Reflexiones sobre la paz

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Fotografía de Ulf Aneer

Por Sotero Sincal Cujcuj

 

La tarde del 29 de diciembre de 1996 estaba en el Palacio Nacional de la Cultura, en la Ciudad de Guatemala. Era una tarde fría, como suelen ser las tardes de diciembre, y mientras esperaba la hora de inicio del evento observé detenidamente el ingreso de las personas con la esperanza de encontrar algún amigo de adolescencia o familiar desaparecido muchos años atrás. Esa tarde, hace 20 años, el Gobierno, el Ejército y la Comandancia General de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) firmaron el Acuerdo de Paz Firme y Duradera, que puso fin a un conflicto armado interno de más de 36 años y a un proceso de negociaciones de más de 10.

Nací y crecí en Patzún, municipio del departamento de Chimaltenango, una comunidad Kaqchiquel del Pueblo Maya. Como la mayoría de niños indígenas de mi generación, obligado por la pobreza y la ausencia de futuro, a los siete años ya había aprendido a cultivar la tierra sembrando maíz, frijol y trigo. También mi padre me llevaba a trabajar para otras personas junto con él, principalmente ladinas, para apoyarlo con el sustento del hogar. Fue así que conocí muchas comunidades, conviví con varias familias y por supuesto me hice de muchos amigos.

No recuerdo exactamente la fecha, pero debió ser en el año 1980, cuando el Ejército instaló un destacamento militar en el municipio. Organizó las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) y obligó a la población a rastrear las montañas buscando campamentos guerrilleros. Fue también el año en que se intensificó la persecución contra los adolescentes y jóvenes indígenas para prestar el servicio militar (los jóvenes ladinos eran considerados “no aptos” para esta tarea); iniciaron los secuestros y se empezaron a ver cadáveres descuartizados en las calles del municipio y las comunidades rurales. El terror y el miedo se apoderaron de las personas quebrando la confianza, había que tener cuidado con quién hablar y qué decir, se perdió la alegría de vivir. En 1982, cuando la violencia alcanzó a mi familia, salí de la comunidad.

Aun me resulta difícil describir con precisión los sentimientos vividos hace 20 años. Mientras la ceremonia para la firma de la paz avanzaba, ese 29 de diciembre de 1996, mi mente y corazón hacían un recorrido por las comunidades masacradas que conocí, las familias que no sabían del paradero de algunos de sus miembros, y por supuesto, los amigos quienes ofrendaron sus vidas para que sobreviviéramos al genocidio. Sentí mucha alegría, porque al fin el horror de la guerra empezaba a alejarse. Pero también me invadió la tristeza al llegar a mi mente los rostros de los compañeros y amigos que la muerte se llevó; el rostro de los niños que de las comunidades rurales bajaron al área urbana buscando refugio, porque sus padres o familiares habían sido masacrados por el Ejército, o simplemente porque perdieron el sentido de la vida en sus comunidades. Hubiera querido tenerlos cerca, abrazarlos y llorar juntos esa tarde de diciembre.

Las apreciaciones sobre la firma de la paz en Guatemala dependen de cómo se vivió la guerra. Coincido completamente con aquellos quienes plantean que los acuerdos no resolvieron las causas estructurales que generaron la guerra, porque hay más pobreza y extrema pobreza hoy día, y persiste el racismo, la militarización, etc., pero difiero con quienes plantean que con la guerra y los Acuerdos de Paz no se logró nada. Es verdad que hoy vivimos con inseguridad, miedo y muerte, pero para mí, es diferente a como se vivió durante la guerra:

Hoy los jóvenes indígenas no son obligados para prestar el servicio militar, la ciudadanía cuenta con espacios para ejercer la libertad de expresión, organización, movilización, etc.¸ y en el ámbito público se puede discutir temas que durante la guerra significaron sentencia de muerte, tales como la concentración de la tierra, el racismo, el genocidio, los derechos de los pueblos indígenas, el despojo de tierras, etc.

La semana pasada mi hijo de 14 años convivió una noche de fiesta con sus amigos en Patzún. Se juntaron 15 adolescentes en una casa para ver películas, escuchar música y quién sabe qué más cosas hicieron. Al día siguiente pasé por él y desayunamos tranquilamente. En mi adolescencia, muy probablemente los cuerpos de esos adolescentes se habrían presentado en los periódicos como cadáveres de guerrilleros caídos en combate gracias a un exitoso operativo del Ejército de Guatemala. La situación está cambiando, quizás no con el ritmo con que deseamos, pero está cambiando.

El silencio de las armas y el contenido de los Acuerdos de Paz que se firmaron hace 20 años en Guatemala no son punto de llegada, son puntos de referencia para construir un país en que todas las personas puedan vivir felices. La construcción de la paz se trata de un proyecto de muy largo plazo, complicado y difícil, pero vale la pena mantenerlo.

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Sotero Sincal Cujcuj es el Director Nacional de Diakonia Guatemala

 

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