Revoluciones sin cambios revolucionarios: una reacción

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Estrictamente, estas líneas no son un comentario al libro Revoluciones sin cambios revolucionarios, del sociólogo guatemalteco Edelberto Torres Rivas, sino una reacción apurada, parcial y con vistas a la coyuntura actual.

Posteriormente a la firma de la paz han existido señalamientos respecto a que las condiciones que hicieron surgir el conflicto mantenían vigencia. Y en efecto, condiciones estructurales como pobreza, desigualdad y discriminación, persisten y no se han eliminado como se pretendió a través de las luchas revolucionarias y como muy ingenuamente se creyó lograr en los momentos inmediatos ulteriores a los acuerdos.

De hecho, no se han eliminado con la democracia que tenemos. No obstante, esta ya es una condición determinante para el origen, mantenimiento y avivamiento de luchas populares que pueden volverse revolucionarias o, precisamente, para el impedimento de ese paso.

Como Torres-Rivas argumenta al examinar las revoluciones centroamericanas, los movimientos revolucionarios son “respuestas a la opresión política, a la violencia estatal”. Las dictaduras militares “exigían” intentos de transformación por la vía violenta, revolucionaria, dado que cerraron el camino legal de participación, organización y transformación. En tanto que los sistemas democráticos son mucho más flexibles y, además, gozan ya de un consenso global.

No es totalmente ocioso especular que sin las elecciones del 66 en que Méndez Montenegro “gobernó” tutelado por los militares, el primer movimiento guerrillero hubiera podido mantener cierta fuerza y un significativo apoyo social durante más tiempo (como se deja ver, por ejemplo, en el testimonio de Pablo Monsanto respecto al Frente Guerrillero Edgar Ibarra).

De igual forma, pese al actuar genocida del ejército en el período 82-83, las posibilidades de apoyo popular al movimiento revolucionario (y quizás, cierto desarrollo) no se hubieran clausurado definitivamente sin la existencia de las elecciones en las que triunfó Vinicio Cerezo.

Claro que el derroche punitivo que practicó el ejército también puede ser explicativo de la ausencia de impulsos revolucionarios posteriores, dado el profundo trauma que provocó en la sociedad guatemalteca.

Pero más allá de posibilidades hipotéticas de un mayor auge/ apoyo al movimiento revolucionario, y pese a los profundos problemas de corrupción, impunidad y los problemas estructurales ya referidos, las elecciones funcionan como una vía de desfogue que permite mantener las demandas sociales en determinados circuitos. Es parte de la legitimidad que un sistema democrático formal mantiene…aún y cuando la institucionalidad esté gravemente dañada y las opciones de reforma sean mínimas, como ocurre en nuestro caso.

No es que exista imposibilidad de acciones violentas debido al descontento de ciertos sectores frente a una situación vivida como agobiante, como ya se ha visto en todos los gobiernos (que las tienen a palitos con la violencia, pero son efectivos a la hora de reprimir acciones populares). No obstante, una situación democrática, por supuesto preferible a una dictadura, es distinta y no “alienta” la insurgencia y los procesos revolucionarios.

Contraejemplos reprochables a este argumento son el del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN mexicano y, en cierta medida, por negación, lo que ha sucedido en Honduras después del golpe de 2009 (pero que sí evidencia el potencial represivo latente en todo “orden” latinoamericano).

Como es sabido, el surgimiento de los movimientos guerrilleros estuvo ligado a las condiciones políticas posteriores a la contrarrevolución del 54 (patrocinada por la CIA y llevada a cabo por fuerzas conservadoras) y las dictaduras militares.

Es decir, una situación política que no encontró salidas dentro de los cauces políticos “normales” y, al contrario, se enfrentó con represión y ánimo genocida frente a todo lo que se calificó como subversivo: desde los militantes de las organizaciones político-militares, pasando por los cuadros de organizaciones sociales populares, hasta segmentos significativos de la población, como el pueblo ixil.

Por si esto fuera poco, hay otros dos factores decisivos en las dificultades de construcción de un movimiento revolucionario como se produjo en el pasado: en primer lugar, el panorama internacional se ha modificado profundamente. Ya no existe el bloque socialista como referente y/o apoyo a los actores revolucionarios.

Y, ligado pero no reducido estrictamente a este factor, no existe un sujeto revolucionario con ideología revolucionaria.

Indudablemente que hay actores cuyas demandas pueden potencialmente volverse muy peligrosas para el sistema, incluso por las reacciones estúpidas y miopes de un Estado organizado para servir como instrumento de acumulación y que disputan las élites tradicionales y los grupos emergentes, como se ha dado en elecciones anteriores y como seguramente se volverá a repetir en estas.

Pero no existe en este momento, ni de lejos, un sujeto revolucionario con una teoría revolucionaria que pueda hacer frente a la crisis permanente. Ni siquiera existe un sujeto político fuerte capaz de hacer frente a los desmanes políticos (a la corrupción política corresponde una ciudadanía débil, inane).

Claro que tomar los recursos del pasado como modelo para resolver una difícil situación actual, puede ser ya profundamente cuestionable. Adoptar las luchas, los métodos y los objetivos de los movimientos revolucionarios del pasado como ejemplo a seguir, no es deseable.

Existieron no pocas prácticas profundamente discutibles: autoritarismo, machismo, la lógica de violencia (sacrificial), etc. Quizás los mismos planteamientos básicos hayan sido erróneos, lo que no es un juicio sobre el admirable y abnegado comportamiento de muchos revolucionarios y revolucionarias, así como de ciertos logros, pequeños pero ciertos.

Pero el punto es este: no existe un sujeto revolucionario a la vista.

Al momento, las experiencias de resistencia y lucha, son locales. No existan puntos de conexión significativos, que se puedan transformar en objetivos nacionales.

Sin negarles el valor del testimonio y de la defensa de derechos, pierden efectividad, incluso en los términos en los que las luchas y resistencias locales se producen. El efecto de la solidaridad es particularmente importante. Pero la izquierda (o izquierdas) todavía funcionan sin encontrarse entre sí y, más bien, se miran con desconfianza.

Al sociólogo guatemalteco Sergio Tischler le escuché una vez formular la pregunta ¿cómo hacer la revolución hoy? Es una lástima, de verdad lo lamento profundamente, no conocer la respuesta (ni saber si existe una inadvertencia problemática sobre ciertas potencialidades).

Esto no significa, sin embargo, que exista una imposibilidad absoluta para lograr transformaciones profundas y necesarias. Siempre existe la oportunidad de lo nuevo, de lo absolutamente otro, de aquello que rompa con el continuum de dominación. Como expresara el filósofo judeoalemán W. Benjamin respecto a que “cada segundo sea la pequeña puerta por la que podía [pueda]pasar el Mesías”.

Sin embargo, ya se ve que no es sencillo.

En síntesis: aunque hay condiciones que se mantienen y que originaron parcialmente la lucha revolucionaria, hay otras que se han modificado dramáticamente, incluyendo la institucionalidad democrática que tenemos, la ausencia de una alternativa potente al sistema y la de un sujeto revolucionario.

El problema en esto es que si no se cree en los torneos electorales, porque gane quien gane en estas elecciones (y probablemente en las siguientes) no existirá un cambio efectivo, se impone preguntar ¿qué hacer? ¿Cómo nos organizamos?

 


 

[1] Torres-Rivas hace un juicio muy duro sobre este sujeto revolucionario: “El martirologio popular deja una estela de dolor que pareciera satisfacerse a sí misma. Entre algunos, el origen cristiano del sacrificio de la vida se hace presente con la muerte que salva y se olvida que el deber del revolucionario se realiza en la tierra, pues es en este mundo donde las injusticias se combaten y la felicidad se experimenta. No hay expresión que resuma la calidad del enorme sacrificio humano que hubo en estos años. El sujeto popular aparece escindido en tanto su subjetividad integralmente revolucionaria lo llevó a actuar muchas veces más como mártir, más como víctima, sin oportunidades y ciertamente, sin dirección”. Habría que discutirlo más detenidamente.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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