Retazos de semana santa

0

Foto tomada de soy502.com

No siempre fui esa persona que huye de las multitudes y en semana santa prefiere quedarse encerrado en casa antes que salir a pelear por un espacio en los lugares turísticos o e en el tráfico. Hubo un tiempo en el que disfrutaba de la adrenalina de correr detrás de las camionetas que llevan al puerto o a la Antigua, por ejemplo, para ganar un par de asientos, incluso algunas veces me metí por la ventana, mientras el gentío trataba de entrar por las puertas. También fui de los que se quedan a la orilla de la playa sin más techo que una champa levantada con palos y chamarras –ah, la juventud que todo lo puede–. Pero llegó un momento en que el tumulto y el calor de la época se convirtieron en tormento y decidí quedarme en casa. Al principio fue difícil adaptarse a la soledad, a pasar varios días sin hablar con nadie, luego la cosa se disfruta.

De niño me encantaban esos largos viajes en tren –que ya no existen–, cuando imaginaba que la onomatopeya de la máquina decía: “chupacaca chupacaca chupacaca chupacaca”. Era tradición viajar a San Marcos y luego descender al lado de la costa, a visitar a los familiares de mis padres. El viaje en tren se extendía hasta por 12 horas y luego había que pasar la noche en donde se pudiera, recuerdo que una vez íbamos como veinte pelones y nos quedamos a dormir en la casa de una señora que mi mamá conoció en el tren, todos tirados en el piso de un ambiente que albergaba una sala comedor, y después continuar el viaje al nada más salir el sol, para llegar casi a medio día a una aldea llamada “Chamaque”, en algún lugar del Tumbador, San Marcos. Llegábamos a hospedarnos en casas de familiares en las que no había comodidades, pero la pasábamos chilero corriendo entre los cafetales y nadando en los ríos que en aquellos años todavía eran caudalosos.

Siendo adolescente –cuando los padres ya no se preocupaban por saber en dónde andaba uno, aunque eso era antes porque no era tan peligroso y era fácil para los papás desentenderse de los hijos, pues aún confiaban en que nada malo iba a pasarles– salía con los cuates a perseguir procesiones y a visitar sagrarios. Ninguno era devoto cargador, algunos ni siquiera católicos, pero era divertido caminar desde la zona 5 hasta el centro y recorrerlo al ritmo de las marchas procesionales y el bullicio de los feligreses, cucuruchos y vendedores de chupetes. En el imaginario popular es imposible evocar una procesión sin la presencia de un vendedor de chupetes.

El sábado de gloria era costumbre agarrar por las manos y las piernas a los pequeños y estirarlos, para después pegarles con el cincho y sacarlos corriendo con una escoba; era el ritual para lograr que uno creciera, aunque funcionaba nada más como catarsis para los papás, porque los patojos de todas formas nos quedamos pilishtíos, todos chiquitillos.

Otra tradición era ir al cine a ver el estreno del sábado de gloria. Había que ahorrar desde meses antes para poder comprar la entrada y ya en el cine hacer cola durante horas, para que en el momento de la apertura de la taquilla todos se amontonaran y si uno no se ponía vivo no se conseguía el boleto; era de entrarle a la molotera, entonces.

De los recuerdos de la semana santa siempre es posible extraer retazos para confeccionar un lienzo grande. Cada año se hace lo mismo, recordar.

Share.

About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

Leave A Reply