Religión y concupiscencia (Crónicas de un mundo maravilloso)

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En mi caso fue lacerante. Me eduqué en hogar, sociedad y colegios católicos. La religión me provocó culpabilidad, cosa que se exacerbó en mis años de erección genital frecuente. Tenía novias –católicas, también– con las que nos manoseábamos debajo de la mesa o en la puerta de la casa. Después nos sentíamos culpables. De adolescente –que es cuando normalmente se hacen esas cosas– ya no tenía tanto temor al infierno como cuando niño, aunque sí preocupación por Dios y la sensación de estar haciendo mal las cosas.

No sabía por entonces que la culpa es una forma de masturbación. Un sádico deleite sin evidente placer, pero cruel, confuso, reincidente, como son todos los placeres.

No hablo de una circunstancia especial en mi vida, no quiero dar a entender que era un ser sexual como François de Sade o sus personajes; no quiero describirme como un tipo sexocentrado que deambuló por los placeres más insospechados, no, no aspiro a tanto, solo trato de explicar que lo cotidiano sexual normal tenía en mí cargas de culpabilidad profundas, y que esa culpa –hoy lo comprendo– tenía su esqueleto hecho de placer.

Un amigo mío estaba más jodido, porque cuando se masturbaba no podía sacar de su mente a la Virgen María, justo en el último instante. Así nos lo contó y no hubo burlas adolescentes, al contrario, hubo una especie de reprobación disfrazada de silencio. Pobre M., acabar así, cada vez…

A mí me inculcaron que Dios, la Virgen, los santos, ángeles, arcángeles, corte celestial, San José y Jesucristo querían que cuidara mi sexo. Eso era respetarme y respetar a Dios. La mujer con la que me casaría sería virgen –tenía que serlo– y ambos ofrendaríamos a Dios los frutos de nuestro amor. Qué aburrido. Era el Destino y la manera correcta de vivir para el buen morir.

Hace poco, volví al templo donde pasé tantos momentos dulces, donde me sentía tan protegido y afligido al mismo tiempo. Tiene los mismos murales y óleos que van de las nubes blancas a las llamas; de las dulces lágrimas de Nuestra Señora hacia unas bestias aplastadas por los pies de unos arcángeles; van de la aureola y la ternura hacia rostros satánicos, desencajados. Siempre me sentí en uno u otro lado. A veces en la corona, otras bajo las plantas de los pies.

Para mi fortuna, tuve amigos altamente depravados. Después del colegio, las misas y las fiestas de guardar, vinieron más exploraciones carnales. El fantasma de Dios y sus leyes me angustiaron aún en aquellos descubrimientos, cierto, pero se sale de eso, ánimo, que se sale.

Ante su madre y hermanito, debajo de la mesa, A. y yo nos acariciábamos. La emoción era profunda, sincera, húmeda, piel a piel. Según nosotros, ni se notaba, aunque lo más probable es que negaran la evidencia como niega uno –hasta hacerlo realidad– lo que no desea ver.

Ella y yo íbamos a misa, a grupos espirituales y posteriormente caíamos en pecado. Para volver a empezar. Estábamos en el coro. Estábamos a oscuras. Era terrible.

Ciertamente, ni disfrutas una cosa ni la otra; esa contradicción era precisamente el epicentro de un placer culposo.

Si alguien ha sentido miedo y dolor por haber ofendido al Supremo, he sido yo. Lo maravilloso de haber conocido esa fatalidad innecesaria, sin embargo, es que pusiste un pie en el verdadero infierno. Te has liberado y has vuelto a la luz. Cuando alguien habla del mucho daño que ocasiona la religión en las personas, cuando los libros explican el oscurantismo medieval, la inmanencia de Dios frente a la concepción social del mismo, y del pecado, y de la tortura como redención de penas, sé de qué habla. No hay ahora culpa, no hay pecado, no creo en el cielo ni en el infierno, ni ando por ahí con resentimiento. No es el saber las cosas lo que me alegra, ni siquiera digo con hipocresía que aquello tan horrible fuera maravilloso, simplemente, creo que fue un viaje muy caro, carísimo de placer ante el terror de Dios, que al final de cuentas, si sales de eso, cobras una modesta compensación.

Es como naufragar y llegar a un sitio seguro. Si para mí era normal sentir respeto ante las imágenes, los mandatos, las tablas de la ley, las escrituras y los retablos, abandonar ese útero protector es lo grandioso. Salir a la calle y respirar es maravilloso. Ya Dios no me importa. Soy una especie de exconvicto religioso capaz de montar su propia misa.

Cada cual vive su experiencia, según los padres, la sociedad y el colegio que le haya tocado. En mi caso fue así, y como sobreviviente de una cultura religiosa opresora, vil, sabrosa, no puedo sino dar testimonio de que la culpa y el horror al pecado son una masturbación disfrazada de virtud.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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