Rodriguito, el dictador de chamuscas

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A muchos adolescentes y niños de hoy en día les podrá sorprender, pero apenas hace unos años, los niños salíamos a jugar a las calles de nuestros barrios, colonias o pueblos. Quizá en algunos lugares aún sea así, pero cada vez es más raro. Antes que apareciera esta moda tremenda de la tecnología y antes de que salir de casa constituyese una amenaza latente para la vida y la seguridad. Se podía disfrutar de una buena chamusca, sin necesidad de pagar una cancha sintética por hora y encerrarse en jaulas enormes para “jugar”.

Dos pelotas de plástico, una partida por la mitad para forrar la otra y que no saliera volando con el viento. Eso, un terreno baldío o cualquier calle y cuatro botes o piedras eran suficientes para matar tardes enteras corriendo y jugando, experimentando esa clase de felicidad que no se piensa, que solo se disfruta y que se va con los años, los años gloriosos de la niñez.

Pero de vez en cuando aparecía el niño consentido de la cuadra. Aparecía Rodriguito. Rodrigo era el niño afortunado, que tenía padres con buenos empleos y con mejores oportunidades, aquel que de vez en cuando se portaba “buena onda” con los demás y nos invitaba a comer helados con la señora de la tienda. También nos prestaba su bicicleta nueva para dar un “colazo”. Y también, aquel que cuando podía, te recordaba que tenía mejores cosas que vos y que no había manera que pudieras competir con eso.

Como la vez que Rodriguito apareció con una pelota de forro. Todos corrimos encantados a ver la pelota, a admirarla, a tocarla, a acariciar sus hermosas costuras y su forro de cuero. “Yo escojo los equipos”, dijo Rodriguito. Nadie replicó, era su pelota, él mandaba. La emoción nos desbordaba, hacía tiempo que no estrenábamos una pelota bonita para jugar. Media hora de juego en ese intento de pradera. La grama medio seca, quemada por los fríos del altiplano, los fríos de Febrero.

El equipo de Rodriguito comenzó a perder –las chamuscas son divertidas, pero eso de ganar y perder siempre se toma en consideración, para que tenga gracia el asunto–. “Cambio de equipo”, gritó Rodriguito –no lo culpo, a nadie le gusta perder– y nadie dijo nada, de nuevo. La cosa estaba pareja y antes de que comenzara el ritual donde nuestros padres salían a gritar a la calle para que entráramos y nos resistíamos a la autoridad, de pronto Rodriguito chocó con Manuelito. “¡Penal, penal!” Gritó Rodriguito.

Del otro lado, solo se escuchó murmullos y la negativa de Chepe, el capitán del otro equipo. “No seás chillón Rodriguito, los dos chocaron entre sí”. Todos asintieron. “¡Pero es penal!” dijo Rodrigo. Rodriguito puso la pelota frente a la portería y se preparaba para lanzar. “No es justo, sigamos el partido”, replicó Chepe. Llevó la pelota al centro de la cancha improvisada sin dejar que Rodriguito lanzara y en un arranque de furia, Rodriguito tomó el balón y se fue a su casa, casi entre lágrimas de enojo e impotencia. “¡No te vayás!” gritamos todos. “¡Te dejamos tirar el penal!” replicó Manuelito. “¡Ahora ya no quiero! Es mi pelota y me la llevo”.

Rodrigo no volvió a jugar con nosotros en semanas, hasta que le pasó el enojo. Pero luego de lo ocurrido, acordamos no volver a dejar que mandara en las chamuscas. Preferíamos prescindir de la pelota de forro –salvo que Rodrigo mostrara una buena actitud– y a cambio jugar con las clásicas pelotas de plástico. La experiencia no era la misma, pero al menos la diversión no se vería interrumpida por los berrinches de un niño consentido. Rodrigo se fue a vivir a otro lugar, uno más bonito, según nos enteramos. Y nosotros no volvimos a jugar con una pelota de forro en mucho tiempo. Pero las chamuscas siguieron, las tardes de fútbol no se agotaron. Pasado el tiempo, alguien tuvo la ingeniosa idea de juntar dinero para una pelota y lo logramos. Compramos nuestra propia pelota. Que terminó por crear otro tipo de problemas, pero en el entendido que cada uno tenía la posibilidad de votar si algo se hacía o no con la famosa pelota.

Hace unos días, tuve la desdicha de leer una columna de opinión en uno de los periódicos más grandes del país. Lo recuerdo con desagrado, porque me surgió la duda de cómo una persona con semejantes ideas retrógradas podía disponer de un espacio importante para lanzar su podredumbre a diestra y siniestra –dejo abierta la duda para que se imaginen a quienes ustedes consideren, después de todo, las posibilidades son enormes– me pregunté que cómo era posible que medios escritos tan importantes no consideren el peligro de reproducir estos discursos lamentables. Luego me recordé de Rodriguito. Me recordé de su manera arbitraria de manejar las chamuscas, me recordé que en este país, desde pequeños traemos esa tendencia a ser autoritarios cuando el poder se concentra en nuestras manos.

Y así con los medios, así con la economía, con la política, con la religión. Pero luego miro espacios como El Salmón, en donde de la manera más humilde –con dos pelotas de plástico– se hace lo posible por abrir espacios de opinión, una reacción y una respuesta hacia los discursos establecidos, dirigidos y contemplados por Rodriguitos. Veo a un grupo de gente, que intenta hacer su propio juego, con los recursos disponibles, con buenas intenciones y la posibilidad de abrir la cancha para que más personas –como este servidor– puedan tener un espacio de opinión sin estar a merced de los berrinches del dueño de la pelota.

Esta es la importancia de los medios alternativos. Podrán ningunear las pelotas de plástico, pero son y seguirán siendo el motivo para que muchos puedan jugar las chamuscas. Luego tendremos la posibilidad, quizá, de acceder a otras herramientas, pero la intención está ahí. Los Rodrigos también, pero es necesario plantar cara y decir, aquí también podemos mandar nosotros, con sencillez, quizá, pero con la misma intención de jugar.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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