca es un secreto que tengo fascinación particular por todo tipo de comida. El tema me ha orillado a explorar diversos lugares, desde los clásicos puestos de la calle –esos de dudosa y emocionante condición salubre– pasando por los comedores populares, la comida chatarra, hasta los más pretenciosos y caros restaurantes –muy poco de esto último, para ser honestos–.

Pero alguna vez, me situé en un lugar de esos caros, donde hay que repasar la carta y hacer un par de preguntas de oficio, para no quedar como un completo ridículo –como la primera vez que ordené un carpaccio y no sabía que era, ya se los contaré en otra ocasión– y terminar comiendo alguna cosa extraña o desagradable.

Comencé a leer la carta, justo como lo haría cualquiera de mis semejantes, repasándola por la columna de la derecha, la de los precios. No reparaba en qué ordenar e hice lo que cualquiera en mi lugar hubiese hecho: ordenar un vaso de agua en lo que solucionaba mi confusión.

Pasaba algún tiempo, en lo que resolvía el enigma sobre la comida, cuando de pronto, se acercó una familia a la entrada del lugar, de un número amplio, encabezada por dos personas ancianas y varios jóvenes y niños. Absolutamente nada particular qué observar al respecto, más que una familia saliendo a almorzar, un domingo cualquiera, en un restaurante cualquiera.

O al menos así me lo pareció a mí, y casi puedo apostar que a la mayoría de comensales. Salvo alguna persona que estaba en la mesa a la par de la mía. Que no dejó escapar detalle sobre los recién llegados comensales. Alguna palabra entre los dientes a su acompañante y el clásico escaneo de pies a cabeza. Una sonrisa sarcástica y un “quien se los mira” audible a por lo menos a dos o tres mesas a la redonda.

Para ese momento, la confusión sobre la comida ya era un detalle en mi cabeza. “Quien se los mira”, retumbo con eco en mi mente, casi como una sentencia. ¿Quien se los mira, qué? Me pregunté mil veces. De pronto, yo mismo me sentí ajeno al lugar, a la mesa, a la carta y a todo ese ambiente de exagerada corrección y buenos modales. Luego observé la tranquilidad y la ligereza con la que la familia en cuestión se comportaba y de nuevo sentí que no le debía nada a nadie en ese lugar. Eran personas indígenas, alguna con el traje típico, propio de su lugar de origen.

Al principio, me rodeó una atmósfera de condescendencia, casi rayando en la pena. Pensando que estas personas ignoraban el desprecio con el que algún subnormal los percibía, desde la comodidad de su mesa. Pero finalmente, solo pude sentir lástima por la persona que los sentenció con el famoso “quien se los mira”.

Aún es vergonzoso percibir que hay personas capaces de despreciar a alguien, por sentirse amenazadas, por pensar que hay espacios, lugares, puestos de trabajo, posiciones políticas o cualquier otro tipo de campo de incidencia, reservado para algún “tipo de gente”. Es triste pensar, que quizá nos hemos acostumbrado y normalizado a ese tipo de sentencias. Porque claro, quién podría dudar de una persona que no viste un traje típico, o no porta algún tatuaje, o que no viste y habla de alguna manera que nos parece poco elegante, “educada”.

Y luego, temo encontrarme a la par de alguien que piensa que estoy amenazando su espacio vital, o el de sus amigos, o sus conocidos, que no merezco estar en un lugar, porque sin importar si ha sido por algún esfuerzo individual o trabajo honesto, debo sentirme avergonzado de siquiera intentar ser su vecino, ser su igual.

La próxima vez que visitemos un lugar público, intentemos ejercitar ese mismo escepticismo con todo tipo de personas, nos sorprenderemos de cómo a muchos nos cuesta siquiera imaginar que a la par nuestra quizá hay un sicario, un traficante, un político corrupto, un asesino o un defraudador, eso sí, con ropa bonita, corte de cabello decente y automóvil elegante y exclusivo.

Finalmente, resolví que debía aventurarme con algo nuevo en aquel restaurante, que quizá era momento de probar cosas distintas. Casi me atrevo a sugerirle lo mismo a la persona de la mesa de la par, obviamente en otro contexto, uno muy distinto. Quizá lo vaya a leer, quizá he sido yo mismo en algún momento lejano y vergonzoso de mi vida. Quizá han sido ustedes también. Quizá la vecina que los mira con desconfianza, o el compañero de trabajo, o el comensal de aquel restaurante.

Terminé de almorzar y me retiré del restaurante.

Está de más decir que la comida me gustó.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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