Robin Hood, Pablo Escobar, Arnoldo Vargas…

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E. Hobsbawm en su libro Bandidos plantea que el fenómeno del bandolerismo (el bandolerismo social que produce el tipo de figuras como Robin Hood, pero en el que también incluye a bandoleros como el brasileño Lampiao) es propio de sectores agrarios en los que existe una estratificación social de clases, la mayoría son pobres, y no hay una institución que centralice adecuadamente el poder, por lo que su ejercicio es conflictivo.[1]

Bajo estas circunstancias, razonaba, el bandolerismo era un fenómeno que estaba desapareciendo en el siglo XX: “El mundo moderno ha acabado con él, aunque lo ha sustituido por sus propias formas de rebelión y de crimen”.

Aunque también consideraba que si el Estado nacional perdía terreno, sería posible que este bandolerismo pudiera resurgir.

Es posible que esto no sea más que un anacronismo, pero no deja de ser sorprendente encontrar cierto paralelismo entre la figura del bandolero tal y como Hobsbawm lo retrata, con las figuras de ciertos narcotraficantes. Insisto, es muy posible que sean fenómenos esencialmente distintos, pero no dejan de presentar, al menos, un punto de contacto.

Tal vez la muestra más perceptible de esto que se propone es la reacción que ciertas poblaciones tienen frente a ciertos narcotraficantes como Pablo Escobar en Colombia o, aquí mismo, Arnoldo Vargas en Zacapa, donde fueron fuertemente apreciados en algún momento y por algunos, al punto que se les “llora” cuando mueren o son extraditados.

Incluso los extremadamente despreciables narcocorridos pueden ir apuntando a la construcción de la imagen de “bandolero” del narcotraficante que protege a los pobres y que lucha contra los poderosos.

Claro, este contacto que se produce a nivel de imagen (o de mito) y que resulta llamativo, no puede ocultar las profundas diferencias. El narcotraficante no es un paria, ni un campesino pobre, aunque pueda haber salido de ese estrato social.[2] Muchas veces es la misma encarnación del poder en su localidad, utiliza al Estado para lograr sus propósitos y su principal objetivo es acumular riquezas y ejercer ese poder. En todo caso, bandido o narcotraficante, muchas veces son valorados ambiguamente.

El narcotráfico es un fenómeno llamativo por varias razones, incluso por sus contradicciones. Si a ciertos narcotraficantes les cae bien la pinta de buenos y gamonales por lo menos con parte de su población de apoyo, hay otros, como los zetas, que gobiernan a pura fuerza.

Lo que se debe señalar es que a la larga es más difícil tratar con narcotraficantes poderosos con apoyo de la población que a narcotraficantes como los zetas que utilizan principalmente el miedo y la pura fuerza. Evidentemente así, no generan arraigo local que es siempre una fuerte medida de protección para ellos y sus actividades.

En todo caso, parte de la llamada “narcocultura” alimenta el mito del “buen” narcotraficante y habría que empezar a preguntarse las razones por las que muchas personas necesitan de un mito de tal naturaleza. Quizás ahí hay algunas claves de nuestra situación actual.

[1] Dice Hobsbawm: “el bandolerismo crece y se torna endémico en épocas de profundo trastorno y de tensión social”.

[2] Lo cual puede ser una de las razones de su atractivo, aunque luego se encuentren tan bien adaptados al mundo del poder y la riqueza.

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Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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