Revoluciones internas

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andrea-jimenezPor Andrea María Jiménez*

Era jueves y la vida pintaba bonito. Una tarde llena de cultura, pláticas, poesía, música, experiencias nuevas y buena compañía. Todos bajo una misma sintonía: conmemorar 72 años de aquel 20 de octubre del ‘44 con un festival que celebra la vida, la lucha y la construcción de espacios comunes.

Sin embargo, lo que más vale la pena resaltar de ese día es la revolución que, desde hace un tiempo ya, empieza a ocurrir desde mis adentros. Desde ese llamado a romper con todos los paradigmas y sobrepasar los miedos internos que viven bajo nuestras pieles, buscando mi verdad, nuestra verdad.

Pasa que conmigo siempre ha convivido cierto recelo a la hora de entablar conversaciones y confiar en las personas, tanto conocidas como desconocidas. Pero el fuego interno que se apagó con la crisis -mi crisis– y recién resurgió de las cenizas, empezó a arder con más intensidad y me ha llevado a dejar todo eso de lado, con ganas de conocer a los demás, esos que siempre están ahí, pero las prisas y la inseguridad no me permiten disfrutar.

Primera parada: ¡Parqueo, parqueo!

De regreso a casa, se nos acercó un señor ya entrado en años y con él empezó la magia. Al principio, nos sorprendió con un ‘Cuidar carros es un trabajo digno, ¿verdad?’, dicho con un tono pintado de incertidumbre, a lo que respondimos afirmativamente. Con esto, propiciamos el inicio de una plática que, personalmente, llenó de calor mi corazón.

Caminamos juntos por tres o cuatro cuadras, intentando mantener una conversación cordial y fluida, con verdadero interés por el otro. Durante esos breves minutos, conocimos al señorón de 71 años que a diario vende prensa en una de las tantas avenidas de la zona 1. Además de esto, aprovecha sus días libres para cuidar carros y obtener así, un ingreso extra. Dialogamos sobre lo que le deparaba la noche: novelas y fútbol; sobre la revolución y Juanga. Acortamos distancias y me supe menos ajena a su realidad. Mi único lamento es no haber preguntado su nombre.

Segunda parada: Guanaqueandin

Tras caminar con paso tranquilo por las calles que suelo recorrer apresurada, descubrimos una venta de pupusas y decidimos que era la mejor opción para la cena. Vimos el menú, elegimos y esperamos. No sin aprovechar el tiempo para conocer más sobre la salvadoreña que las preparaba, aprender un tanto más sobre la gastronomía típica de su país y escuchar historias sobre su niñez –en El Salvador–, donde su mamá les llevaba las tortillas calientes y el queso duro-blando, según recuerdo.

Además de mencionar que cada cosa que probamos desbordaba sabor y amor, la comida estuvo acompañada de esa satisfacción personal que queda luego de brincar tus propias barreras, de tomarte el tiempo de conocer y aprender de otros.

Y es que, sin duda alguna, son esos ligeros y, aparentemente, insignificantes espacios en donde se encuentra la vida misma.

Está de más decir que volveré y esta vez sí preguntaré nombres. Compartir palabras y tejer redes en un país atiborrado de malas caras, presuras y desinterés por las historias de quienes cohabitan con nosotros es también una revolución.

 26 de octubre de 2016

 

  • Un documento la identifica como diseñadora gráfica, pero se siente más a gusto sabiéndose mujer en constante deconstrucción. Aún no sabe de qué va la vida y está decidida a seguir creyendo en la gente.
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